Detalle de una obra de ‘Infinito negro’, de Morán

ARTE

Orden y placer en Ruth Morán

Badajoz desacraliza la antigua iglesia de Santa Catalina y se la entrega al arte actual. La pacense Ruth Morán ocupa sus estancias

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Un paso más en la lenta recuperación del casco antiguo de Badajoz: tras su rehabilitación y acondicionamiento como sala de exposiciones, la pequeña iglesia de Santa Catalina (s. XVI) se convirtió a principios de este año en un nuevo espacio cultural multidisciplinar de titularidad municipal que, ubicado junto al Museo de la Ciudad y al futuro espacio de la Fundación Caja Badajoz, convierten a la Plaza de Santa María, a dos pasos de la Plaza Alta y de la Alcazaba, en núcleo de la actividad cultural pacense. Bajo la dirección de Julián Mesa, acoge un programa de exposiciones centrado en artistas contemporáneos de renombre (podrían participar el año que viene Cabrita Reis, Jorge Galindo o Santiago Ydáñez

 ), conciertos, charlas, visitas guiadas y talleres denominado Arteria.

Inició este su andadura en junio con una exitosa exposición de Felicidad Moreno, cerrará el año con una de Emilio Gañán y, actualmente, dialogan con el singular edificio -un espacio complicado, con algunos restos de frescos en sus muros y vistas al osario bajo su suelo- las pinturas y esculturas de Ruth Morán (Badajoz, 1976), una artista en plena madurez, que hace unos años dio un paso decisivo al profundizar en su personal semántica, desvelando en cierto modo el programa que se ocultaba tras su característico universo de madejas y filamentos. Una obra refinada y lúdica, sutil y sublime, elaborada hasta el límite, que desde la fidelidad absoluta a los componentes primordiales de la pintura habla de lo infinitamente complejo y frágil, de la repetición obsesiva como raíz de la fecundidad, de la prevalencia en el mundo de lo complejo e inextricable.

Frente a esta obra austera basada en el análisis riguroso de fenómenos plásticos, las abstracciones de Morán son una búsqueda permanente de la mínima expresión. Así sucede en los dos grandes lienzos situados en la pared frontal: uno es una retícula sobre fondo negro sobre la que se distribuyen, con una cadencia misteriosa, pequeños signos triangulares blancos; el otro, una serie de delgadas franjas verticales blancas, doradas y negras. En Morán todo es ‘gombrichiano’, la pintura como una enunciación sistemática de todas las posibilidades del orden que, además, apela barrocamente a la plasticidad, a la materia. Para este espacio tan especial, la artista ha concebido una serie de obras, que cuelgan de las paredes laterales, alusivas a la luz o la iluminación espiritual, también con oros; un pequeño reclinatorio en el que se exhiben arpilleras de pequeño formato y, en una capilla, su maravilloso trabajo de los últimos años: piezas de cerámica imposibles que son la mejor prueba del carácter lúdico y hedonista de su quehacer.

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