Oriol Bohigas, el padre de una Barcelona en vías de extinción

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Murió el arquitecto Oriol Bohigas (Barcelona, 1925), ideólogo de la ciudad moderna, y se tambalea el ‘Modelo Barcelona’, santo y seña de una manera de entender el urbanismo que redefinió no solo la fisonomía de la capital catalana, sino también su proyección internacional y su manera de reflejarse en el mundo entero. «Él está en el origen de la corrección del ‘skyline’ de la Barcelona de los tiempos de la destrucción», dejó escrito Manuel Vázquez Montalbán, uno de los muchos admiradores de este pensador, intelectual y agitador cultural en su artículo ‘Si Bohigas hubiera sido alcalde’.

Él, Bohigas, falleció el miércoles a los 95 años después de una larga enfermedad, pero ahí sigue su huella, aguantando las sacudidas del urbanismo contemporáneo y definiendo aún el ADN de una ciudad cuyos perfiles, esas tramas urbanas por las que tanto veló el arquitecto barcelonés ya fuera desde su estudio MBM o desde la concejalías de Urbanismo y Cultura del Ayuntamiento de Barcelona, empiezan a desdibujarse.

Su ciudad, abierta al mar y al mundo y prueba esculpida en piedra de que se pueden recuperar espacios públicos sin armar tanto revuelo ni poner en pie de guerra a los vecinos, se ha encogido sobre sí misma, pero basta con asomarse a la ventana para contemplar el imponente edificio RBA, rascacielos que visto de noche transforma Barcelona en una ilusión de Manhattan. O dejarse caer por Glòries para comprobar cómo La Grapadora, ese edificio aparentemente disparatado que aloja el Disseny Hub, preside majestuoso la plaza del nunca acabar. O, ya que estamos, deambular por la Villa Olímpica, obra magna con la que transformó el sueño de Barcelona 92 en todo un barrio levantado de la nada y convertido en terraza panorámica con vistas al mar, 2.000 viviendas, dos torres de 44 plantas y un mar Mediterráneo que estaba ahí, emparedado tras las fábricas, pero al que nadie le hacía demasiado caso. Hasta entonces.

Vista aérea de la Villa Olímpica de Barcelona – ABC

«En Barcelona se ha seguido un modelo que ha resultado exitoso: no hacer urbanismo por elucubraciones teóricas y estadísticas, sino hacerlo por realizaciones proyectuales y actuantes en el ámbito urbano de la ciudad», señalaba el propio Bohigas en 2015, recién cumplidos los 90. No en vano su modelo fue la arquitectura que transitó del Noucentisme al racionalismo y su ideal de ciudad bebía tanto de Le Corbusier y Van der Rohe como de Josep Lluís Sert y la Cataluña republicana. Señor de Barcelona, abrió la ciudad al mar y renovó el paisaje de la ciudad con ‘zurcidos’ y ‘acupunturas’: de la Ronda Guinardó a la Universidad Pompeu Fabra pasando por el parque de la Creueta del Coll, la comisaría de los Mossos de Plaza España o el edificio colmena de la Meridiana, no hay prácticamente distrito que no lleve su firma. «El urbanista es un organizador, es el técnico que incluye en un solo plan las exigencias de la circulación, la formación de unas comunidades humanas, la economía de la producción común, las necesidades intelectuales, deportivas, sociales, los centros de diversión», teorizaba Bohigas en uno de sus libros.

Plazas duras y balcones

Ahí están también, como cicatrices entre las ruinas, proyectos algo más cuestionados como la mole residencial de la calle Escorial o sus muy criticadas ‘plazas duras’. Cuando se le atacaba, Bohigas, que había trasladado su residencia a una Plaza Real que trocó la arena por la baldosa, respondía aduciendo que era un error identificar las plazas con la vegetación: «Las plazas son como pueden ser pero normalmente son pavimentadas», sentenciaba. Tampoco gustaba su afición por los edificios sin balcones, criticada por el urbanista Luis Racionero, pero Bohigas siempre fue inconmovible en arquitectura y en política.

«Se pueden idear proyectos urbanos sin la angustia de una ciudad temática o sin la pérdida de calidades de una ciudad con tradición propia», defendía un arquitecto que, si en algo se mantuvo firme, fue en su rechazo a la continuación de la Sagrada Familia: la obra, aseguraba, era una «vergüenza mundial». «La Sagrada Familia es una exageración excepcional, porque debe de ser la iglesia más voluminosa construida en el último siglo», relativizaba hace una década.

Edificio del Disseny Hub de Barcelona – ABC

Gran transformador de la Barcelona del siglo XX, con los años, su idea de «monumentalizar la periferia y funcionalizar el centro», de dignificar la vida de barrio con equipamientos de altura, ha acabado tropezando con el cambio de paradigma del urbanismo del actual consistorio. De la ‘polis’ a la ‘civitas’ y de lo que sus críticos caricaturizaban como urbanismo de despotismo ilustrado y fascinación por la piedra al urbanismo táctico, el veto sistémico al coche y los bloques de hormigón desperdigados por el centro de la ciudad. «El urbanismo transformacional de Barcelona, bautizado internacionalmente como ‘Modelo Barcelona’, se asentó en todas las geografías y ha continuado, excepto en Barcelona, siendo objeto de constantes reflexiones, socioeconómicas y urbanísticas para asegurar su fiabilidad en un contexto global siempre cambiante», recordaba ayer en su despedida Josep Acebillo, arquitecto jefe del Ayuntamiento de Barcelona entre 1999 y 2003.

El cambio de modelo, de hecho, es también un cambio generacional, ya que su hijo, el también arquitecto Josep Bohigas, es uno de los ideólogos de las ‘superislas’, proyectos de pacificación e intervención urbanística muy criticados por alterar sensiblemente la cuadrícula del plan Cerdà. «Barcelona es una ciudad laboratorio, donde se ha experimentado, con éxitos y fracasos, procesos de corrección y depuración. Este es el ‘Modelo Barcelona’», relativizaba Bohigas hijo en una entrevista reciente. A esa condición de laboratorio apelaba también la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, cuando el pasado mes de octubre defendía las actuales intervenciones en la ciudad aduciendo que se trata de la mayor transformación desde 1992 y de «una metamorfosis hecha desde y para la ciudadanía».

Bohigas, poco amigo de la participación ciudadana en asuntos urbanísticos y arquitectónicos, también apelaba a la transformación para tratar de fijar su huella en la historia de Barcelona: «Lo más importante que le ha pasado a Barcelona es la transformación de la ciudad que dejó el régimen de Franco, una Barcelona arruinada, sin ninguna perspectiva ideológica y sin ninguna participación humana ni percepción de ninguna nueva tendencia organizativa y política».

Una ciudad que dejó atrás el gris de la posguerra para reinventarse en clave olímpica, renacer como metrópoli cosmopolita y adentrarse en el siglo XXI convertida en el gran banco de pruebas del urbanismo sostenible. A costa, claro, de sacrificar su propio modelo de éxito.

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