¿Para qué músico el sonido más agradable es del beicon friéndose?

Considerar a Tom Waits uno de los músicos, intérpretes y artistas más insólitos de la escena internacional del último medio siglo no es exagerado. Nunca ha sido una superestrella en términos populares pero a sus setenta años el californiano cuenta con una aura y bagaje que no solo le hacen atípico, sino que, muy a menudo, justifican la palabra genial. Especialmente como compositor, letrista e intérprete –su tono roto es de los más inconfundibles de la historia del rock– pero también como inquietante actor, que ha trabajado a las órdenes de algunos de los mejores directores del celuloide inquieto como los hermanos Cohen, Jim Jarmusch, Robert Altman, Héctor Babenco o Francis Ford Coppola.

Ocurre con el autor de voz ronca y clásicos como Downtown train o Tom Traubert’s blues que no se sabe nunca donde comienzan aparentemente los límites de la realidad, la metarealidad, la ironía, la sagacidad más surrealista o, simplemente, su manera de tratar con los mass media. Algo que se sintetiza en “¿qué debe haber dentro de esa cabeza?”, frase muy repetida a lo largo de ya casi medio siglo en todo tipo de medios al referirse a Waits, a su obra y a su circunstancia. Y a su inteligencia.

“Si grabas el sonido del beicon friéndose en una sartén y lo reproduces, te sonará como los pops y cracs de una vieja grabación de 33 rpm. Casi exactamente igual. Podrías sustituirlo por ese sonido”

A finales del 2006 apareció Orphans: Brawlers, bawlers & bastards, un triple álbum recopilatorio, que contenía un generoso puñado de rarezas junto a treinta canciones nuevas. Las composiciones y piezas de difícil catalogación estaban repartidas en tres categoría, encapsuladas de tal manera que el oyente pudiese apreciar de una manera más o menos lógica tres decenios de música brutal (literal y metafóricamente).

Coincidiendo con el alumbramiento de la ambiciosa obra, en noviembre del 2006 la revista Pitchwork publicó una impagable entrevista con el bardo. Allí Waits reconocía su confesa afición por coleccionar rarezas, antigüedades atípicas: “estoy interesado en cosas cuando no tengo ni idea qué son. Por ejemplo, una barra de labios del siglo XVIII, comida de perro del cambio de siglo, un gorro de la Segunda Guerra Mundial. Me interesan la minucia de las cosas”.

Y entre esas rarezas citaba también un par de instrumentos que hacía poco que habían caído en sus manos, un primitivo sintetizador analógico y un violín Stroh. Y fue entonces cuando la entrevistadora le preguntó si tenía algún sonido favorito. La respuesta: “Beicon. En una sartén para freír. Si grabas el sonido del beicon friéndose en una sartén y lo reproduces, te sonará como los pops y cracs de una vieja grabación de 33 rpm. Casi exactamente igual. Podrías sustituirlo por ese sonido”.

Mirándolo con sus ojos, no resulta incongruente: en el álbum Nighthawks at the dine r , de 1975, ya introduce como aperitivo la canción Eggs and sausage, y ocho años mas tarde incluyó en Swordfishtrombones el tema In the neighborhood , que arranca con “Well the eggs chase the bacon round the fryin’ pan…” (“los huevos persiguen al beicon por la sartén…”).

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