'París, 1940', el teatro frente al dolor

Diego Doncel

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24/11/2022 a las 19:54h.

Crítica de teatro

‘París, 1940’

  • Autor Louis Jouvet, según ‘Elvire-Jouvet 40’, de Brigitte Jacques.
  • Traducción Mauro Armiño
  • Dirección, espacio escénico, vestuario y banda sonora Josep Maria Flotats
  • Iluminación Albert Faura
  • Intérpretes Francisco Dávila, Josep Maria Flotats, Natalia Huarte, Arturo Martínez Vázquez y Juan Carlos Mesonero
  • Voz en off Pep Planas
  • Lugar Teatro Español

Josep Maria Flotats vuelve a representar ‘París 1940’ (inspirado en ‘Elvire Jouvet 40’, de Brigitte Jaques- Wajeman) veinte años después de que lo hiciera en el Teatro Bellas Artes y casi treinta de la fecha de su estreno mundial en el Teatro Nacional de Estrasburgo. Basándose en los cursos impartidos por Louis Jouvet en el Conservatorio Nacional de Arte Dramático entre 1939 y 1940, la obra posee ese aliento chejoviano de hacer significativo aquello que calla: la barbarie del Tercer Reich en las calles de la capital francesa durante la ocupación… Algo que está tan presente, que es innecesario nombrarlo, algo de una magnitud tan terrible que debe esconderse detrás de cada gesto, de cada palabra de los actores.

Frente al dolor y la infamia de la historia, Louis Jouvet pone la barrera del teatro, es decir, ese diálogo incesante, obsesivo y repetitivo con un grupo de alumnos, en concreto con Claudia, la joven que intenta interpretar el monólogo de Doña Elvira (acto VI, escena 6) del ‘Don Juan’ de Moliére. El Jouvet de Flotats habla de algo más que de la dicción, la respiración o la seducción del personaje; habla de estados psicológicos, de conciencia y de sensibilidad. Es decir, de hacer de la interpretación el arte de los sentimientos, ese proceso de la verdad, de la autenticidad por el que uno se saca las tripas y las enseña al público. Para Jouvet, como para Flotats, el teatro es el último refugio, la última salvación y, por supuesto, el último acto de amor mientras todo se derrumba. Lo que quiere Jouvet de su joven actriz es un arte interpretativo sin artificios, sin el peso del yo, sin los placeres que obtiene de sus trucos; quiere a Claudia como si fuese Doña Elvira: pura transparencia, pura emoción, saber que ella viene a entregar un mensaje por encima de sí misma.

París 1940 es una obra bellísima, un tratado de moral para los tiempos oscuros y una definición, una experiencia radical del arte de interpretar. Hay que saberla aguantar, hay que saberla esperar para darse cuenta de todo lo nos dice. No se enfrenta al terror sino que lo rodea, no se enfrenta a la desmesura histórica sino que hace un homenaje a ese viaje humilde hacia el corazón humano que es interpretarlo encima de las tablas.

La lección de Flotats no ha perdido vigencia, tampoco sus dotes para llevarla a cabo en el escenario. Es profundo y contenido. Eso sin olvidarnos de la versatilidad de una Natalia Huarte que hace viajar a Claudia a ese olvido de ella misma para que nazca delante de nosotros el enigma de lo que es una verdadera comediante.

Quienes piensen que ‘París 1940’ es pura teoría repetitiva se equivocan. Lo que pide la obra es que el espectador se deje atrapar por este ejercicio de confesión.

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