Pedro Collantes, el español que acompaña a Almodóvar y De la Iglesia en Venecia

‘El arte de volver’ se estrena con honores en la cantera de talentos de la Mostra el día que Gianfranco Rossi ofrece una nueva exploración,…

¿Cómo pesar el talento? El alma, mantiene Iñárritu, marca en la balanza 21 gramos. Ése es el peso, dicen los crédulos, que abandona al cuerpo en el momento justo de morir. Es decir, ése sería el valor de la vida. Pero, ¿como medir asuntos aún más delicados y precisos como, por ejemplo, la capacidad creativa? Y sin tener que matar al artista, claro. Venecia tiene su propio método desde hace ocho años. Se llama Bienalle College y lo que hace, básicamente, es seleccionar 4 proyectos entre una infinidad y darles a cada uno 150.000 euros, una serie de tutorías y un plazo que cumplir: desde diciembre a septiembre que empieza el festival. Cuesta saber el peso exacto, pero aquí lo que cuenta es que el fiel de la balanza se mueva.

En el caso de ‘El arte de volver’ se mueve. En su modestia, Pedro Collantes alcanza a hundir las manos en algo que se podría llamar la densidad del tiempo. Ligado a su biografía viajera (confiesa que ha pasado por Noruega, Holanda y Japón antes de volver a España), el director cuenta la historia de una mujer que regresa a su casa tras una temporada de huida y trabajo en Nueva York. Lo que descubre en Madrid es suyo y, sin embargo, ya no le pertenece. Todo ha cambiado y cada elemento de la vida que dejó atrás, grande o pequeño, ya significa otra cosa. Brillante, precisa, cálida y con pausa, que no pausada.

De esta manera, la cinta protagonizada por Macarena García con también ella una pesada autoridad se convierte en pionera. Es la primera vez que un trabajo firmado por un español entra en este laboratorio. Ocho años hace que funciona como una perfecta plataforma desde la que ver y hacerse ver. Y, atentos, Collantes podrá presumir de haber compartido con Almodóvar, que estuvo antes que él en la Mostra del COVID, y con De la Iglesia, que vendrá después, el privilegio del talento. Es así.

Cuenta el director que la película se hace fuerte en el concepto de «sincronía», que es lo que se busca cuando de repente uno tiene que volver a resignificar todo lo que fue suyo y ahora, quizá, ya no lo es. Y aquí, como tantas otras veces, los paralelismos con la pandemia de cuerpo presente surgen de manera espontánea. La película quedó colgada a dos días de la finalización del rodaje y durante lo que duró el confinamiento se las tuvo que apañar Collantes para la edición.

Y de repente, ‘El arte de volver’ emerge también ella resignificada y pendiente de sincronización en estos tiempos de pandemia. Conscientemente o menos, la cinta también habla de lo que nos pasa a todos ahora mismo en este obligado ejercicio de volver a dar sentido a casi todo. De eso y de rescatar el sentido de lo que lo perdió. Y así. Lo dicho, pesar pesa.

Un momento de 'Notturno', de Gianfranco Rosi.
Un momento de 'Notturno', de Gianfranco Rosi.

la locura de la realidad

En lo que respecta a la sección oficial competitiva, allí donde el talento de antes se supone, los focos se detuvieron en ‘Notturno’, el último trabajo del documentalista Gianfranco Rosi, ganador del León de Oro por ‘Sacro GRA’ y del Oso de Oro por ‘Fuego en el mar’. De nuevo, es la frontera el espacio que todo lo ocupa. En todos los sentidos. Si en la cinta que ganó aquí mismo en 2013 se trataba de contemplar el límite de la ciudad de Roma a través de una carretera con aspecto de anaconda que todo lo traga, y en Berlín de 2016 fue el Mediterráneo como límite de la esperanza para los refugiados, ahora es Oriente Medio , la rompiente de todas las civilizaciones, el que se coloca delante de la cámara.

Rosi vuelve a narrar en el espacio intermedio, en la frontera entre la fabulación y lo real, el devenir de unas vidas devastadas por la guerra perenne, la barbarie de la intolerancia (aquí, la brutalidad ciega del ISIS) y la supervivencia como única esperanza de vida. Tres años ha tardado el director en completar un trabajo que se ha extendido por Libano, Siria, Irak y el Kurdistán.

La idea es convertir la pantalla no tanto en espejo como en escenario de representación. De entre los distintos cuadros, destaca la sección dedicada a un centro psiquiátrico en el que los allí residentes representan la historia de su propia tragedia. Es una obra de teatro terapéutica que también es la mejor definición de una película vocacionalmente nocturna, profunda y brutal. La locura no sólo como metáfora, sino como la herida de todos; los espectadores y los contemplados.

‘Notturno’ carece de la precisión de ‘Sacro GRA’ y se mantiene a distancia del encanto triste de ‘Fuego en el mar’. Es un trabajo a la vez más riguroso y profundo, pero mucho menos cercano, cálido o sólo humano. Rosi trata a sus personajes como piezas de un teatro abstracto de sombras. Es demoledor sí, pero mucho más lejano.

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