Pedro Iturralde, el incombustible maestro del jazz

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Más de ochenta años sobre los escenarios. Se dice pronto. La primera vez que Pedro Iturralde (1929-2020) se subió a uno tenía 10 y solo hacía un par de meses que había acabado la Guerra Civil. Aquello le salvó literalmente la vida, contó en su última entrevista con ABC: «Mi padre decidió que nos mudábamos a Falces desde Vergalijo, un pueblo de dos casas en el que era muy feliz, y sufrí una depresión nerviosa que arrastré durante años. Apenas comía ni jugaba con nadie. A eso se unió una bronconeumonía, hasta que un día acompañé a mi padre a uno de sus ensayos con la banda y alguien hizo un solo de saxofón que me dejó impresionado. Al llegar a casa le dije a mi madre que quería ser músico, lo tuve claro. Empecé a estudiar clarinete y saxofón bajo los árboles, al aire libre, y se me curó la enfermedad pulmonar. Y al entrar en la orquesta, desapareció la depresión».

Una leyenda

Desde entonces, y hasta su muerte el pasado sábado en su domicilio madrileño del distrito de Moncloa a los 91 años, Iturralde se ganó por derecho propio un lugar entre los más grandes del jazz europeo. Una leyen- da capaz de zambullirse en el hard-bop y el be-bop, en los años 50, cuando nadie en España había escuchado esas palabras. Y, sobre todo, se consagró luego como un pionero a la altura de Miles Davis, con sus tres volúmenes de «Jazz Flamenco», el primero de los cuales, en 1967, grabó con un jovencísimo Paco de Lucía que dijo no entender nada de lo que había tocado.

«Fui gestando el jazz flamenco desde que empecé a actuar con 15 años en el Café Comercio de Logroño con un pianista clásico. Acompañábamos a cantantes que interpretaban temas de Falla, Albéniz y Granados. Más tarde, durante la mili en Tánger, descubrí el flamenco y comencé a mezclar ambos estilos. A principios de los 60, seguí con esa idea en Madrid. Cogía canciones populares de Lorca, pero reescribía yo la armonía con el piano porque la del poeta era muy pobre y, sobre ella, improvisaba después con mi grupo. Una de aquellas piezas era “Zorongo gitano”, que fue la que me llevó a componer esos discos», recordaba. Siempre a contracorriente, a los 12 años ya se había convertido en una especie de niño prodigio del saxofón en Navarra, cuyos pueblos recorría con una banda haciendo sus solos.

Desde hace décadas está considerado el músico más importante de la historia del jazz español

Todos sus compañeros odiaban el jazz, pero él tuvo la suerte de que el director argentino de una de esas orquestas tenía un montón de discos de Nueva Orleans que le dejaba escuchar en su casa: Louis Armstrong, Glenn Miller, Duke Ellington y, sobre todo, Coleman Hawkins, su primer ídolo. Era una música «tan diferente a la que tocaba» que le enganchó enseguida. A los 13 ya improvisaba y, a los 18, ya giraba por todo el norte de África: Orán, Casablanca, Túnez, Tánger, Argel…

Desde hace décadas es considerado el músico más importante de la historia del jazz español junto al gran Tete Montoliú, pero lo cierto es que el reconocimiento general le fue un poco más esquivo que al pianista. Aún así, tocó con algunos de los músicos más grandes de todos los tiempos y, en 1967, el musicólogo Joachim Berendt reclamó su presencia en el Festival de Jazz de Berlín, al lado de figuras como Thelonious Monk y Miles Davis. Creó la primera cátedra de saxofón en España en 1973. Y, en 2009, recibió de manos del Rey Don Juan Carlos la Medalla de Oro a las Bellas Artes, entre otros muchos galardones.

Conciertos sin fin

Lo importante para él, sin embargo, siempre era tocar. No podía dejar de hacerlo. Acercándose a los 90, el saxofonista no pasaba un mes sin ofrecer uno o varios conciertos en salas míticas de la capital como el Café Central y El Bogui. Hace solo tres años, para que se hagan una idea, sufrió un grave accidente en su casa que le provocó una herida de diez centímetros en la cabeza. El médico le dijo que no se le ocurriera dar el concierto que tenía programado al día siguiente en Zaragoza. «¿Cómo voy a suspenderlo ahora?», le respondió. Y allí se presentó para hacer lo que había hecho desde 1939. «La ovación fue tan grande que tenía ganas de dar otro concierto seguido», aseguró.

El próximo 23 de noviembre tenía previsto actuar en la sala Galileo Galilei, pero según contó su entorno más cercano a este diario, el fin de semana comenzó a sentirse desganado y apático. Nada hacía temer por su salud, pero se fue a la cama a descansar… Y se apagó.

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