Per Imerslund, un noruego del otro bando

El noruego Per Imerslund falleció en 1943 a los 31 años, dejando mujer e hijo

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Per Imerslund, un noruego del otro bando

Combatiente en la Guerra Civil española, Per Imerslund dejó unas memorias, retrato de la pasión y el desencanto en unos ideales

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Hubo muchos más noruegos que participaron como combatientes en nuestra Guerra Civil (1936-1939) del lado de la Segunda República, pero hubo también algunos -muy pocos- que apoyaron a Franco. Entre ellos estuvo Per Imerslund (1912-1943), un nacionalsocialista noruego cuya vida fue una continua aventura al estilo de la de Jack London, si no más trepidante y enloquecida. Mientras que sobre las Brigadas Internacionales se ha escrito mucho y bueno, entre otros motivos por la relevancia de algunos de sus componentes (Willy Brandt, Enver Hoxha, Tito, Orwell, Siqueiros, Hemingway, Dos Passos, Wifredo Lam…), la bibliografía sobre los voluntarios internacionales que acudieron a España para ayudar a los nacionalistas sublevados es más bien escasa. No soy especialista en el tema, pero puedo recordar entre esos voluntarios al poeta sudafricano Roy Campbell (1901-1957), de quien existe una preciosa antología a cargo de Aquilino Duque en la colección «Adonáis». Pero de este Per Imerslund que nos ocupa ahora no había más que silencio hasta que Mariano González Campo, un reputado especialista en lenguas y culturas nórdica, tomó cartas en el asunto.

Del interés de González Campo por este pintoresco fascista escandinavo, que vivió en México una existencia aventurera en su primera juventud, surge el libro que comentamos, consistente en una amplia y casi exhaustiva antología de textos ―27 en total- escritos por el propio Imerslund y centrados en su experiencia española. Dichos textos se iban publicando en revistas noruegas comprometidas con la causa nacionalsocialista como Ragnarok, y es en las páginas de esas publicaciones donde ha buceado el traductor, agavillando los cabos hasta ahora sueltos y ofreciéndonos, a la postre, la práctica totalidad de lo que dejó escrito Per sobre España en los cinco primeros meses de 1937, que fueron los que pasó en nuestro país, fundamentalmente en Andalucía.

Sentido del humor

Los temas abordados van desde una experiencia carcelaria en el Portugal de Salazar hasta una recapitulación final acerca de la llamada «guerra de España», pasando por sus experiencias en el frente de combate, la idea que tenían los españoles de sus aliados italianos y alemanes (capítulo divertídisimo, porque hay que decir que su pluma no carece de humor), o la relación de vasallaje casi feudal que ligaba a las tropas de Regulares marroquíes con Franco, por quien sentían un profundo respeto y admiración.

Luego de su experiencia española, Per Imerslund regresó a Noruega, donde se casó con Liv Asserson en marzo de 1938, siguiendo un rito religioso inspirado en el paganismo nórdico de los Odines y los Thores. La luna de miel la pasarían en España, visitando Bilbao, Cádiz y Sevilla. La pareja aprovechó para escribir una serie de artículos sobre la situación bélica y política en España. Per lamentaba en ellos la deriva nacionalcatólica del franquismo, considerándola reaccionaria, y Liv se quejaba, no sin recurrir a una fina e inteligente ironía, del machismo imperante en la piel de toro controlada por los franquistas: «Una mujer en el país de los hombres» es el título de uno de sus artículos, publicado en un periódico noruego inmediatamente después de su viaje de novios por una península todavía asolada por la guerra.

Su vida fue una continua aventura al estilo de la de Jack London, si no más trepidante

Los pocos años de vida que le quedaban a Per los pasó combatiendo en Finlandia contra la URSS (1939), arremetiendo desde la radio contra el gobierno noruego de Vidkun Quisling, títere de los nazis, que siempre se le antojó reaccionario, y alistándose en 1941 en las Waffen-SS, siendo destinado primero a Ucrania y luego a Carelia del Norte, donde fue herido en un hombro por una bala expansiva, pero logró sobrevivir y recuperarse, regresando a Noruega.

Fue en otoño de 1943 cuando tuvo la fatalidad de resbalar por unas escaleras de la estación de Oslo a causa del hielo, cayendo desgraciadamente sobre el hombro herido, y falleció a causa de la infección que le produjo la caída. Era el 7 de diciembre de 1943. Tenía treinta y un años. Dejaba un hijo, Ole, y a Liv, su mujer, embarazada de su segundo hijo.

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