Perdidos en tierra extraña en el IVAM

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El último acto puede no ser otra cosa que un retorno al primero, como si estuviéramos atrapados en un bucle, reapareciendo palabras, acciones o incluso fantasmas. El juego infantil, descrito por Freud, terminaría por ofrecernos un anómalo placer pulsional en la repetición y los primeros atisbos de la certeza de que es imposible el regreso al seno materno. En la búsqueda de lo «originario» terminarán por entretejerse la angustia, la pérdida e incluso lo siniestro. Pascal Quignard recuerda en el último capítulo de su hermoso libro La noche sexual, los versos del segundo cuarteto de T. S. Eliot en los que «el hogar está allí de donde uno parte»: «A medida que envejecemos, el mundo se vuelve más extraño e intenso. The end is where we start from».

La cuestión de habitar

José Miguel G. Cortés, todavía director del IVAM, ha dispuesto en él una serie de piezas de la colección con las del MAXXI de Roma que alegorizan la cuestión del habitar desde la conciencia de la fragmentación de la experiencia humana. Ya a comienzos del siglo XX, el sociólogo Simmel hablaba de la dificultad que tenían los sujetos metropolitanos para articular su existencia, esto es, para tener experiencias que no fueran meros zarandeos en un ambiente de incertidumbre extrema. Si necesitamos protegernos de las «inclemencias» del mundo, ello no puede suponer que transformemos el interior en un lugar sublimatorio.

Cortés advierte que, muchas veces, el «dulce hogar», al ser un espacio donde reina el autoritarismo y la arbitrariedad más cruel, se convierte en un infierno de opresión y humillación. El familiarismo, el patriarcalismo y la falta de respeto incluso a los que tenemos junto a nosotros pueden convertir la casa en un espacio de alta toxicidad.

En vez de articularse como una «exposición de tesis», lo que encontramos en ¿Cuál es nuestro hogar? son obras de artistas referenciales que no dan respuestas cerradas, sino que nos invitan a pensar, valga el juego con el libro de Georges Perec, «especies de espacios».

Abre la secuencia de instalaciones la Fun House (1956) de Richard Hamilton, John Voelcker y John McHale, que concibieron para la mítica exposición This is Tomorrow: un ámbito proto-pop concebido para ser «divertido» y ofrecer una experiencia multisensorial que hoy transmite un cierto regusto amargo, como si las promesas «futuristas» que ahí estaban sugeridas hubieran degenerado en un entretenimiento mediático absolutamente entontecedor. Por su parte, podemos tergiversar la «modorra perruna» que documenta Francis Alÿs para convertirla en un espejo de nuestro estado mental. En cierto sentido, tenemos que fabricar túneles, tan extraños como esos «modelos» de Bruce Nauman (una pieza que, como la de Hamilton, es propiedad del IVAM), aunque sea para sacar partido de un tono nihilista post-beckettiano.

Vivimos en un tiempo desquiciado y, tras la anomalía del confinamiento producido por el covid-19, tenemos que aprender a estar (de nuevo) juntos. Será crucial pensar la escala, algo que es determinante en la instalación de los Kabakov, con la presencia invasiva de esas piernas de personajes desmesurados y de cuadros que desbordan el espacio como si ya no hubiera forma de enmarcar lo que nos pasa. Si la celda infinita de Alfredo Jaar rinde homenaje a Gramsci como ejemplo de crítica y resistencia política, el gran iglú de Mario Merz «transparenta» el deseo de cobijo, la necesidad de aprender a habitar el mundo. Tenemos que empezar a cuidarlo para tratar de reencontrar nuestro sitio, si no queremos quedarnos, para siempre, «sin techo».

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