Pérez-Reverte: "Hay un enorme interés político en que las heridas de la Guerra Civil sigan abiertas"

El escritor publica ‘Línea de fuego’ (Alfaguara), una intensa novela de madurez sobre el desconcierto, el desamparo y el miedo de las mujeres y hombres…

¿Qué suma esta novela a la inmensa bibliografía sobre el asunto?
Es cierto que se ha escrito mucho desde los dos bandos. Y algunos libros son muy buenos, pero siempre se ha escrito (hasta donde conozco) con un fondo más ideológico que humano.
Inevitable.
Pero es que muchos de los que combatieron por una causa o la contraria estaban allí por casualidad. Había voluntarios, sin duda. Pero muchos cayeron fortuitamente en el lugar donde tuvieron que luchar.
¿A usted quién le contó la Guerra Civil?
Los protagonistas, quienes la hicieron: mi abuelo, mi padre, algunos primos de mi padre… De uno y de otro bando. Así que el relato que manejo es de primera mano. Yo nací en 1951, 12 años después del fin de la guerra. Recuerdo bien las pintadas que siendo niño veía en muros y tapias. Una, en concreto, que decía: «¡Viva Largo Caballero!». Llegué a ver de crío las huellas físicas y anímicas de la guerra, algo que luego he recordado muchas veces en cualquiera de las siete guerras civiles que he cubierto como reportero. Así que no me es un momento histórico ajeno, aunque no lo viviese. La idea de la Guerra Civil está cada vez más manipulada y desvaída. Sobre todo porque en parte es una abstracción, nadie se acuerda de los que estuvieron jugándose el pellejo en el barro.
Y ahí es donde se fija esta novela.
En esas gentes, claro que sí. En lo humano. En los testigos. La idea sin unl factor humano que le dé sentido es peligrosa porque lleva a la mitificación o a la mentira. Todos sabemos que la República era legítima y el golpe de Franco ilegítimo. Hasta ahí, bien. ¿Pero quién recuerda cómo se hizo aquella guerra? ¿Quién fue al frente? Chavales de 17 y 18 años. ¡Comunistas de 17 años! ¡Falangistas de 18 años! De eso se habla ya muy poco. Esa gente se ha ido muriendo y, al desaparecer, han ido siendo olvidados. Así que el relato de los años de la Guerra Civil es cada vez más incompleto porque se ha perdido la humanidad. Ahí es donde yo he querido entrar.
También ha desaparecido esa otra realidad cómica que reflejaron Azcona y Berlanga en
La Vaquilla
En la Guerra Civil se dio algo muy español, más allá de los tiros y los muertos.
¿Muy español?
Sí. La mala leche, la inquina, el rencor. Pero también escenas humanísimas como las canciones de trinchera a trinchera para insultarse, los mensajes de franja a franja, el intercambio de tabaco y papel de fumar… En eso también me detengo porque fue una parte del día a día de aquel desastre.
¿Ha salido de esta novela con una idea mejor, más compleja, desengañada o extraña de lo que fue aquello?
Mira, no soy un tipo blando ni de lágrima fácil pero en algunos momentos de escritura me emocionaba al conocer más sobre aquellos soldados anónimos, tan chavales. Realmente me conmovía. Es terrible leer a cuántos casi niños los llevaron sus madres de la mano al cuartel porque los reclamaban para una guerra. Chicos que iban a sufrir, a matar, a morir. Y para nada.
Se beneficiaron otros.
Como es habitual. Los que perdieron fueron al exilio, a campos de concentración o como le sucedió a mi padre,que luchó del lado republicano, tuvieron que hacer después tres años de mili con los nacionales. Y muchos de los que ganaron fueron unos parias que rápidamente enviaron a sus casas para que los de la retaguardia tomasen posesión de la victoria. La mayoría de los que lucharon de verdad no ganaron nada. De ahí el desprecio que hubo, y en la novela es un elemento importante, a los que estaban lejos de la línea de fuego.
¿Por qué elige como escenario la Batalla del Ebro?
Porque es la más larga y la más cruel. Mueren 20.000 personas. Es un momento infernal. El Gobierno de la República ya tenía claro que no había victoria posible. Los miembros de las Brigadas Internacionales estaban cansados de guerra y ha desaparecido ese fervor del principio. Es un momento dramático tanto en lo bélico como en lo humano. Es una batalla que tiene mucho de pelea de carneros y donde ya casi no se ganaba nada. Eran capaces de tomar una misma colina (y perderla) siete veces en un día. Era absurdo.
Las mujeres tienen una presencia poderosa en la novela, a pesar de que en la Batalla del Ebro no fue donde más hubo…
Era necesario tener muy presente qué sucedió con ellas. Quien más pierde en esa guerra es la mujer. En tres años retrocede su situación un siglo. Todo lo ganado antes y durante la República se esfuma y la mujer vuelve a ser madre, esposa, cocinera de casa, criada, sometida al cura y al marido. Las mujeres lúcidas saben lo que se juegan también en esa guerra, así que me parecía incompleto (aunque hablara de la Batalla del Ebro) hacerlo sólo de los hombres. Inventé una unidad de transmisiones ficticia formada por milicianas que trabajase con las tropas. Un retrato de aquellas que sí lucharon en otros frentes.
Mujeres distintas a las de las fotos y carteles que conocemos.
Las de la propaganda no eran reales, al contrario de aquellas formadas en el ideario socialista o comunista, más conscientes de su situación, que fueron parte muy activa de la guerra, del combate.
Dice que ha intentado ser «ecuánime, pero no equidistante». Eso puede provocar
fuego amigo
.
Desde el primer momento supe que ni a la extrema derecha ni a la extrema izquierda les iba a gustar este libro. Unos y otros necesitan un demonio enfrente. El discurso de ambos es tan pobreque recurren a argumentos simples, y la maldad ciega del enemigo es la coartada más fácil… Confío plenamente en que no les guste la novela. De hecho, la he escrito para que no les guste. Yo sé muy bien dónde estoy: la República era legítima y los otros no.
Así que prevé…
No preveo nada, pero sé por dónde respiran. Extrema izquierda y derecha no conocen el respeto, no son conscientes de que el enemigo se parece demasiado a ti, que como les sucedió a aquellos chavales de la Quinta del Biberón, luchan contra gente de su pueblo que hasta ayer era un bien amigo… Se mataban, pero eran consciente de que podía haber un vínculo.
¿Y ahora?
Hay un relato absurdo alrededor de la Guerra Civil. Parece que la hicieron dos generales, dos curas y dos banqueros contra el pueblo español. O bien, una guerra de España contra Cataluña. Nada más lejos de la verdad. Muertos hubo muchos en los dos bandos entre el 36 y el 39. Así que ante discursos ridículos he pretendido regresar a lo humano.
¿Una novela consigue eso?
Hombre, claro. Es lo que intento. Mira, esta guerra la ganó Franco y los demás (empezando por los falangistas de su propio bando) la pierden de una manera o de otra. A los requetés navarros y catalanes, que murieron por miles, esta guerra no les sirvió de nada. Ganó un grupo de gente y el resto de españoles perdió.
Los soldados de la novela tienen más ‘esperanza que convencimiento’.
No he visto a nadie morir por la bandera o por la patria, ni en Angola, ni en Mozambique, ni en El Salvador, ni en ningún sitio. La mayoría combate obligado. O porque va un amigo. O por pundonor. O por ceguera. En la guerra la gente se mueve por impulsos inmediatos. El primero, sobrevivir. No pretendo desideologizar la guerra, sino retratar a los hombres y mujeres que lucharon en las peores circunstancias.
Ocupa aquí el lugar de narrador que pisó Chaves Nogales: mirar a un lado y otro desde el medio.
En España es no permiten la ecuanimidad. Quien insiste en ello como Unamuno (con sus contradicciones) o Chaves Nogales acaban machacados. La sombra benefactora que planea sobre esta novela es la de Chaves Nogales. El prólogo que escribió en
A sangre y fuego
fue para mí esencial. Me sitúo entre la Guerra Civil que me contaron y la que leo en Chaves Nogales.
¿Dónde se sitúa?
Sé muy bien donde estoy. No creo que fuera igual la República que el propósito de los golpistas, otra cosa es que en los dos bandos combatían críos que sí eran iguales. Que sólo eran críos.
En
Línea de fuego
está también la mirada externa de los corresponsales de guerra…
Ese punto de vista lo he conocido bien. El de hombres y mujeres que a veces simpatizan con lo que están viendo, pero no te dejas abducir. Puedes tener emocionalidad, pero sin perder la lucidez.
¿Hay deuda con los periodistas extranjeros?
Más que a los periodistas la deuda es con las Brigadas Internacionales o a los soldados extranjeros. Muchos de aquellos corresponsales John Dos Passos, Martha Gellhorn o Hemingway, entre tantos otros, pasan por la guerra como turistas. Lo sé porque he hecho lo mismo. Van a la guerra con el billete de regreso en el bolsillo. El testimonio válido no es el de ellos. Es mucho más importante lo que cuenta Peter Kemp de los fascistas, Orwell sobre el POUM… En esos sí ves una evolución y un desengaño.
¿Hay un intento de restañar algo con esta novela?
Vamos a ver. Soy un novelista, no una ONG. No escribo para un mundo mejor ni cosas de esas. Escribo porque me gusta contar historias y quizá les puedan ser útiles a algunos. Lo que no logrará este libro es tapar la boca a esos políticos que siguen tirando de la Guerra Civil como argumento para sus mamoneos. Entre otras cosas, porque la usan con un profundo desconocimiento de ella. Pero a lo mejor a los nietos de quienes estuvieron allí les haga comprender al enemigo de otra manera. No siempre luchaban contra bestias fascistas o comunistas, sino a veces era chavales contra chavales con aspiraciones parecidas, con gustos paralelos, con el mismo miedo. Eso es lo que también conviene comprender de aquel desastre. Las heridas no se restañan con un libro. Además, hay un enorme interés político en que sigan abiertas. ¿Sabes qué sucede? Que cuando no se tiene claro el fondo de una ideología, y la mayor parte de nuestros políticos no la tiene clara porque son una banda de cantamañanas que no han leído un libro, pues se aferran a cuatro conceptos facilones que amortizan muy bien. Unos y otros. En esta novela no me aparto de una mirada moral. Es que en esos chavales no existía ese concepto y quienes hablan son ellos.
¿Es su novela de madurez?
No es casual esta novela. Está muy elaborada. Hay novelas muy buenas escritas en los ‘dos bandos’. Pienso en las de Agustín de Foxá y García Serrano. O en las de Ramón J. Sender, Arturo Barea y Max Aub. Pero ninguno de ellos tiene ambición de dar voz a las dos partes, y yo sí.
¿La edad le ha hecho más escéptico?
Lo soy desde hace mucho tiempo. Por mi vida, por los libros que he leído y las canas que ya tengo. Soy descreído, sobre todo, ante ciertas palabras y lo que conllevan: Dios, religión, patria, bandera…
¿Y en cuáles cree?
Dignidad, solidaridad, valor, lealtad. Con esas palabras construyo esta novela y contrapeso la oscuridad y la desesperanza.
¿Cuando mira alrededor, qué ve?
El resultado triste de muchos años de descuido educativo y cultura, de una gran desmemoria histórica. España perdió hace tiempo la ocasión de crear generaciones de ciudadanos lúcidos y críticos y lo que tenemos es una población con pocas alternativas para hacer frente al discurso manipulador, falaz, sesgado y a veces criminal de los unos y de los otros. Lo veo con tristeza.
La retirada de los nombres de las calles de Largo Caballero e Indalecio Prieto…
No voy a entrar en esa basura.
¿Si hubiese podido elegir voluntariamente de qué lado luchar, cuál habría sido?
Me habría marchado como hizo Chaves Nogales. En la novela hay un personaje que dice: «Al menos los nuestros mueren por algo noble». Y otro responde: «Nadie en esta guerra muere por nada noble». Fue así. Y me importa una mierda quien se ofenda por esto.
¿A qué teme a los sesenta y tantos?
A que la vida haga a uno acabar sin dignidad. Me gustaría que mi muerte fuese acorde con la vida que he tenido. Puedo haberme equivocado muchas veces, pero siempre he intentado vivir dignamente… Bueno, ya. Venga, venga, qué importa lo que tema. Esto no le interesa a nadie.

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