Pérez-Reverte: «La parte humana de la Guerra Civil nos salva del discurso miserable que nos quieren colocar»

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«Hemos cruzado el Ebro». Con ese trino cesáreo y la imagen de algunos de los 150.000 ejemplares con los que sale su nueva novela a librerías Arturo Pérez-Reverte se disponía a presentar a los periodistas «Línea de fuego» (Alfaguara), un libro que no va a dejar a nadie indiferente y que sumerge a los lectores en los diez primeros días de la batalla del Ebro, julio de 1938, en el tramo final de la Guerra Civil. Una batalla en la que murieron 20.000 soldados.

Es una novela de combatientes, un relato impresionante que reúne lo mejor del novelista histórico y el corresponsal de guerra. Palabras a pie de trinchera, que resuenan ante los ojos como casquillos metálicos y explosiones que retumban en noches lejanas de nuestra más terrible historia, relatos de sufrimiento y rencor demasiado humanos, pero también de heroísmo y de dolor pronunciado con idénticas palabras en ambos lados del frente y que a muchos españoles les van a sonar familiares, porque casi todos tuvimos allegados en las trincheras. «En el plano general está todo muy claro: un bando legítimo, la República, y uno ilegítimo, el sublevado. Pero cuando acercas el foco a las personas que combatían, nada es tan evidente, todo es más complejo».

Por eso es también una novela pertinente y actual: «El discurso que se está haciendo sobre la Guerra Civil es un discurso muy simple, de buenos y malos, de blanco y negro», afirma Arturo Perez-Reverte. «La aproximación a la parte humana de la Guerra Civil es lo único que nos puede salvar del discurso partidista y miserable que hunos y hotros, con hache unamuniana, nos están queriendo colocar». El escritor recuerda al abuelo, al tío Manolo. «Casi todos tuvimos familiares en los dos lados. La peripecia humana es la única barrera contra ese discurso disparatado e irresponsable que se empeñan desde hace un tiempo en colocarnos», remacha.

«Esta novela es sobre nosotros»

Pérez-Reverte ya había usado ya la Guerra Civil como fondo de varias historias, como la serie del espía Falcó o algunas páginas de «El tango de la guardia vieja». Ahora la Guerra Civil es el tema. El novelista destila en las casi setecientas páginas de «Línea de fuego» una historia coral, guiada por las peripecias de una docena de personajes principales, de ambos bandos, frente a frente. «Esta novela es sobre nosotros, es nuestra memoria, no la podemos ver desde fuera. Esta es nuestra historia. Muchos de nosotros estamos aquí porque nuestros abuelos y padres sobrevivieron a este momento y otros no están porque no sobrevivieron. Acercándonos a lo que fue podemos entendernos mejor. Yo soy novelista. No pretendo resolver el conflicto, pretendo que el lector se reconozca en sus páginas y ello le estimule para leer libros más serios al respecto, no los de Pío Moa ni los de Ángel Viñas», comenta con cierta sorna.

«La Guerra Civil fue una guerra muy española, donde todos se conocían. Española en la complicidad con el enemigo, la mala leche, mezcla de humor negro y desafío»

Muy pronto, en la novela, da lo mismo que el protagonista de cada episodio sea un comunista, un requeté, un socialista, un falangista, un legionario. A todos el destino les ha llevado allí, están en un bando con o sin convicción, porque les tocó o porque se presentaron, carpinteros que quieren escapar a toda costa o dinamiteros asturianos felices de reventarlo todo, militares profesionales duros de pelar que venden caro el pellejo, muchachos llevados a la recluta el día que estrenaban los pantalones largos. Una generación, o más de una, molida por la guerra.

El espíritu de Chaves Nogales

Por las páginas de la novela desfilan los principales cuerpos de ambos ejércitos, desde las milicias a las brigadas internacionales pasando por la quinta del biberón (combatientes nacidos en 1920 que fueron reclutados en los últimos meses de la guerra) o comisarios políticos capaces de amenazar y represaliar al que flaquee en cada acción. Y la Legión, los regulares del Tabor marroquí, el Tercio de Montserrat, una bandera de la Falange de Aragón, así como los corresponsales de guerra internacionales que permiten al narrador ofrecer una visión más fría de todo aquello. Incluso sirven como homenaje a quien, como Chaves Nogales, tuvo una rara lucidez entre españoles durante el conflicto: «Su espíritu sobrevuela la novela», confiesa el autor. En definitiva: «A mi experiencia como corresponsal —yo he estado en la guerra y sé lo que se siente—he sumado la lectura de todo lo que se puede leer sobre el conflicto, además de los testimonios humanos de la gente que luchó y yo conocí».

«Nuestros abuelos perdieron la guerra»

El friso humano que lucha en el pueblo inventado de Castellets del Segre, entre Mequinenza y Fayón, no juzga a quien combate. «Un chico de 17 años, sea comunista o requeté, cuando está en el frente no hay ninguna diferencia, son los mismos recuerdos: gritan igual cuando mueren, cuando los hieren, pasan el mismo frío, el mismo miedo, son las mismas vidas destrozadas que no ganó nadie y eso es importante resaltarlo. La guerra la ganó Franco, los militares de su entorno y la gente que estaba con él, un núcleo reducido de su entorno. Como la pugna en el otro bando la habían ganado los comunistas y socialistas y su entorno». Ello deja una conclusión clara: «¿Pero quién perdió la guerra? Perdieron los jóvenes de los dos bandos, perdimos todos. Nuestros abuelos perdieron la guerra». La juventud de un país devastada.

«Los que me conocen saben que no soy de lágrima fácil, pero me enternecía a mis casi 69 años. Porque los estaba viendo. Veía a mi padre, a mi abuelo»

Pérez-Reverte cuenta cómo ha consultado multitud documentos y confiesa que algunos le han emocionado. «He acudido a cartas, recuerdos, testimonios, los he saqueado para utilizarlos literariamente. Los que me conocen saben que no soy de lágrima fácil, pero me enternecía a mis casi 69 años. Porque los estaba viendo. Veía a mi padre, a mi abuelo. La quinta del biberón, muchachos de 17 años en 1938 que fueron llevados a los cuarteles de la mano de las madres con un bocadillo envuelto en papel de periódico. ¿Cómo no te vas a emocionar? ¿Qué más da que sean comunistas o falangistas? El drama humano es el mismo. Y esos perdieron todos la guerra», relata.

Ernesto Agudo

No parece un desafío fácil para ningún escritor, menos para quien, como el académico, suele documentar cada arma, el uso y la jerga de cada bando. Las coplas que se cantan de trinchera a trinchera son reales, eran puyazos de humor negro que también ocurrieron, como las treguas para ir junto a los enemigos a llenar las cantimploras bajo el inclemente sol de julio en la zona. Destaca también por el contraste de tanta desgracia el episodio de una parturienta que debe atravesar las líneas.

«Quería que el lector estuviera allí»

«La guerra es un lugar geométricamente complejo -avisa el escritor-, porque el soldado no ve al político que está en Madrid, ni el conjunto de la batalla, solo ve su porción de frente y eso significa disparar, comer, beber, sobrevivir… Yo quería dar una visión global y para eso necesitaba personajes de los dos bandos, legionarios, requetés, comunistas, socialistas. Esa visión poliédrica es la que más se acerca a lo real. Quería que el lector estuviera ahí, que viva la Guerra Civil, la huela, sienta miedo, le disparen, resbale sobre casquillos vacíos, le salpique la sangre».

Mujeres de armas tomar

«La mujer fue la gran perdedora de la Guerra Civil española. En tres años perdió un siglo de progreso, avance y modernidad»

La mujer tiene una presencia destacada en la acción de «Línea de fuego» a través de la sección de Transmisiones que introduce un elemento minoritario pero que dota de una voz contemporánea a la historia principal. Es una licencia. «Ninguna mujer cruzó el Ebro durante la batalla, pero yo necesitaba mujeres en la batalla por muchas razones. Lo principal es que yo quería contar la historia de la mujer, no la libertaria folclórica de Vicente Aranda, sino mujeres formadas, disciplinadas, con preparación, cualificadas. Por eso creé la unidad de transmisiones. Pero además la mujer tenía que estar en la novela porque la mujer fue la gran perdedora de la Guerra Civil española. En tres años perdió un siglo de progreso, avance y modernidad. En tres años dejó de ser mujer libre, dueña de su cuerpo y de su vida para ser otra vez esclava sumisa de confesores, de maridos y de bienpensantes. Quería una mujer que supiera lo que se estaba jugando».

En definitiva, para Pérez-Reverte, la Guerra Civil fue «una guerra muy española, donde todos se conocían. Española en la complicidad con el enemigo, la mala leche, mezcla de humor negro y desafío. Por el rencor y conocimiento del adversario, fue una guerra endiabladamente española, en todos los sentidos. Para lo bueno, si hay algo soportable, está esa relación de trinchera a trinchera del agua, el tabaco y las coplas. La novela tiene humor también, también muy español. No se parece a ninguna guerra que yo haya visto. Enternece».

Una generación que se perdió España

El novelista se pone muy serio cuando habla de este aspecto: «¡Qué lastima que todo ese talento, dignidad y coraje, toda esa capacidad de entenderse con una canción o con un chiste se quemara de manera tan miserable sin beneficiar a nadie! Si piensas en toda esa juventud, 20.000 muertos solo en el Ebro, ¿te imaginas la de ingenieros, novelistas, pintores, mecánicos, políticos que habrían salido de ahí si hubieran vivido, lo que podrían haber aportado a España?» Y se responde con calificativos como triste y desolador. «Por eso cuando oigo hablar a políticos de hoy, de ambos signos, tan alegremente de la Guerra Civil, sin saber lo que fue el drama humano me digo: ¿Cómo se atreven? ¿Cómo se atreven? ¿Cómo se atreven», repetido tres veces, quizá para las tres Españas.

«Ahora hay cosas que han cambiado. El testimonio humano ha desaparecido y ya solo queda el discurso ideológico. La idea se vuelve algo manipulable cuando no está el testigo directo para confrontar»

¿Por qué volver a ello justo ahora? «Siempre evité el tema -responde Pérez-Reverte- pero ahora hay cosas que han cambiado. Yo conocí a los que hicieron la guerra, tuve familiares en los dos bandos que siempre callaban. Después supe que era porque no querían contaminarnos del rencor y el sufrimiento que ellos vivieron. Pero ahora ese testimonio humano ha desaparecido y ya solo queda el discurso ideológico, que está siendo utilizado en los últimos tiempos de manera política con distintas intenciones, por unos y por otros.». Para el académico, cuando queda solo la ideología y desaparece el testimonio humano entramos en terreno peligroso. «La idea se vuelve algo manipulable cuando no está el testigo directo para confrontar», señala.

De hecho la ideología en el frente causa sus propios estragos, peor que el fuego amigo. «Fue un choque de carneros y estremece la facilidad con la que echaban la carne al matadero, lo hacían tanto unos como otros. Sin esa disciplina y presión de los mandos, los chicos no habrían hecho lo que hicieron. Los mandos franquistas, jefes de centuria o similar, y los comisarios políticos en el bando republicano, eran la continua amenaza: al que deserte, al que dé mal ejemplo, al que no cumpla, lo fusilaremos, les decían. Esa amenaza sobre la propia tropa está en toda la guerra, son órdenes que vienen de la retaguardia, que se cumplen siempre a costa de los mismos».

Como resumía su editora Pilar Reyes: «Es un libro importante, una novela narrada desde el frente con enorme realismo». «Hay ambición literaria y mucho riesgo asumido», añadía.

Ernesto Agudo

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