Pierre Lemaitre: «Como en 1940, estamos a las puertas de otra debacle»

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Pierre Lemaitre (París, 1951) se dejó crecer la barba durante el confinamiento con lo que el autor francés, clásico tardío y superventas de amplio espectro, se acercó también estéticamente a todos esos héroes decimonónicos, Dickens y Dostoievski a la cabeza, con los que empezó a hacer buenas migas tras dar esquinazo a la novela negra. En aquel momento, recién estrenada la década pasada y consagrado como referente del policial galo tras jubilar al airado y belicoso comandante Camille Ver-hoeven, Lemaitre volvió la vista a la gran novela popular, la del folletín y la picaresca, para adentrarse en la Francia de entreguerras con Los hijos del desastre, trilogía que estrenó a lo grande ( Nos vemos allá arribase llevó el prestigioso premio Goncourt) y de la que se despide ahora con El espejo de nuestras penas (Salamandra).

Un punto y final de título dolorosamente premonitorio con el que el autor francés se deja atravesar una vez más por el espíritu de su admirado Alexandre Dumas y, calendario en mano, resigue las cicatrices de la Historia para llegar hasta el Gran Éxodo de 1940. Esto es: el momento más o menos exacto en el que 11 millones de franceses, todos ellos atenazados por el más puro pánico, se echaron a la carretera y huyeron de sus hogares cuando el ejército nazi invandió la mayor parte del país. Una «suite» francesa enterrada bajo el sobrepeso de otras tragedias aún más atroces pero con la que Lemaitre ha querido coronar su primer gran ochomil literario: 1.500 páginas de historias minúsculas y personajes de una normalidad extraordinaria convertidas en asombrosas catedrales narrativas.

¿Qué representa hoy en día para los franceses el gran éxodo de 1940?

Lo cierto es que ahora mismo no representa gran cosa en la memoria colectiva. Muchos han olvidado ese episodio y solo se acuerdan quienes lo han estudiado o las personas de una cierta edad que tuvieron padres que lo vivieron en primera persona, como es mi caso. En cierto modo, ha sido expulsado de la memoria por otras cuestiones más trágicas como el Holocausto. Además, el país vivió cuatro años de ocupación que estuvieron marcados por la resistencia, el colaboracionismo… Todo eso alejó aún más todo lo relacionado con el éxodo. Ahora ya casi nadie se acuerda, así que me he beneficiado de una suerte de efecto sorpresa, porque muchos no lo conocían y lo descubren gracias a mi libro.

¿Y por qué precisamente ese momento histórico para cerrar la trilogía?

El propio acontecimiento en sí es fascinante. Imagínate un país entero presa del pánico, 11 millones de personas que deciden abandonar sus hogares de repente y coinciden todos en la misma carretera rumbo al sur… Fue un fenómeno tan espectacular que no pude resistirme a acercar el foco para intentar entenderlo. Ahí había millones de historias individuales. Miles de niños se perdieron y muchos no volvieron a encontrar a sus padres jamás. ¿Cómo es eso posible?

«No me interesa que los personajes sean héroes, sino cómo los acontecimientos se les imponen de forma imprevista»

De ahí, imagino, la cita de Benito Pérez Galdós que abre el libro. «Por donde quiera que va, el hombre siempre lleva consigo su novela».

Eso es. Se crearon miles de novelas. Casi una novela por persona en la carretera. Y había once millones de personas. Para un novelista, algo así es irresistible. Luego hay un segundo elemento, más político o social, y es que esa derrota repentina marcó el inicio de un cambio radical en la relación entre gobernados y gobernantes. Esa gran debacle militar provocó un trauma en la población francesa; fue como una semilla que empezó a germinar y generó la desconfianza del pueblo en sus gobernantes. En 1940 se produjo un trauma que despertó entre los ciudadanos la duda sobre la confianza que debían conceder a sus gobernantes. Y esa duda, en los siguientes ochenta años, no hizo más que crecer y engordar. Y es la razón por la que en las últimas elecciones francesas el 60 por 100 de la gente no fue a votar.

Una vez más, lo importante no es la guerra, sino los alrededores. El antes y el después.

En 1940, desde un punto de vista militar, no había guerra. La rapidez con la que el ejército alemán arrasó al ejército francés y lo aniquiló podría llevarnos a pensar que prácticamente no hubo guerra. Fue una guerra relámpago, así que lo más determinante fue la derrota, no la contienda en sí. En el caso de la trilogía, empieza a las puertas de la Primera Guerra Mundial y luego tropieza con el ejército alemán en el umbral de la Segunda Guerra Mundial. Son treinta años enmarcados por esos dos desastres.

La bandera nazi ondea en el cielo de París durante la ocupación

Teniendo en cuenta que el título genérico de la trilogía es «Los hijos del desastre», ¿hasta qué punto existe la noción entre los franceses de saberse descendientes directos de aquella sucesión de tragedias?

Los hijos del desastre es una lectura novelesca de la Historia, pero no es una lectura histórica. Es el reflejo de cómo yo contemplo mis personajes y veo que, durante treinta años, como mínimo dos o incluso tres generaciones fueron sacrificadas por el simple hecho de que nacieron, vivieron y pasaron su juventud en ese periodo de entreguerras. Pero, insisto, es una visión novelesca. Yo no tengo elementos históricos que demuestren que esa división es correcta, pero como novelista veo así este periodo.

«En 1940 se produjo un trauma que despertó entre los ciudadanos dudas sobre la confianza en sus gobernantes»

Le cito: «Lo que realmente me interesa son aquellos personajes atrapados en la trampa de la Historia». Nada de héroes, entonces.

Claro, lo que me interesa no es que los personajes sean los héroes de sus propias historias, sino cómo los acontecimientos se imponen de repente a personas que no los habían buscado ni previsto. Son personas que están entre la espada y la pared por circunstancias que no han escogido y son las primeras víctimas, ya que son los actores principales de estos acontecimientos. Para mí la importancia no está en quién prepara o dirige los acontecimientos, sino en quién los sufre. Y ahí entra la mayoría aplastante de la población. Nadie quería una guerra en 1914 en la que se perdieran a dos o tres miembros de la familia y nadie pidió esa debacle de 1940, pero hubo 15 millones de soldados que lucharon en la Primera Guerra Mundial y 11 millones de personas que se sumaron al éxodo de 1940.

En «El espejo de nuestras penas» se diría incluso que los personajes se imponen con aún mayor rotundidad al marco histórico, lo que nos lleva a la misma pregunta de siempre: ¿Es Pierre Lemaitre un novelista histórico o un escritor social?

Yo nunca me he considerado un escritor de novela histórica. Es una categoría que no me gusta. Es práctica, sí, pero desde un punto de vista literario no tiene mucho sentido. ¿Qué es escribir una novela histórica? ¿Qué quiere decir una época antigua? Para mí, por ejemplo, mayo del 68 es como la Edad Media. Sí que estoy de acuerdo, en cambio, con que en mis libros el trasfondo social siempre se sitúa en un primer término, por lo que creo que sí que soy un novelista social.

«Empecé tarde, pero las novelas que hubiera podido escribir a los 20 años no me habrían llevado a lo que estoy haciendo ahora»

Hablemos de los personajes. Tenemos a Louise Belmont, atormentada y, en las primeras páginas, ensangrentada protagonista, y enésima prueba de que siente auténtica devoción por los personajes femeninos emocionalmente complejos.

Siempre me han fascinado mis heroínas, sí. Casi siempre son mujeres resilientes, que viven situaciones difíciles a menudo marcadas por el dominio de algún hombre y que, pese a ello, consiguen sobrevivir y triunfar. Lo vimos con Madeleine Péricourt en Los colores del incendio y ahora con Louise. Es cierto, me fascinan. Supongo que tiene que ver con que crecí entre feministas. Mi madre no lo era, pero las mujeres con las que me crié y eduqué son las mujeres a las que yo amé. A partir de los 18 años las chicas con las que viví siempre fueron muy militantes, mujeres que han ido creando la persona que soy. Así que es normal que al empezar a escribir lo hiciera con todo ese patrimonio. Yo, en el fondo, soy el resultado de mi propia historia.

¿Explica eso que uno de los temas que recorre en «El espejo de nuestras almas» sea el de la maternidad?

En mi generación era una de las grandes preguntas feministas; esa libertad de escoger tener hijos o no tenerlos. Formaba parte de las libertades que reclamaban las mujeres con las que vivía, y el tema de la maternidad estaba en el centro del debate feminista, ya que la maternidad es el espacio del poder de las mujeres, un centro de libertad que los hombres cuestionaban. Así que en cierto modo es normal que en una novela poblada por muchas mujeres vuelva a aparecer el tema de la maternidad.

«La novela negra es un género muy importante y no se me quedó pequeño: es que ya no puedo sorprender con otro libro policiaco»

Volvamos a los personajes. En 1940, decía, empezó a quebrarse la confianza del pueblo en sus gobernantes, y ahí está Desiré Migault, con su turbio papel en el Ministerio de Información, dando carta de naturaleza a la propaganda.

-La decepción popular, esa desilusión, tiene que ver precisamente con los efectos de esa propaganda. Cuanto más se le repitió a la gente que el ejército francés era invencible, que no había nada que temer, cuanto más se les machacó con toda esa propaganda, mayor fue el trauma en el momento de la debacle. En casos así, cuando se hunde la confianza, caes desde muy alto. Sin propaganda el efecto no habría sido el mismo. La gente no se habría quedado como alucinada ante a la situación.

Y todo ello, claro, con la inestimable ayuda de la prensa de la época.

La prensa ocupa en esa desilusión un lugar privilegiado. Desiré demuestra ser un periodista que cumplía los estándares del momento, cuando los periódicos retransmitían siempre lo que decía el gobierno. Lo más triste e inquietante es ver que las cosas no han cambiado tanto. Ahora estoy hablándole a un periodista y debería ser muy cauto, pero bueno, si preguntas mi opinión al respecto, diría que siempre hay excelentes periodistas que entienden su trabajo y quieren ser independientes, pero en Francia tenemos también una masa muy abundante de periodistas colocados en puestos de mando que son militantes; periodistas de propaganda cuyo objetivo es intentar convencer al pueblo de que el comportamiento del gobierno es siempre virtuoso. En 1940 esto ya llevó a una debacle terrible y yo predigo que se reproducirá. Como entonces, estamos a las puertas de una debacle de la que esos periodistas son celosos artesanos.

«Voy contra las leyes de Macron para prolongar la vida laboral, no voy a obligar a mis personajes a hacerlo»

¿Funciona entonces «El espejos de nuestras penas» como llamada de atención? ¿Aprendemos del pasado o estamos condenados a cometer los mismos errores?

La importancia de mis libros es más que relativa. No creo que haya muchas novelas que hayan cambiado el curso de la Historia. Algunos libros quizá sí, pero no novelas. Los miserables, por ejemplo, sí que cambió algunas cosas, pero sería muy pretencioso pensar que mis novelas pueden incidir en el destino de nuestra sociedad.

Está a punto de cumplir 70 años y publicó su primera novela con 55. ¿Se arrepiente de haber empezado tan tarde?

Para nada. Creo que, en cierto modo, mi destino estaba marcado así. Tengo la sensación de que he escrito las novelas que he escrito porque tenía la edad justa para hacerlo. Escribí Nos vemos allá arriba con 60 años y, en efecto, creo que es una novela de un hombre de 60 años; de alguien que tiene a sus espaldas 40 años de lecturas de novelas, 20 años de experiencia en enseñar literatura… Así que creo que las novelas que hubiese podido escribir a los 20 años no me habrían llevado a lo que estoy haciendo ahora. No tengo el más mínimo lamento, pero sí que tengo una inquietud: quisiera llegar a viejo para poder acabar mi proyecto novelístico, y esto me genera cierta desazón.

¿No echa de menos al comandante Verhoeven?

-Pues no. Trabajó muy bien y se retiró. Yo soy un firme defensor de la jubilación a los 60 años, así que Camille se jubiló a la edad que le tocaba. El año pasado también milité contra las leyes de Macron para prolongar la vida laboral, así que no voy a obligar a mis personajes a que trabajen más allá de la edad de jubilación. Sería socialmente inaceptable. Intento ser un empleador conciliador.

«Sería muy pretencioso pensar que mis novelas pueden incidir en el destino de la sociedad»

¿No será que la novela negra se le ha quedado pequeña y ya no casa con sus ambiciones literarias?

¡Oh!, de ninguna manera. La novela negra es un género tan importante que sería muy arrogante considerarlo pequeño para mí. Al contrario: soy yo quien es pequeño en relación con el género. Lo que ocurre es que tengo la sensación de que todo lo que podía hacer ya lo he hecho. No creo que pueda sorprenderme a mí o a los lectores escribiendo una nueva novela policiaca. Ya he dicho lo que tenía que decir y, la verdad, no creo que me quede mucho potencial. No creo que pueda hacerlo mejor.

Déjeme decirle que no es muy habitual encontrarse con autores que nombren en los agradecimientos a todos los escritores de los que toman prestadas frases e ideas. En «El espejo de nuestras penas», por ejemplo, aparecen Balzac, Charlotte Brontë, Denis Diderot, Charles Dickens, Joseph Heller, Émile Zola, Georges Simenon…

Lo que me sorprende es que no lo hagan los demás también. Al final, todos hacemos lo mismo: aprovechamos libros para escribir los nuestros. Me sorprende que sea sorprendente. No tengo nada que enseñar a nadie, pero tampoco es que haya 35.000 maneras diferentes de escribir novelas.

El año pasado hablaba de una nueva novela ambientada en los años cincuenta que quizá alumbraría una nueva trilogía. ¿Se mantiene el plan?

Así es. Llevo ya 200 páginas y todo empieza a cobrar forma. Lo que aún no sé es si será un díptico o una trilogía. Estoy todavía avanzando por un terreno desconocido, ya que va ser una novela algo distinta: una saga familiar, con 30 años en la vida de toda una familia.

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