Pierre Lemaitre, un compás de espera

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Tras una primera etapa como autor de novelas policiacas, el escritor francés Pierre Lemaitre (París, 1951) conocería una fama espectacular con la primera novela de su trilogía, ambientada en el periodo de entreguerras, Los hijos del desastre. Con una excelente adaptación en la pantalla,Nos vemos allá arriba, se alzaría con el Premio Goncourt 2013, logrando en su momento una casi una total unanimidad entre recepción crítica y éxito de público.

Descubierto tardíamente, Lemaitre nunca ha ocultado su devoción por los folletones del XIX a lo Dumas, pero también por personajes como el Vautrin de Balzac y por supuesto por Victor Hugo y Los misterios de París de Eugène Sue. La trasposición de todos estos aventureros camaleónicos, héroes vengadores, vividores, canallas y pícaros a la época de las dos guerras mundiales está totalmente lograda por su parte. Poniendo sobre escena una gran variedad de caracteres y moralidades, con ágiles diálogos y apasionantes vicisitudes encadenadas, ha logrado ser seguido por millones de lectores en todo el mundo.

Éxodo de la población civil

La tercera novela del ciclo, El espejo de nuestras penas, cubre un espacio temporal que va desde la drôle de guerre, la guerra de broma que emprendería el Ejército francés tras declararse la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, hasta la invasión de Francia por los alemanes el 10 de mayo de 1940. Nada más producirse, se desencadena un caótico y desesperado éxodo de la población civil, «un fenómeno único en la Historia», según Lemaitre. Para su nueva entrega, el autor recupera a uno de los personajes más emotivos y queridos de su serie que, por otro lado, puede leerse perfectamente de forma independiente: la pequeña Louise de Nos vemos allá arriba.

En su infancia, Louise acompañó fielmente a un joven y adinerado antiguo combatiente, Édouard Péricourt, mutilado de guerra, que vivía clandestinamente en París, tras haber perdido la mitad de la mandíbula a causa de un obús. Cuando volvía de la escuela, Louise le ayudaba en la fabricación de sus bellas y fascinantes máscaras. Pero un día Édouard la abandonó. Se suicidó. En El espejo de nuestras penas, Louise tiene ya treinta años y –como sucedía con la audaz Madeleine de Los colores del incendio– vuelve como protagonista, en esta ocasión junto a una pareja de jóvenes soldados, Gabriel y su superior, Raoul Landrade.

En junio de 1940 todo ese fingido optimismo y esa guerra de medio mentira cambia brutalmente

Estamos en los momentos de la drôle de guerre y la famosa Línea Maginot, gigantesca y pionera edificación de defensa que supuestamente servirá de contención para salvar a Francia de todo intento de invasión del enemigo. Es decir, de su tradicional enemigo de siempre, Alemania. Todo se halla suspendido en un confiado compás de espera: el compás de espera de una momentánea paz amenazada. Desde «arriba» se busca reconfortar a la población: «Francia y sus aliados –se les dice- tienen la situación bajo control, pero, vaya, quizá es un poco pronto para decir que «la guerra ha acabado»». El Ministerio de Información es un ir y venir de gentes: diplomáticos, militares, periodistas. Las noticias vuelan: la RAF ha bombardeado el Rhin, los belgas se muestran admirables. Désiré (un personaje impagable de la trama), joven encargado de leer los comunicados, es pronto aleccionado: «En tiempos de guerra, la exactitud en la información es menos importante que la información que reconforta». Toda Francia tiene que creer en la victoria «de nada sirve poner cañones en batería si los hombres que los manejan no tienen mentalidad de vencedores».

Escoger bando

Pero en junio de 1940 todo ese fingido optimismo y esa guerra de medio mentira que al comienzo es tomada como una fiesta, cambia brutalmente. La desbandada en las carreteras de una población aterrorizada (unas escenas que magistralmente reflejó Irène Némirovsky en su novela Suite Francesa) revela los sentimientos más miserables y también los más encomiables entre los miles de refugiados: «Esta debacle ha despertado los instintos más bajos, el egoísmo y la codicia de algunos, pero también ha recordado a otros el deber de la solidaridad; es el momento de escoger bando», comenta el supuesto cura Désiré, travestido en un nuevo personaje, a punto de emprender la fuga.

Después de todo lo atravesado, la vida continuará. En el epílogo final, concluida la Ocupación y la guerra, Lemaitre da cuenta del destino que les aguardará a los principales personajes, como si fueran «reales» y su existencia siguiera dando giros y más giros. Algunos regresaron a París para volver a abrir su restaurante, también hay quien se va a trabajar a unos laboratorios estadounidenses. Otros, tras enrolarse en la Resistencia, siguieron engrandeciendo su leyenda, y otros más, tras dejar el Ejército y carreras poco prometedoras, con su predilección por los «chanchullos», se alistaron en la OAS, la organización secreta de extrema derecha contra el proceso de independencia de Argelia.

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