Política, políticos y expulsados en el mundo del arte

El Reino Unido ha instado a sus museos a que se aligeren de política. ¿Injerencia, guerra cultural, despolitización…? ¿Y qué se le dice al espectador…

¿Acabará por ocurirr con el arte lo que pasó con el cine, que la percepción de que un mensaje político unívoco (de izquierdas) acabó por ser percibida como una agresión por parte del público (conservador)? ¿O pasará que la presión de una sociedad cada vez más polarizada acabará con la independencia del arte?

Esas cosas en España no pasan, aquí se respeta a los profesionales, puede que dé algún caso concreto pero es la excepción… Ésa es la respuesta correcta que dan las instituciones y los museos públicos cuando se les pregunta por la carta que el Secretario de Estado para la Cultura del Reino Unido, Oliver Dawden, remitió a los museos de su país. En la misiva (en principio, confidencial), el Gobierno de Boris Johnson instaba a los centros a aligerar el contenido político de sus exposiciones: menos historia colonial, menos black lives matter, menos #metoo… De lo contrario, los contribuyentes podrían retirarles los fondos, decía la carta. El British Museum respondió con un comunicado que desafiaba la orden. No cambiarán en nada su trabajo.

«El Gobierno presiona en un sentido y el público en el contrario. El público ha logrado que los museos dejen de recibir patrocinios de empresas contaminantes como BP o las grandes compañías del gas porque no quiere que el arte sea un gran lavadero de imágenes. Es un mensaje muy poderoso. En cambio, los políticos tratan de censurar esos debates. Quieren que no haya debate para que no haya cambio», explica la coleccionista y comisaria suiza Francesca Thyssen.

Una aclaración: el sistema de ayudas a las instituciones culturales del Reino Unido no está tan centralizado en la Administración Pública como en España. Los contribuyentes británicos tienen cierto margen para elegir el destino de sus impuestos, tal y como describe Dawden. De modo que, al menos en parte, es cierto que en España «no ocurren estas cosas». ¿Significa eso que las relaciones entre los políticos y el sistema del arte está libre de clientelas?

Buenas noticias, malas fotos

«Depende del político y depende del profesional. Un mediador cultural, un comisario o un director de museo, tiene que entender qué esperan los políticos de la cultura. Luego enfrentarlo a su proyecto y encontrar un acuerdo», explica Carlos Urroz, director de la fundación TBA21 y ex director de la Feria ARCO.

¿Y qué es lo que quieren los políticos de la cultura? «Buenas noticias que reviertan en la sociedad», responde Urroz. «Y lo que no quieren es tener que hacerse una foto que sea incómoda para todos. En general, hay respeto a la libertad creativa. No hay muchos casos de coerción. En todo caso, hay quejas del público a posteriori».

Las redes sociales tienen que ver esas quejas. En ARCO pasa todos los años: una pieza sarcástica o un poco blasfema llega a las noticias y provoca unos cuantos mensajes de indignación. «Ser político también consiste en aguantar ciertas presiones, sobrte todo si se sabe que son fugaces».

Joan Feliu es director de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo de Castellón, Marte (del 5 al 8 de noviembre), una institución privada dependiente de las ayudas públicas (Ayuntamiento, Diputación y Comunidad Autónoma). «¿Que qué buscaban los políticos en Marte? Creo que en su momento fue una inversión reputacional. El caso Fabra estaba en los medios y alguien consideró que la cultura era una manera de cambiar la imagen de la provincia de Castellón en el exterior», explica Feliu. «En esa época, el PP estaba en las administraciones. Luego cambiaron los gobiernos pero nunca hubo una intromisión. Nosotros nos podemos quejar de que nos falte presupuesto pero nadie nos ha puesto filtros al contenido».

«Alguna vez», continúa Feliu, «hemos sido utilizados como munición política. Nos encontramos con declaraciones del tipo ‘¿Por qué se ayuda a Marte y no a los toros o a tal otro proyecto?’, nada más. Y sólo una vez recibimos un consejo de un político. Fue un año que alguien nos animó a que abordáramos más intensamente el tema del feminismo y de la violencia de género. Más que una presión yo lo interpreté como un ‘adelante, que os respaldaremos’».

¿Y qué pasa con el espectador que no está de acuerdo con ese enfoque de género, por ejemplo, y que se encuentra con una visión del mundo que lo confronta cada vez que va al museo? ¿No es comprensible su fatiga? «El arte es un lenguaje crítico que genera opinión y mejora la democracia. Si está bien hecho, no saca conclusiones sino que anima a pensar. Si está mal, tiende a propaganda. Si ese espectador va a una exposición y se reafirma en su opinión, si ha rebatido unas preguntas, no hay nada de malo en ello».

Clientelismo

La siguiente voz es la del crítico y comisario Juan Manuel Bonet: «En mis casi nueve años de museos, 1995-2004, sólo tuve un episodio grave de injerencia, del que ni acordarme quiero, pero que está en las hemerotecas. Antes y después, tanto en un museo como en otro, se me dejó trabajar con absoluta libertad», explica Bonet, ex director del IVAM, del Museo Reina Sofía y del Instituto Cervantes.

De las dos últimas instituciones salió Bonet cuando llegó el PSOE al Gobierno en un clima enrarecido. «¿Hay injerencia política en los museos españoles? No es lo normal, pero de vez en cuando pasan cosas raras. Hace unas semanas sucedió en Valladolid, donde pretenden imponerle una exposición al director del Patio Herreriano. Espero que entiendan que el director, mientras tenga la confianza de quien lo ha nombrado, tiene la última palabra. Si no es así, está en peligro la idea misma de museo, que debe ser un lugar donde se practique la reflexión con libertad, y sin consignas»

¿Qué pasó en Valladolid? Que el alcalde socialista Óscar Puente impuso una exposición conmemorativa del 75º aniversario de Naciones Unidas con obras de Cristóbal Gabarrón, desbaratando el programa del director del Patio Herreriano, Javier Hontoria. Hontoria da su opinión sobre las injerencias políticas en un correo: «De todos los campos productivos se exige un rédito inmediato y visible y la cultura, que tiene otro ritmo, es a menudo menospreciada por la clase política porque lo que realmente aporta no siempre es ni visible ni inmediato. En el campo del arte contemporáneo, las buenas prácticas ocuparon hace años el centro del debate. Hoy languidecen, pues para muchos, tristemente, entorpecen la gestión cultural cuando en realidad son las que la hacen posible.

«El diálogo entre los responsables políticos y los profesionales de la cultura cubre los ángulos ciegos que inevitablemente surgen en toda gestión pública», continúa Hontoria. «Las decisiones no consensuadas fracturan la credibilidad de quien las toma».

Y termina: «Anular el potencial emancipador de las obras de arte o de las exposiciones convertiría a las instituciones en contenedores inanes. El papel de los museos de arte contemporáneo es conseguir que quienes los visitan se reflejen en el arte de nuestro tiempo y que se lleven trabajo a casa, que esa experiencia desencadene una reflexión».

Bien. Pero cualquier trabajo de tipo intelectual es así, ¿no? Hay tareas ingratas que se cumplen como un peaje de independencia. «El profesional de la cultura debería ser como profesor de universidad que, cuando alcanza un estatus, tiene independencia absoluta», explica José Jiménez, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid y director general de Bellas Artes en la época de César Antonio Molina como ministro de Cultura. Aquel equipo redactó en 2004 el Libro Blanco de Buenas Prácticas, un manual contra el clientelismo que, sobre todo, imponía la selección de los gestores culturales según criterios profesionales. «Yo creo que el Libro Blanco se ha respetado mayoritariamente. Otra cosa es que el apoyo de las instituciones públicas haya decaído mucho en este tiempo».


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