¿Por qué Joan Crawford fingió estar enferma la noche que ganó el Oscar por ‘Alma en suplicio’?

Lucille Fay Le Soeur era una niña de origen humilde de Texas (Estados Unidos) con grandes sueños. Uno de ellos, el de convertirse en una bailarina famosa para salir de una vida mediocre en la que no faltaron los malos tratos y el abandono de un padre cuando era solo una cría. Su infancia la pasó conviviendo con la suciedad y el desorden que reinaba en la casa familiar, una situación que de mayor le creó un rechazo enfermizo a todo lo que no estuviese perfectamente ordenado y pulcro.

Gracias a una férrea disciplina, tesón y ambición, la joven Lucille acabó transformándose en Joan Crawford, una gran estrella de cine que se forjó a sí misma convencida de que acabaría logrando sus metas. Primero fue corista en espectáculos musicales, hizo sus pinitos en el cine mudo y fue de las pocas actrices de renombre que acabaría sobreviviendo a la transición al sonoro. Reina indiscutible de la MGM durante la década de los treinta con cintas como Gran Hotel, Encadenada, Mujeres o Maniquí, se especializó en papeles de mujer sufridora que encandilaban al público. Y ella cuidaba de sus numerosos fans contestando personalmente o a través de empleados las cartas de admiración que le profesaban.

Joan Crawford en una imagen de 1934
Joan Crawford en una imagen de 1934 (Moviepix)

Sin embargo, la estrella entró en decadencia a mediados de la década de los cuarenta, ya no recibía tantas ofertas y fue considerada incluso ‘veneno para la taquilla’. Fichó entonces por la Warner, que le proporcionó una segunda etapa en su carrera con títulos tan emblemáticos como Mildred Pierce (1945), conocida en España como Alma en suplicio. Por su interpretación de una madre que se sacrifica por ofrecer a su hija todas las oportunidades que ella no tuvo -un papel que fue rechazado previamente por su eterna enemiga en la industria Bette Davis-, logró su primera nominación al Oscar a la mejor actriz.

Pese a la alegría por optar a la preciada estatuilla dorada, Crawford no acudió a la ceremonia que se celebró el 7 de marzo de 1946 en Los Ángeles. ¿El motivo? Estaba enferma, o eso es lo que dijo a la organización como excusa, porque lo cierto es que la actriz fingió estar indispuesta porque creía que el galardón se lo llevaría Ingrid Bergman por su trabajo en Las campanas de Santa María. La texana urdió un plan bien orquestado porque no quería que las cámaras captaran su rostro, incapaz de disimular la derrota. La sorpresa fue mayúscula cuando escuchó su nombre mientras veía la gala por la televisión.

Esa misma noche logró que le llevaran el Oscar a su casa y se dejó fotografiar con él en plan diva perfectamente peinada y vestida, con una sonrisa de oreja a oreja. Eso sí, en la cama de su dormitorio para no levantar sospechas. Una imagen que pasaría a la historia de los premios de la Academia de Hollywood y que se recrearía posteriormente en la película Queridísima mamá (1981) protagonizada por Faye Dunaway y basada en el libro homónimo escrito por Christina Crawford, la primera hija adoptada de Joan, que desvelaría tanto la anécdota del Oscar como la cara menos amable de la estrella, en la que destacaba los continuos abusos físicos y psicológicos a los que le sometía, tanto a ella como a sus otros hermanos adoptados.

Joan, que tras ganar la estatuilla volvería a estar nominada en otras dos ocasiones por Amor que mata (1947) y Miedo súbito (1952) y protagonizaría otras películas míticas como el western Johnny Guitar (1954) o ¿Qué fue de Baby Jane? (1962), al lado de Bette Davis, se retiró de la vida social en 1974, tras ver publicadas unas imágenes suyas en las que aparecía muy poco atractiva. Se introdujo en la Iglesia de la Cienciología y sus últimos años los pasó sola, recluida en su apartamento de Nueva York, donde murió el 10 de mayo de 1977.

Una diva en la cama

Joan logró que esa misma noche le llevaran el Oscar a su casa y se dejó fotografiar con él en plan diva perfectamente peinada y vestida, con una sonrisa de oreja a oreja

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