¿Qué famoso pintor abstracto tuvo que ganarse la vida como novillero?

Pocas biografías son tan azarosas, turbulentas y apasionadas como las del pintor Manuel Viola, uno de los genios del expresionismo abstracto español, una de las grandes figuras de la cultura durante la segunda mitad del siglo XX, arquetipo del artista hecho a sí mismo. Uno de sus grandes amigos, Francis Picabia, dijo de él: “si un día Viola tiene a la vez una cita con la vida y con un cuadro, se irá siempre con la vida”.

Manuel Viola se inició como poeta en Lleida, en el grupo de la revista Art, influenciado por el surrealismo, una revolución que abrazó desde muy joven como lógicofobista, y en la que militó en su exilio francés durante la ocupación nazi, como miembro de la revista La Main à Plume, publicación clandestina editada en Paris. Fue después de la guerra mundial que Viola toma los pinceles y empieza a destacar en el mundo pictórico francés. Pero el año 1949, decide volver a España con su mujer, Laurence Iché. Estos primeros años están llenos de dificultades y sus amigos de antes de la guerra no quieren o no pueden ayudarle.

Manuel Viola, disfrazado de Napoleón
Manuel Viola, disfrazado de Napoleón (Archivo Javier Lacruz)

Desesperado y sin dinero, Viola recurre a sus amigos gitanos y recorre las plazas de los pueblos de Andalucía vendiendo paños, cestería que él mismo realiza o relojes falsos. Llega un momento en el que incluso se gana la vida como novillero y torea en diversas plazas del norte de España y alguna del sur de Francia. Viste el traje de luces y se presenta como El Manguelo, palabra que significa mendigo o mangante, en recuerdo a la familia de su padre, los Viola pobres de Balaguer, que vivían en Can Manguelo.

El pintor y los toros

El psiquiatra zaragozano Javier Lacruz, autor de una monumental y exhaustiva biografía del pintor pudo confirmar que Viola saltó a la plaza varias veces y que fue herido por el toro en más de una ocasión. “Cuando se enamora de Mary Asun Arroyo, treinta años más joven que él, la madre de su hijo Jacobo, para impresionarla, le cogía el dedo índice y se lo introducía en un agujero que conservaba en la barriga, la huella de una cornada”, explica Lacruz, que es el actual propietario de La Saeta, el cuadro que lo catapultó a la fama en España.

Sobre su etapa en los ruedos, Viola explicó a Joaquín Soler Serrano: “Si el toro hubiese sido de plástico, el mejor torero del mundo. Llegué a torear sin picadores por el alto Aragón, con un par de percances. Pero cuando eres joven no pasa nada”.

Manuel Viola, pionero de la abstracción española
Manuel Viola, pionero de la abstracción española (Archivo Javier Lacruz)

Viola gustaba de rodearse de gitanos, flamencos y toreros. Su amigo Luis Miguel Dominguín le dio el título de uno de sus cuadros más inquietantes, Voz negra, ya que según el diestro, “los toros hablan con voz negra”. Con Dominguín hizo un famoso trueque, le cedió uno de sus cuadros, Clair de terre, inspirado en un poema de André Breton, por un Cadillac, propiedad del matador.

Era una broma entre los dos porqué Viola no sabía conducir y según cuenta Lacruz, acabó regalando el coche a una familia gitana que al parecer lo utilizó como vivienda. Fue Dominguín el que le disuadió de ser torero. “Más vale que pintes. Tienes demasiada imaginación. Y para ser torero hay que ser bastante burro”.

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