"¡Qué solos se quedan los muertos!", dijo Bécquer

<h2 class="ue-c-article__subheadline">150 AÑOS DE LA MUERTE DEL POETA</h2><em>"¡Díos mío, qué solos/ se quedan los muertos!".</em> Este lamento, recogido en dos versos de la rima

150 AÑOS DE LA MUERTE DEL POETA

«¡Díos mío, qué solos/ se quedan los muertos!». Este lamento, recogido en dos versos de la rima LXXIII de Gustavo Adolfo Bécquer, tal vez sea la sentencia y el sentimiento más difundido en torno a la muerte -ripiosos refranes aparte- en la cultura popular española. Y eso es mucho decir en un país que ha dedicado ingente cantidad de páginas a la muerte. El poema del romántico español trata del fallecimiento y entierro de una «pobre niña», tiene catorce estrofas, 104 versos y la mencionada expresión aparece tres veces a modo de estribillo. Bécquer murió en Madrid, pero desde 1913 sus restos descansan en su ciudad natal, en el Panteón de Sevillanos Ilustres. El próximo 22 de diciembre se cumplirá el 150 aniversario de su muerte, y cabe suponer que el poeta y escritor del amor, de las postrimerías, de los monasterios y de las ruinas será recordado como merece su influencia en la poesía española del siglo XX, empezando por la Generación del 27.

EL CEMENTERIO DE «DON JUAN TENORIO»

Los escritores románticos (y sus derivados góticos), sabido es, contemplaron y exaltaron la muerte y sus aledaños con imaginación y frenesí. Y con todo detalle. En Inglaterra, hubo incluso un grupo notable de poetas -prerrománticos, eso sí- denominado Poetas de Cementerio. Don Juan Tenorio (1844), la obra teatral más conocida en España de todos los tiempos -que suele representarse en estos días de difuntos-, tiene a la muerte en su mismo centro. En Sevilla, donde transcurre la acción, y en otros lugares, se ha montado varias veces en cementerios. Y es que los actos I y III (y final) de su segunda parte transcurren en el panteón/cementerio habilitado en la casa de don Diego Tenorio, padre de don Juan, y allí recibirá éste el perdón de doña Inés para, pese a las intenciones del espectro del Comendador, ascender juntos a los cielos, lo cual hoy no gusta nada como destino del infame seductor. José Zorrilla, el autor de Don Juan Tenorio, se reveló, por cierto, como poeta cuando, a los 20 años y de forma oportuna, se presentó en el hoy desaparecido cementerio del Norte, en Madrid, y leyó un poema suyo en homenaje a otro romántico, el periodista y escritor Mariano José de Larra, cuyo féretro era introducido en ese momento en su nicho. «Ese vago clamor que rasga el viento/ es la voz funeral de una campana…», así empieza el laudatorio poema zorrillesco a la «memoria desgraciada» de Larra, que acababa de pegarse un tiro en la sien, desesperado a medias por la situación de España (1837) y por el abandono definitivo de su amante casada, Dolores Armijo. El suicida, por serlo, tuvo severos problemas para ser enterrado en sagrado -la Iglesia no lo admitía- y, en todo caso, su cadáver itineró por cementerios hasta que fue alojado en la Sacramental de San Justo en 1902. Mira por donde, Zorrilla le esperaba en ese cementerio desde que murió en 1893.

PANTEONES DE HOMBRES ILUSTRES

Ya que estamos, las celebridades de nuestra cultura están dispersas, en lo que a Madrid se refiere, en diversos cementerios. La Sacramental de San Justo reúne a muchos ilustres de las artes y las letras, y eso en parte se debe a que, en 1902, la Asociación de Escritores y Artistas construyó en él un panteón con esa intención congregadora. Pero no hay en Madrid un camposanto de rotunda intención o/y resultado digamos que de proyección cultural al estilo del Père Lachaise y del Panteón de París, intensamente promocionados en las guías turísticas y sobradamente sugeridos a los necroturistas culturales y fotográficos. Ahora, dicho sea de paso, se está discutiendo en Francia una iniciativa de su ministra de Cultura para que los poetas Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, que fueron amantes y llevaron (para entendernos) una vida disoluta, puedan ingresar al fin y juntos en el formidable y neoclásico Panteón parisino. El neobizantino Panteón de Hombres Ilustres de Madrid, situado en las proximidades de la estación de Atocha -y que merece ser visitado-, fue concebido para albergar en exclusiva los despojos -y hay muchos- de eximios políticos, esos personajes que, según el sentir corriente, ambicionan en España su propia gloria y hacen poco por la gloria de los artistas.

LOS FAMOSOS Y EL NECROTURISMO CULTURAL

El necroturismo cultural -forma vagamente ilustrada del muy vigente necroturismo a secas- goza de gran predicamento actualmente. El personal no sólo acude a los cementerios más o menos anónimos y municipales, como en estos días, para visitar a sus deudos, sino que en sus excursiones más escogidas gusta de conocer -amén de museos y mercados- los cementerios más famosos, sean famosos por sus bellezas arquitectónicas, esculturales y urbanísticas o por la fama de sus huéspedes. Al fin y al cabo, en esos jardines funerarios que son los cementerios se puede pasear muy bien, se respira mucha paz -dice la gente- y, en fin y sencillamente, se respira muy bien entre tanta hierba, flores y árboles. Mejor será, claro, que no corra por ellos un viento huracanado como el que azota el cementerio de Volver (2006), de Pedro Almodóvar, cuando, en su primera y antológica escena, las mujeres limpian y ornamentan tumbas mientras suena Las espigadoras, canción cumbre de la zarzuela La rosa del azafrán, del maestro Jacinto Guerrero. Los interesados, que son legión, han de saber que ediciones Luciérnaga publicó en 2018 La vuelta al mundo en 80 cementerios, de Fernando Gómez. Con un mayor pedigrí literario -y con fotos de su esposa, Simone Sassen-, el novelista holandés Cees Nooteboom publicó en 2006 Tumbas de poetas y pensadores (Siruela), fruto de sus visitas por el ancho mundo a las ídems de algunos de los más fascinantes y enjundiosos escritores de la historia, un botín para los más exquisitos lectores viajeros, necrófilos, mitómanos, fetichistas y coleccionistas de epitafios, pieza literaria muy codiciada por los rastreadores de ingenio.

«LOS SERES QUERIDOS», DE EVELYN WAUGH

Obviamente, se podría escribir toda una enciclopedia sobre la presencia y el papel de los cementerios y las tumbas en la poesía, la novela, la música, el teatro, la pintura, la escultura y la arquitectura de nuestro país. Pero no aquí. Parece aceptado que en España tenemos una atracción por la muerte sólo comparable, en esquema bipolar, con nuestra alborotada disposición al disfrute de la vida. Al fin y al cabo, y aunque esto no pueda formularse con total claridad, a la enorme pena que se experimenta al visitar la postrera mansión de nuestros seres queridos, se une subrepticiamente la gozosa sensación del visitante de estar vivo. Esta pincelada de humor negro -si es que lo es-, me recuerda la descacharrante novela Los seres queridos (1948), de Evelyn Waugh -hay una olvidable adaptación cinematográfica de Tony Richardson de 1965-, en la que el novelista inglés vio venir la actual industria y comercio creados hoy, con creciente sofisticación, en torno a los ritos funerarios y a los agradables cementerios destinados a disimular el trago de la muerte e incentivar el consumo mortuorio. Las casas postreras de los muertos -incluso de ciertos animales de compañía- se van pareciendo a las más lujosas urbanizaciones de esmerado césped y arbolado y bullicioso centro social.

TUMBAS CON VISTAS AL MAR

A propósito de la pasión española por la muerte, recordemos que la mejor -según enésimas votaciones- y más famosa canción española de los últimos cincuenta años contempla con atención la dichosa muerte en su hedonista letra y en su alegre melodía. Me refiero, claro, a Mediterráneo (1971), de Joan Manuel Serrat. Canción vitalista donde las haya, el cantante y poeta no tiene inconveniente en decir: «Si un día para mi mal/ viene a buscarme la parca,/ empujad al mar mi barca…». Y luego, aceptada gentilmente la muerte, da instrucciones: «Y a mí enterradme sin duelo/ entre la playa y el cielo,/ en la ladera de un monte/ más alto que el horizonte,/ quiero tener buena vista…». Amigo, no pide nada, eso es lo que queremos todos los vivos, tener buenas vistas en nuestras casas y hoteles de vacaciones y en nuestra morada definitiva. Frente al mar. En España, con tanta costa, hay muy bonitos cementerios marinos. Sin embargo, fue un poeta francés quien hizo el más reputado poema del siglo XX dedicado a un cementerio marino. Fue Paul Valéry, el poeta puro por excelencia, quien escribió en 1920 El cementerio marino, inspirándose en el cementerio de Sète, cerca de Montpellier, que tanto le gustaba y donde, según su deseo, descansan sus restos. Se da la circunstancia de que el poeta vallisoletano Jorge Guillén, el más puro de nuestros poetas del 27, tradujo en su día El cementerio marino y se quedó prendado (y celoso) del cementerio de Sète. Después de volver del exilio, vivió algún tiempo en Málaga y consideró, con buen ojo, que el cementerio inglés y anglicano de esa ciudad, construido con hechuras de jardín botánico en una ladera y con vistas al mar, no tenía mucho que envidiar al valeriano de Sète y en él está enterrado, según su voluntad, desde su muerte en 1984. Valéry, que casi al final de sus versos grita «¡tratemos de vivir!», encabeza su largo poema con esta un tanto ambivalente cita de Píndaro: «Alma mía, no aspires a la vida inmortal, / pero agota el campo de lo posible». Vale.


Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

AE opinaVida y ópera de Alejandro de Aguado
TribunaOrtega español, europeo y americano
LiteraturaJuan Bonilla, riesgo y desplante

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *