Quique San Francisco: Adiós, querido Gordo

tanto cuidarse, tanto cuidarse… y al final, ¿para qué? La broma se la acabo de escuchar a <strong>Arturo Valls</strong> y, a su manera, define con…

tanto cuidarse, tanto cuidarse… y al final, ¿para qué? La broma se la acabo de escuchar a Arturo Valls y, a su manera, define con bastante precisión a Quique y su sentido del humor. Recuerdo que durante el rodaje de 4 latas, todos les llamábamos Gordo. No había manera de acostumbrarse. Alguien le gritaba ¡Gordo! y todo el mundo se volvía. Todos, menos él. Y claro, eso hacía que renunciara antes a su nombre de pila que a su apodo.

Escribo estas líneas en calidad del último director que trabajó con él en 4 latas. Y lo realmente curioso es que un día como hoy de hace exactamente dos años fue el estreno de la película. No me queda claro si este tipo de casualidades obedecen a algo o son sólo eso, caprichos del destino para que, como cuando le llamábamos Gordo, todos nos volvamos. La noticia de su muerte me coge completamente desprevenido. A fuerza de autocastigarse, de anunciar de tantos modos su propia muerte, Quique había conseguido lucir una pésima salud de hierro. Todo el mundo se sentía capacitado para desahuciarle y, cuando eso ocurría, él se pedía dos cervezas.

Cuando escribí el guión de 4 latas, sólo tenía claro que el papel de Joseba tenía que ser de él. En la película, él es un poco el coronel Kurtz, la referencia casi mítica de todos los que se aventuran a cruzar el desierto con la intención declarada de atravesar el límite de sí mismos. El desierto no existe nada más que para comprobar quién le puede. El desierto que cuenta no es el que está en los mapas, sino que el que todos llevamos dentro. Quique hizo siempre lo que le dio la gana. Y lo hizo con todas las consecuencias. Se comió el mundo sin pedir permiso a nadie. Y eso, en un tiempo timorato de tanto cálculo, es ante todo una lección. No me atrevo de decir una lección moral, pero sí una lección de vida.

Todo el mundo le quería. Sus últimos años fueron duros. Pero él siempre decía que se conformaba con sus libros y su música para tirar adelante. Y si la cosa se complicaba echaba mano de sus amigos. Maribel Verdú y Carlos Larrañaga tenían una habitación en su casa para él. Y como ellos, todos los que tuvimos la suerte de conocerle. Adiós, querido gordo.


Conforme a los criterios deThe Trust Project

Saber más

A través del espejoMirar de lejos el Olimpo
¡Quia!La representación del odio
A fondoGarci en su territorio

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *