Rafael Narbona: «El hedonismo exacerbado acaba desembocando siempre en hastío»

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Cuando el hombre contempla la naturaleza, puede sentirse sobrecogido ante el temblor de las estrellas o entretenerse en el rumor de los árboles al paso del viento. Ocurre lo mismo si lee un libro o escucha una pieza de música que le conmuevan hasta las lágrimas. Sea o no con un fondo de fe, la intuición de que hay algo superior a nosotros, más perfecto, responsable del origen del mundo y arquitecto de su belleza, nos recuerda la fragilidad de la vida, donde el misterio nos acompaña desde el día que nacemos. Con la ciencia, la religión o la política, pero también con el arte o el amor, el ser humano abre caminos para enfrentarse a esa incertidumbre, que le sigue como una sombra. Solo buscando respuestas, la existencia revela su sentido.

En «Peregrinos del absoluto. La experiencia mística» (Taugenit, 2020), Rafael Narbona (Madrid, 1963) propone un recorrido por las vidas de doce escritores y filósofos que se afanaron en encontrar a Dios o la Nada de manera radical. Dividido en doce capítulos, el libro abre las puertas para que los propios lectores aprendan a mirar más allá, tomados de la mano de la prosa del autor. Por sus páginas, se suceden los nombres de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila o Blaise Pascal, imbuidos de fe cristiana, pero también de Emil Cioran, que emprendió su propia búsqueda desde la heterodoxia.

Colaborador de «Alfa y Omega», crítico cultural y autor de libros como «Miedo de ser dos» (2014), Narbona recibió a ABC en su casa de las afueras de Madrid. Sus perritos, que saludaron con saltos y ladridos a la visita, alegraron la tarde de este otoño que la pandemia ha vuelto triste. Acompañados por juguetes de los años 60 y entre vinilos de los Beatles, la charla transcurrió al calor de las fototografías del otro Rafael Narbona (Córdoba, 1911 – Madrid, 1972), el padre del entrevistado, que también fue escritor y firmó Terceras y artículos en este periódico.

Como no podía ser de otra manera, la conversación empezó con una pregunta imprescindible, es decir, intentando definir qué es la mística, un concepto confuso y amplio, pero de enorme interés.

Cada vez más, el mundo es un lugar tomado por la tecnología y la ciencia, donde el espacio para las religiones parece haber menguado, al menos en Occidente. También se propaga cierto escepticismo. ¿Qué papel puede desempeñar la mística en un escenario de este tipo? ¿En qué consiste exactamente? Me gustaría que explicara por qué no solo está vinculada a la religión.

André Malraux hizo una declaración muy famosa: «El siglo XXI será religioso o no será». Con la aparición de la pandemia, nos hemos enfrentado a temas que intentamos eludir, como la enfermedad y la muerte. Vivimos en sociedades artificiales donde se intentan dejar de lado, pero ahora nos hemos visto confrontados con ellas. La muerte es un límite para el ser humano, al que produce una angustia que no existe en ningún animal. Sabemos que vamos a morir y somos conscientes de que somos finitos. En último término, si pensamos la vida en perspectiva evolutiva, el universo avanza hacia el colapso gravitatorio. Dentro de unos siglos, parece que ni siquiera podrán realizarse las observaciones astronómicas que se están llevando a cabo ahora. ¿Quién no se estremece al pensar que no va a quedar absolutamente nada? Porque no solo va a desaparecer nuestra existencia y la de nuestros seres queridos, sino que también se perderán Bach, Beethoven, la Capilla Sixtina o Galdós.

Inevitablemente, el ser humano tiene sed de trascendencia. Es un animal metafísico. Más que placer o poder, necesita encontrar un sentido a la vida. La religión aporta una perspectiva trascendente. Dios es uno de los grandes temas de la filosofía y la literatura y creo que eso no va a cambiar. Como el horizonte del ser humano es la finitud, esa perspectiva siempre hará que se pregunte: ¿Hay algo más allá de la vida? ¿Existe el infinito? ¿Dios es algo más que una superstición o es el nombre que hemos dado a algo que apenas sabemos explicar, que apenas comprendemos?

El término mística tiene su propia historia. Como sustantivo, no se empezó a utilizar hasta los siglos XV y XVI. Desde un punto de vista convencional, es el contacto directo con lo sobrenatural. Es el éxtasis místico de Santa Teresa o la experiencia de Simone Weil en Asís, donde siente que Cristo se le ha aparecido. Pero creo que se puede abordar desde un punto de vista distinto, como cualquier forma de comunicación con lo absoluto: la Belleza, el Bien, la Amistad o el Amor. Para Cioran, era la Nada. Por eso, nos permite dar trascendencia y sentido a la vida o incluso negárselo, como ocurre en el caso del filósofo rumano. Creo que sigue siendo algo necesario. A fin de cuentas, las religiones tradicionales están en crisis, pero no las orientales, muy de moda en Estados Unidos y Europa. El ser humano sigue buscando la comunicación con el Ser. Creo que la religión no desaparecerá nunca.

Ha señalado que la Segunda Guerra Mundial, con el Holocausto y la manifestación de un horror extremo, le parece un punto de inflexión para las religiones, con el surgimiento de nuevas posturas para afrontar la vida.

Es cierto. Hasta la Segunda Guerra Mundial, los europeos eran creyentes. El ateísmo era una postura muy rara, ligada a los intelectuales o a ideologías políticas radicales, como el comunismo o el anarquismo. Después de Hiroshima, Nagasaki o Auschwitz, hablar de un Dios todopoderoso, bueno y providencial, parecía una burla a las víctimas. Como explicó Max Weber, se produjo el desencantamiento del mundo: la desaparición de lo trascendente, lo religioso, lo mágico y lo sobrenatural. No se avanzó hacia una perspectiva ilustrada de la negación de Dios en beneficio de la ciencia, sino hacia posturas nihilistas, que no eran solo estéticas. De repente, el ser humano se encontraba perdido, desorientado e inmerso en un proceso de anomia donde ya no había valores ni normas. En ese contexto, surgieron obras como «El Extranjero», de Albert Camus, donde el protagonista mata a un argelino sin ningún motivo. Después de 1945, el europeo era un hombre vacío, hueco, que ni siquiera es capaz de responder sobre por qué hace las cosas, pues ha perdido la noción de valor y sentido.

Después de 1945, una de las respuestas que pareció encontrar el hombre fue el hedonismo. En su libro, llama la atención que varios autores anteriores de los que habla, como Pascal y Merton, se entregaron primero a una vida de placeres, que luego abandonaron para abrazar la mística, pues experimentaban vacío.

En efecto, fue el caso de Merton y Pascal. En realidad, Pascal simplemente vivió una vida cortesana. Era un hombre elegante, refinado, culto y con un gran sentido del humor. Tuvo mucho éxito en los salones, pero esa experiencia le provocó hastío, tristeza y apatía, y acabó rompiendo con ella. Sin embargo, Merton tuvo una existencia más desordenada. Sus padres eran creyentes, pero no le habían educado de una manera estricta, sino que le habían dejado elegir. Primero, perdió a su madre. Le impresionó mucho, como cuenta en «La Montaña de los Siete Círculos». Después, a su padre. En la universidad, empezó una carrera desenfrenada de promiscuidad, drogas y todo tipo de excesos. El hedonismo exacerbado acaba desembocando siempre en el hastío. Casi todo el que ha pasado por esas aguas acaba experimentando un sentimiento de desencanto. El hombre necesita algo más. Por mucho placer que obtengamos, por muchos bienes que acumulemos, siempre nos sentiremos incompletos. Nos falta algo. Parece que la vida se queda coja. Por eso, Pascal y Merton acabaron abrazando la fe. No llegaron a tener experiencias místicas, al menos no en el sentido clásico de la palabra, pero sí encontraron en la figura de Cristo un absoluto que llenó su vida de trascendencia y les produjo la felicidad que no habían conocido antes.

Ha mencionado antes a Cioran, con el que se muestra especialmente duro en el libro. Por ejemplo, recuerda su apología del suicidio, aunque en realidad era un hipocondríaco.

Cioran es una de mis pasiones adolescentes. De joven, le leí con mucho fervor. Es verdad que no le trato muy bien, aunque reconozco que es un prosista excepcional, uno de los mejores escritores en lengua francesa, al que han llegado a comparar con Paul Valéry. Cioran era hijo de un pope ortodoxo. En sus libros, hablaba continuamente de Dios, sobre todo para injuriarle y hacer bromas bastante truculentas. Hablaba de la Nada como si fuera un absoluto. El éxtasis era dejar de existir. Decía que la dicha solo la conocían las piedras o las plantas. Lo descubrió al final de su vida, porque murió de alzheimer a los 84 años. Decía que experimentaba ebriedad cuando estaba a punto de quitarse la vida, porque tenía la sensación de que iba a abolir el universo y borrarlo todo. Eso le producía entusiasmo. Cioran escribía como un místico, con mucha tensión dramática, énfasis y lirismo.

Otro grupo de místicos son los que se acercan a ese tipo de experiencia de manera repentina, cuando venían de ambientes o ideologías que, en principio, les alejaban de esa inquietud. Son los casos de Simone Weil o Manuel García Morente, por ejemplo.

García Morente había sido decano de la Universidad Central de Madrid, discípulo de Ortega y el primer traductor de Kant al castellano. Era un republicano conservador. Cuando estalló la Guerra Civil, a su yerno, que era un chico joven, lo asesinaron en Toledo. Su único delito era ser hijo de ingeniero y muy religioso, pues pertenecía a una cofradía. Aquello le impactó terriblemente. Luego, le dijeron que iban a por él, y se tuvo que esconder en Madrid. Gracias a las gestiones de Julián Besteiro, logró huir a París. Separado de su familia, estuvo pensando en el suicidio. Se sentía muy desanimado, porque había creído en la República, y todo lo que estaba sucediendo le parecía espeluznante. En una ocasión, escuchando a Berlioz, sintió tenía a Cristo a sus espaldas. Lo cuenta en un librito que inicialmente fue una carta que escribió a un religioso, y que luego se publicó con el título de «El hecho extraordinario». Como experimentó tanta paz y bienestar, se hizo sacerdote. Después volvió a España, pero apoyando el franquismo e incluso con posturas un poco reaccionarias. Murió pronto.

Manuel García Morente, en una fotografía de 1930 – Archivo ABC

¿Y el caso de Weil?

Simone Weil era judía, hija de una familia de clase media acomodada. Tuvo una educación excelente. Su hermano era un gran matemático. De joven, fundamentalmente fue socialista. Conoció a Trotsky y averiguó lo que estaba pasando en la URSS, lo que le hizo alejarse del comunismo en su versión burocrática y estatal. Como profesora de instituto, la llamaban la Virgen Roja, porque participaba en todo tipo de manifestaciones, daba clases a obreros y cedía parte de su sueldo a familias en paro. Se quedaba con el salario mínimo. Por su parte, los padres protestaban, porque no les gustaba que sus hijos tuvieran una profesora comunista.

En una ocasión, Weil hizo un viaje a Italia con su padre. En Asís, se quedó fascinada con el canto gregoriano. Contó que se le había aparecido Cristo. Esas apariciones no son convencionales, donde se puede tocar, sino experiencias intelectuales y emocionales. Lo que Santa Teresa llamaba ver con los ojos del alma. Después de ese día, Weil se acercó al catolicismo. No se llegó a convertir, porque había cosas de la Iglesia Católica que no le gustaban. Incluso escribó una carta a un sacerdote diciendo que le Iglesia había cometido crímenes y que tenía las manos manchadas de sangre. Cuando leía los documentos del Concilio de Trento, decía que le parecían abominables. Sin embargo, leyendo el Evangelio, en una liturgia o escuchando canto gregoriano, sentía una emoción muy distinta. Sus últimos libros giraron alrededor del tema de la fe. A mí me gusta mucho uno que se publicó póstumamente, con varios textos agrupados, y que se llama «A la espera de Dios». El prólogo es del padre Pérrain, que fue amigo suyo.

Al final de su vida, Weil se marchó de Francia, huyendo de la persecución contra los judíos. Se instaló en Estados Unidos con sus padres, pero pensó que tenía la obligación de volver y se fue a Londres, donde se unió a la Resistencia. Quería que la arrojaran en paracaídas para luchar contra los nazis, alegando que había estado en la Guerra Civil española. Es cierto que había participado y formado parte de la columna Durruti, pero no aprendió ni a disparar. De hecho, metió la pierna en una perola gigantesca donde estaban haciendo comida y se abrasó, pero tuvo tiempo de ver cómo fusilaban a un chico de dieciséis años porque era falangista. Eso le causó una conmoción. Por cierto, se encontró con Bernanos, que había sido testigo de la represión franquista en Mallorca. Weil le dijo a Bernanos que en el otro bando estaba pasando lo mismo.

Lo cierto es que De Gaulle se quitó a Weil de encima, porque pensaba que estaba loca, y le dieron un puesto en las oficina. Ella se impuso una serie de privaciones, como dormir en el suelo o comer las mismas raciones que las zonas de Francia donde se estaba pasando por cuadros de necesidad más agudos. De hecho, los médicos consideraron que su muerte, que se produjo con 34 años, fue un suicidio. Para algunos, Weil fue un personaje patológico. Para otros, roza la santidad. Curiosamente, su fama, que fue póstuma, le llegó a través de Albert Camus, que empezó a publicar sus textos y destacar su importancia. En cualquier caso, Weil es un personaje de una gran fibra ética.

Simone Weil, en una fotografía tomada en Marsella en 1942 – Archivo ABC

España es una tierra de místicos, con San Juan de la Cruz o Santa Teresa. En algunos de sus libros, ha explicado que el paisaje de Castilla puede estar relacionado con esta vocación. ¿Por qué?

La mística es un fenómeno de Castilla gracias a ese espacio vacío que recuerda al desierto, donde también encuentran a Dios muchos poetas. El paisaje extremo, árido y con grandes horizontes, donde se nota la inmensidad de la naturaleza y la soledad del universo, parece propicio para esas reflexiones. De hecho, Santa Teresa llegó hasta Sevilla, pero nunca se sintió cómoda fuera de Castilla, donde hizo la mayor parte de sus fundaciones.

Santa Teresa era una mujer fascinante. Es una de las grandes escritoras de nuestro idioma, uno de los grandes clásicos. Sus libros tienen un gran valor literario. El personaje, también. Como mujer del siglo XVI, tuvo que luchar contra muchos prejuicios. Por lo que se sabe, era activa, alta, guapa y con mucho carisma, lo que llevó a cabo una reforma de una magnitud inesperada. Al principio, no quería ser monja. Durante veinte años, estuvo en un convento de la Encarnación, mostrando una espiritualidad muy pobre. Apenas escribió y estuvo muy enferma. Casi con cuarenta años, experimentó los primeros éxtasis religiosos. Fue entonces cuando decidió reformar el Carmelo. Después de leerla, cuesta trabajo pensar que Dios se le apareciera, pero da la impresión de ser una mujer sincera, no una impostora. En muchas ocasiones, aclaró que no había visto a Dios con los ojos físicos, sino con los del alma. Dijo que tenía visiones interiores, no apariciones semejantes a la de una persona. Como decía Unamuno, Alemania tiene la «Crítica de la razón pura»; nosotros, a Santa Teresa de Jesús.

La mística de San Juan de la Cruz es de un tipo muy distinto. Se ha especulado con que San Juan descendía de judíos, aunque probablemente fuera de moriscos. De niño, pasó hambre y vivió en una pobreza extrema. Dicen que eso le ayudó a adaptarse a la vida ascética. Sus experiencias místicas tienen un carácter más abstracto. No habla tanto de Dios, de Jesús, como algo cercano, sino que roza un poco la nada, el vacío y el desierto. Su poesía, que es de una belleza enorme, es menos descriptiva que la de Santa Teresa. Es un tipo de misticismo de carácter más intelectual. Hay que gente que prefiere a Santa Teresa y gente que prefiere a San Juan. Ambos fueron muy amigos. Les separaban 25 años. Hay una anécdota: dicen que Santa Teresa era alta, pero San Juan muy menudito, por la desnutrición que había sufrido de niño. Cuando iban juntos, ella decía: «Aquí viene una monja y medio fraile». Además, San Juan tuvo más problemas que Santa Teresa porque le secuestraron los carmelitas calzados, que se oponían a su reforma, y le hicieron preso. No le dejaban cambiarse de ropa, le golpeaban, le alimentaban mal. Ocupaba una habitación que había sido una antigua letrina. Antes de fugarse, y en esas condiciones tan penosas, empezó a escribir el «Cántico espiritual».

¿Qué autores decidió dejar fuera y cuál fue el motivo?

Quise elegir doce, porque el doce es un número que tiene una gran resonancia espiritual: las doce puertas de la Jerusalén celeste de William Blake, los doce Apóstoles y las doce tribus de Israel. Bloy, al que llamaban el loco de Dios, y que se definía a sí mismo como el peregrino del absoluto, fue el que me dio el título del libro. Sin embargo, como tenía aspectos un poco antipáticos, como su gran antisemitismo, le excluí. Sí incluía a Etty Hillesum, autora de un diario que pudo haberse perdido, y que vio la luz cuarenta años después, donde hablaba sobre cómo se había ido aproximando a Dios. Era una mujer muy independiente, que mantenía una relación con un hombre casado y estuvo a punto de abortar. No se trataba de una mujer piadosa, sino libre, independiente y fuerte. En los momentos más oscuros, una de sus frases me ha ayudado mucho: «Aunque mañana esté en Auschwitz y mi cuerpo se pudra al sol, sigo pensando que la vida merece la pena, confío en el hombre y creo en Dios». Su diario es uno de los grandes documentos del siglo XX.

Con el libro, había dos objetivos. El primero, que fuera asequible para los que no conocen nada del tema. El segundo, que los que sí lo conocen lo consideraran una obra rigurosa y con profundidad.

Etty Hillesum, leyendo un libro – ABC

En cierta manera, ¿se podría decir que todos los escritores, o el propio acto de escribir, tiene algo de místico? ¿O no se puede llegar tan lejos?

Depende. Hay autores que solo quieren entretener. A Arthur Conan Doyle le interesaba el ocultismo, pero no era un místico. Baroja tampoco sería un místico, sino que combina un pesimismo absoluto y una visión bastante prosaica de la realidad. La obra de Verne o Stevenson, que son dos autores admirables, tampoco tiene ese componente. Sí la de Dostoyevski o Tolstói. George Steiner decía que las grandes obras de la literatura siempre tocan el tema de Dios. Creía que el grado de excelencia de una obra se mide por sus referencias a lo sobrenatural. Steiner no era creyente, pero sí pensaba que ese tema era uno de los grandes.

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