Rafael Riqueni, una vida entre las cuerdas

Rafael Riqueni durante un concierto – J.M. Serrano

Música

Rafael Riqueni, una vida entre las cuerdas

Repasamos lo mejor de la discografía del guitarrista sevillano, quien publica nuevo álbum mañana 23 de abril, en una lista de Spotify

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Echó diapasón antes que dientes. Lanzó su adolescencia al río. Creció envuelto en pentagramas para terminar haciendo, como decía Hitchcock, pedazos de pastel, y no de vida. Esa es la reflexión principal que presenta la discografía de Rafael Riqueni, sin excepciones: todo parece irreal, compuesto en el terreno de lo divino. Así sus recuerdos, sus vivencias, quedan idealizadas de la mejor forma al filtrarse por su particular concepción de la guitarra. Coloca la música por delante, inventando los acordes que sean pertinentes para llegar a sus ideas. La técnica, por tanto, no vale nada. Todo es originalidad y creación. Paraíso de evocaciones. Sutilezas que emulan con extrañeza el sonido de un árbol, una flor o una herida, esas que de cuando en cuando se lame para extraer el néctar de sus cuerdas, curándose el alma cada vez que las golpea. La tranquilidad que le faltó en su vida personal la halló acariciando mástiles, encerrado en una caverna con voz de madera y cuerpo de sonanta. Su edén. Su salvación. La de todos los que amamos lo que hace.

Nació en la calle Fabié, en el barrio de Triana. Y ante su bello rincón, casi de humo o de niebla, fragmentado siempre en la memoria, se confesó por soleá en el disco ‘Alcázar de cristal’ (1996). Comenzar por ahí, sin embargo, sería un error. Dos década antes, declarado ya niño prodigio, arrancó su andadura primero calcando las falsetas del Niño Ricardo, haciendo las suyas propias después y acompañando a algunas figuras del cante y de la copla, como Isabel Pantoja. La ‘Iberia’ de Albéniz modificó sus parámetros y le sirvió de puerta de entrada a un mundo de encuentros: el flamenco con la música clásica, verdadera singularidad de su paraíso. Y así se sumó, con naturalidad y desde lo jondo, al llamado nacionalismo musical que desarrollaron compositores como Joaquín Turina, Manuel de Falla y Enrique Granados.

Ha nacido un guitarrista diferente

De su primer álbum, ‘Juego de niños’ (1986), producido por Ricardo Pachón, destaca la materialización de unas credenciales que se postularon como únicas. La imposición de un sello. Un prisma nuevo. Su mirada. La viveza contagiosa del corte que da título al disco y el fandango que le dedica al Niño Miguel, una de las piezas más memorables de toda su obra que se inicia con las órdenes en tonos mayores antes de resolver la cadencia andaluza, despertaron el interés por aquel joven de pecho efervescente.

No tardó en llegar ‘Flamenco’ (1987), su instrumento al desnudo. Y de este trabajo seleccionamos, por guiar al lector que camina por aquí como un curioso, la contundencia de la minera ‘Villa Rosa’ y la rondeña con la que rinde tributo a su madre. No estamos ante un guitarrista rítmico; no es esa su mayor virtud, sino de carácter sorpresivo. Sus manos se pasean por los bordones y la continuación siempre es incierta. El trémolo se detiene y bosteza, acelera, sube y baja, se mueve como las batutas de un director de orquesta que improvisa desde la extrema belleza. Nada es casual. Nada es evidente. Todo se agita, se bambolea y presume donde nadie lo hubiera hecho. Esa es su máxima. La cejilla a menudo al aire y a deshojar la piel de los trastes como si ocultaran secretos remotos que solo él puede obligar a confesar.

La delicadeza de ‘Mi tiempo’ (1990), donde lo clásico gana algo de terreno, sobrecoge al mancharlo todo de gracia. El garrotín ‘De la vera’ suena a palio con un solo dedo. ‘Y enamorarse’, unas alegrías sobrecargadas de romanticismo que se revelan al son de la cuerda frotada, a fuente encharcada, a glorieta, a destino. Encuentra ahí una suerte de composición becqueriana. Una espiral salobre que no se asemeja a la bahía gaditana, donde se regocija habitualmente este palo, pues es, como decía anteriormente, el retrato de un espacio ficticio. Lo ideal. Lo onírico.

Flamenco y clásico

En ‘Suite Sevilla’ (1993), la cual ha adaptado ahora en una versión para orquesta, Rafael Riqueni se alió con José María Gallardo para atrapar de otro modo lo que antes pensó Albéniz en su tan recurrente ‘Iberia’, periplo musical por diversos recodos de la geografía española. Juan José Amador es quien surte al albero de grietas al grito de «Canta, canta, Turina» en el primero de los cortes.

El álbum ‘Maestros’ (1994), donde homenajeó a Niño Ricardo, Sabicas y Esteban de Sanlúcar, no está en Spotify. Aún así, cabe mencionar que fue producido por Enrique Morente y que en él se nos descubre lo que más tarde se convirtió en una tónica común en su repertorio: tocar marchas compuestas para la Semana Santa. Hizo suyas las ‘Amarguras’ de Font de Anta antes de ofrecer al público una de sus obras cumbres, ‘Alcázar de cristal’, participó en ‘Riverdance: music from the show’, de Bill Wheelan, y acabó sufrien la condena a un vasto olvido. La retirada. Su salud miró por los precipicios, conoció el eco de una prisión por dentro y nos dejó por un tiempo, demasiado, quizá, huérfanos de algo.

El regreso

En el 2011, regresó a los escenarios y a los estudios con enjundia. Lleno de nervios e ideas. A horcajadas de un caballo que de nuevo rezuma y grita. ‘Parque de María Luisa’, la manifestación clásica y solemne de su vuelta, nos tiende la mano a la hora de mostrar los jardines a los que su padre le llevó de pequeño. El Estanque de los Lotos, el Monte Gurugú, que cobra lengua de tango en la cascada, la Isleta de los patos, el tamiz urdido a base de trinos, gorjeos y parpeos que colorean las escenas, el Costurero de la Reina… Todo se recoge en sus anhelos. Y desemboca, ya desde el universo flamenco, en su siguiente entrega: ‘Herencia’.

Con esta obra maestra que saldrá al mercado el próximo 23 de abril, renueva la confianza con sus seguidores; escasos, si entendemos que estamos ante uno de los guitarristas de mayor altura de la historia. ‘Herencia’, en la que con humildad recuerda a sus coetáneos (Tomatito, Manolo Sanlúcar, Paco de Lucía, Pepe Habichuela y el bailaor Mario Maya, entre otros) debía haberse publicado hace algo más de un año, pero la pandemia retrasó sus planes. Su discografía, al fin, ensanchará mañana, haciéndonos partícipes del juego de niños grandes que supone campar por los tuétanos de su taranta, tan oscura, tan austera, y los de una soleá de frontón catedralicio. La bulería, tan infrecuente entre sus yemas, lleva palmas superlativas. Sus alegrías son las de todos, como la farruca y la granaína, donde llora de madurez. Así es la nueva bandera de Rafael Riqueni, cima de un genio. Después de veinticuatro años, la edad de quien escribe, ha vuelto a componer un ramillete de piezas inéditas y flamencas. Lo hace con su toque preciosista, la frente arqueada del que ha quemado ya varias vidas y la vitalidad del que goza de un momento de lucidez. Lo irreal ha vuelto a suceder. Y está encerrado entre sus novedades.

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