Ramón Andrés recomienda todo, de György Ligeti a Nietzsche pasando por Béla Tarr… pero ni una sola serie

Pensador, sabio en los dolores del hombre (‘Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente’) y poeta (Los árboles que nos quedan’) acaba de publicar ‘Filosofía…

MÚSICA

Mi profesión, pero también mi modo de vida, me llevan a escuchar mucha música. Sin ella no sé qué habría sido de mí. Tengo una inclinación especial por la música contemporánea, me refiero a la de compositores como György Ligeti y Gérard Grisey, por ejemplo. Lo mismo me sucede con la del pasado: Johannes Ockeghem y Josquin Desprez, músicos franco-flamencos de los siglos XV y XVI que ayudaron a la evolución de la música. Tienen una sonoridad muy aérea, luminosa. Los siento muy interiormente, como a Tomás Luis de Victoria y Johann Sebastian Bach. Sin embargo, escucho también el arte de otras culturas. No me cansaría de oír a Alim Qasimov, como tampoco al armenio Djivan Gasparyan, que toca un instrumento llamado duduk, de sonido muy profundo e hipnótico. Por otra parte, sigo a un grupo de Córcega desde hace muchos años, A Filetta. Este conjunto canta polifonía corsa, un canto primitivo que ellos han ido adaptando al oído actual. Colaboran incluso con intérpretes de jazz, como el trompetista Paolo Fresu. Uno de sus discos, Intantu, es fantástico. Siempre digo que parecen raíces que cantan, sobre todo su fundador, Jean-Claude Aquaviva, que gesticula y canta como si en ese momento clamara a no sabemos qué. A Filetta, en corso, significa «el helecho», porque siempre renace de un mismo bulbo.

György Ligeti.
György Ligeti.

LIBRO

En mi caso, como me sucede con la música, cuando no escribo, leo. Leo muchísimo, por eso mismo no puedo ceñirme a un libro o a un autor, entre otras razones porque casi siempre mi lectura está condicionada por el trabajo. No paro de leer filosofía y ensayo. He de decir, no sin rubor, que apenas leo novelas. Es verdad que me han quedado en el recuerdo El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, y casi todos los títulos de Henry James, William Faulkner y Ferdinand Céline, y algo de Thomas Bernhard, W. G. Sebald y László Krasznahorkai. No olvido nunca la poesía, por ejemplo, Seamus Heaney, Les Murray y Milan Rufus, entre muchos otros, aunque jamás me alejo de los clásicos como Garcilaso, Quevedo, John Donne, y los posteriores Whitman y Rilke, todos ellos muy distintos entre sí, desde luego. Me gusta mucho Trakl. De entre los españoles contemporáneos no quisiera dejar de mencionar a Claudio Rodríguez. En estos días estoy leyendo la Poesía completa de Edward Thomas, un poeta que murió joven, durante la Primera Guerra. Su obra es breve no sólo por esta circunstancia, sino porque empezó a escribir tarde. Me costaría estar sin leer a Michel de Montaigne y a Friedrich Nietzsche. Y he vuelto a acercarme a Larra, extraordinario.

Lawrence Durrell.
Lawrence Durrell.

CINE

La primera vez que me impresionó una película yo era muy joven, casi adolescente, fue El evangelio según san Mateo, de Pier Paolo Passolini. Estaba prohibida en España. También los documentales de Henri Cartier-Bresson me llamaron vivamente. Las películas de Luis García Berlanga,Bienvenido, Míster Marshall y El verdugo me parecen geniales, con un también inconmensurable Pepe Isbert. Echo de menos a actrices como Rafaela Aparicio y Lola Gaos, y me gustaría que hubiera más actores como Sean Penn y Naomi Watts. Admiro a Víctor Erice, su inherente silencio, como el que se percibe en Andrei Tarkovski. No olvido al director Carl Theodor Dreyer, ni tampoco a Abbas Kiarostami. No sé por qué razón me gusta tanto el cine húngaro. Las obras de Miklós Jancsó, La ronda de reconocimiento y Salmo rojo, me parecen esenciales, y debo admitir que siento debilidad por Béla Tarr y sus largometrajes, entre ellos Las armonías de Werckmeister, La condena y El caballo de Turín, una obra esta última a la que dediqué un breve ensayo que aparece en Pensar y no caer. Creaciones como Tren de sombras, En construcción y Guest, todas ellas de José Luis Guerin, siempre me acompañan.

'El evangelio según San Mateo', de Pier Polo Pasolini.
'El evangelio según San Mateo', de Pier Polo Pasolini.

SERIES

Nunca he visto una serie, salvo cuando era adolescente. Recuerdo una producción televisiva italiana sobre Leonardo da Vinci que constaba de cinco o seis capítulos, no recuerdo bien. Había un solo canal de televisión. Tengo la certeza de que hoy, en plena democracia, las cadenas de televisión comerciales no la programarían. Era muy buena. Varios amigos me han comentado el valor de algunas series, pero es una fórmula que no me gusta demasiado. Extender y agrandar el laberinto argumental para mantener en vilo a los espectadores no es algo que me atraiga; como idea más bien me disgusta. Lo digo con respeto. Tampoco tengo tiempo y paciencia quizá menos para estar pendiente de una obra que se dilata en el tiempo. Quizá en todo esto no haya más que ignorancia por mi parte, que bien podría ser o seguramente es. Me asombra, de todos modos, que una familia, o pongamos por caso, una pareja, puedan sujetarse a una historia que está sometida a estudiados y recurrentes recursos psicológicos que aconsejan cuándo debe suceder algo en el argumento, o cuándo insinuarlo, para reclamar la fidelidad del público. Se trata de enganchar a los espectadores, que muchas veces suplen la lectura por estas largas, a veces interminables historias.

Estatua de Leonardo en Turín.
Estatua de Leonardo en Turín.

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