'Rebelión en la granja': la novela de Orwell no es para niños

<h2 class="ue-c-article__subheadline">EL ANTICOMUNISMO DE UN SOCIALISTA</h2>El periodista y escritor británico <strong>George Orwell </strong>(1903-1950), nacido en India, consig

EL ANTICOMUNISMO DE UN SOCIALISTA

El periodista y escritor británico George Orwell (1903-1950), nacido en India, consiguió, por fin, publicar Rebelión en la granja, su quinta novela, el 17 de agosto de 1945 en Serverg & Warburg. Se acaban de cumplir, pues, 75 años de la aparición de un libro que, de inmediato, fue un éxito mundial, al tiempo que concitaba el rechazo de los intelectuales de la izquierda comunista. Durante 18 meses la novela fue rechazada por varios editores de prestigio -incluido el suyo más habitual-, que no aceptaron la vitriólica y detallada crítica satírica del régimen soviético y de Iósif Stalin, sin duda el cerdo Napoleón de la fábula orwelliana. Recordemos -aunque no fuera determinante de ese rechazo- que por entonces la URSS formaba parte, como Gran Bretaña, del bando aliado durante la II Guerra Mundial, que no terminó hasta septiembre de 1945. Faltaban sólo cuatro años para que ese término (lo orwelliano) tomara plena carta de naturaleza con la publicación de 1984, la novela distópica que, en un tono totalmente distinto, contiene algunos apuntes sobre el totalitarismo ya esbozados en Rebelión en la granja. Orwell siempre se definió como partidario del socialismo democrático -y tuvo algunas querencias anarquistas-, pero ya era el blanco -y sigue siéndolo- de los comunistas integristas desde que en 1938 publicara Homenaje a Cataluña. En este libro, Orwell narraba su experiencia durante nuestra guerra civil en Barcelona y, como combatiente, en el frente de Aragón -fue soldado, cabo y teniente, y resultó herido- durante 115 días. Afiliado al trostkista POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) nada más llegar a España e integrado en sus milicias, Orwell denunció severamente en su libro las calumnias vertidas sobre ese partido por los comunistas prosoviéticos, que provocaron su ilegalización y encabezaron el exterminio de sus dirigentes. Lo visto y vivido por Orwell en España fue decisivo para su adscripción al socialismo democrático y para forjarse, como hombre de izquierdas, un compromiso independiente y antitotalitario con la verdad y la libertad.

LOS CERDOS TOMAN EL MANDO

Los animales de la Granja Manor son explotados, maltratados y sacrificados por el muy borracho granjero, el señor Jones, hasta que se revuelven contra él, se hacen con el control de la propiedad y establecen su propio sistema de trabajo, vida y convivencia basado en la libertad y en la igualdad. La nueva Granja Animal fija la condición de camaradas de sus pobladores y resume los obligados principios del Animalismo en Siete Mandamientos, escritos y expuestos a la vista de todos. Los cerdos, liderados por Napoleón, se van haciendo con el mando y el poder, traicionando, mintiendo, modificando los mandamientos y desdiciéndose a su conveniencia de sus anteriores promesas y directrices. Los cerdos adoptan poco a poco el estilo de vida del señor Jones, se convierten en opresores de los demás animales y se constituyen como casta privilegiada y despótica, protegidos por los fieros perros represores y jaleados por los balidos de las gregarias ovejas. Además, sus proyectos de producción y de progreso de la granja fracasan, de modo que los animales viven más esclavizados y peor que nunca. Hasta que un día -estoy resumiendo, claro- los Siete Mandamientos desaparecen de la pared, sustituidos por uno solo. Es la frase feliz, cegadora, terrible y mil veces citada de Rebelión en la granja: «Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros». La fábula está, con su enseñanza, servida; la metáfora queda traducida y clara en su intención política.

EQUÍVOCOS, DISTORSIONES Y LECTURAS

Desde la adolescencia no había vuelto a leer Rebelión en la granja, y su lectura en estos días me ha hecho patentes algunos equívocos y distorsiones que pesan sobre el libro de Orwell. Su acerado significado político anticomunista -y el impacto alcanzado en tal sentido- ha adelgazado y obviado su valor literario, que se manifiesta en al menos dos frentes: lo cuidado de su escritura, que incluye el humor y la ternura en el tratamiento de la psicología de los animales y de su antropomorfización, y, además, lo muy currado y detallado que está, fuera y dentro de lo metafórico, el repaso a los numerosos elementos del totalitarismo soviético. No es una cornada a la evolución del sistema soviético hecha a bulto, con tres o cuatro ingredientes afortunados, sino que está minuciosamente pormenorizada con arreglo a la Historia. Sin ser un roman à clef, una novela alusiva a personajes reales a través de los ficticios, además del cerdo Napoleón/Stalin, ahí está, por ejemplo, el cerdo Snowball, claramente identificable con Trotsky. Sin reducir un ápice su frontal recusación del sovietismo, la novela también alcanza a los totalitarismos de derechas. Y no sólo eso. El tiempo y el devenir político han hecho que Rebelión en la granja aparezca hoy con trazos críticos hacia los nacionalismos y los populismos e, incluso, hacia los partidos y líderes democráticos que, al llegar al poder, incumplen sus promesas, cambian sus principios y se engolfan como élite. Tanto los valores literarios como los políticos de Rebelión en la granja casan mal con la difusa, pero consistente sensación -nunca expresamente proclamada- de que es una novela para jóvenes -con sus ilustraciones y todo-, incluso por su función pedagógica, de modo que, si se lee en la juventud, queda ya amortizada. En absoluto. Una lectura en la madurez permite sacar, en todos los órdenes, mucho más partido del libro.

LA INFANTILIZACIÓN DEL CINE

El cine ha podido contribuir a esta, digamos, «infantilización» de la novela. En 1999, John Stephenson dirigió una versión cinematográfica que utilizó, en parte, las técnicas animatrónicas de Jim Henson, el creador de Los Teleñecos. Es imposible, desde luego, filmar una adaptación de Rebelión en la granja con actores, pero el caso es que, ya en 1954, la inglesa Joy Batchelor y el húngaro John Halas dirigieron una primera versión (británica) en dibujos animados. Estas dos adaptaciones presentan numerosísimas diferencias con el texto de Orwell, especialmente la película de dibujos animados. Con los años se ha sabido que estos cambios no fueron inocentes. La CIA -que financió en Europa y fuera de ella muchos proyectos culturales-, compró, mediante intermediarios, los derechos de la novela a la viuda de Orwell -su segunda esposa, Sonia Brownell-, promovió en plena Guerra Fría la realización de la película de 1954 y, sin que llegaran a enterarse (al parecer) los directores, fue dictando los cambios en el guión para que la carga antisoviética se multiplicara, particularmente en el desenlace de la historia, del que desaparecen los humanos/capitalistas, indiferenciables en el final de Orwell de los cerdos/comunistas. Me sumo, desde luego, a la expectativa de que Wes Anderson tenga a bien adaptar un día al cine Rebelión en la granja con las técnicas, la estética y el tono de su Isla de perros (2018), pero no hay indicios, por el momento, de que tal cosa vaya a suceder.

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