Recuperados 500 cuadros de la colección de Muñoz Ramonet desaparecida

Veintinueve años después de que se perdiera su rastro, la mayor parte de la colección de Julio Muñoz Ramonet, la que legó a la ciudad de Barcelona, ha aparecido. La mayor parte, porque faltan trece de las obras de más valor.

La Guardia Civil ha localizado el repertorio en tres localidades diferentes, en poder de uno de los nietos del singular magnate. En total se han intervenido 583 cuadros, descubiertos por agentes en siete registros de viviendas y locales llevados a cabo en Barcelona, Madrid y Alicante.

La Fundació Muñoz Ramonet, del Ayuntamiento de Barcelona, heredera de los bienes del financiero, perseguía judicialmente la devolución de las obras de arte, y existe una causa abierta por ello en el juzgado de instrucción 29 de Barcelona, que ordenó las entradas y registros después de que la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil llevara a cabo una investigación que permitió conocer los lugares donde estaban.

Las pesquisas de la Guardia Civil se han desarrollado en dos fases. En una primera, en febrero pasado, se dio con 231 obras en dos empresas especializadas en el almacenaje y transporte de arte de la provincia de Madrid, mientras que en marzo concluyó la operación con el descubrimiento de otros 352 cuados, a los que hay que unir algunas esculturas y tapices, en domicilios de Barcelona, Madrid y Alicante. En este momento se están catalogando las piezas.

Además de cuadros de Goya, Fortuny, Casas o retablos góticos, es de resaltar que también se ha encontrado una valiosa colección de miniaturas pictóricas, de la que se había perdido la pista. La última vez que se supo de ellas estaban en una caja fuerte de la vivienda adyacente al palacete donde vivió Muñoz Ramonet, en la calle Avenir, pero testimonios recogidos a lo largo del proceso señalaban que el arca había sido sacada del lugar cuando se conoció el testamento por el cual se efectuaba el legado a la ciudad de Barcelona. Esta es la parte de los bienes que no pertenece a la ciudad, pues según las últimas disposiciones del financiero, las miniaturas deben ser entregadas a la localidad suiza de Chur.

La colección estaba en poder de un nieto del magnate fallecido. Cabe recordar que a la familia ya se le intervinieron dos valiosos cuadros cuando intentaban comercializarlos, La aparición de la Virgen del Pilar, de Goya, y La anunciación, de El Greco. Ambos, tras un largo litigio, fueron adjudicados a la ciudad y están depositados en el MNAC.

Pero no solamente se han encontrado obras de arte, sino también documentación muy valiosa: los inventarios de la colección Muñoz Ramonet, que permitirán conocer el alcance y valor del repertorio que heredó Barcelona.

Fuentes conocedoras del asunto señalaron que algunas de las piezas han aparecido con graves desperfectos y otras con daños por su mala conservación. Algunas estaban en domicilios, otros en locales sin condiciones para su mantenimiento y una parte en almacenes especiales para guardar cuadros.

Sin embargo, cabe destacar que el Consistorio sabe que en el repertorio tenían que estar trece obras de gran valor, y estas no han sido encontradas en los registros. Para hacerse una idea, en su día el juzgado que lleva el litigio civil ordenó un peritaje de la colección Muñoz Ramonet atendiendo a lo que se sabía de ella, y la estimación fue de tres millones de euros. Una sola de estas piezas que no se han podido localizar, un retablo, puede alcanzar los catorce millones de euros. Fuentes del caso indicaron que estos hallazgos pueden dar un vuelco a estos cálculos.

UNA BIOGRAFÍA DE PELÍCULA

Julio Muñoz Ramonet fue uno de los personajes centrales de la Barcelona de la postguerra, que se enriqueció hasta extremos inimaginables en aquel momento con sus negocios al límite y que tuvo tanto poder que en la ciudad se decía: “En el cielo, Dios, y en la tierra, los Muñoz”. Acabó muriendo en Suiza, evitando ser detenido por las autoridades españolas por las quiebras de sus empresas y sus peripecias en el mundo de las inversiones.

Al fallecer en 1991 redactó un testamento en el que dejaba a una fundación del Ayuntamiento de Barcelona el palacete donde vivió en la calle Muntaner; el edificio que estaba detrás de él, en la calle Avenir, y lo que tenía que haber en los inmuebles, que era una valiosa colección de arte. Pero la familia no dio cuenta del legado, y el Consistorio no supo de él hasta que el exsecretario personal del finado, Guido Hugelshofel, le informó de ello en 1994. Para entonces, la mayoría de cuadros ya no estaban en las viviendas. Desde entonces, y aún siguen, los descendientes están litigando, aunque por el momento han perdido todos los pleitos por las propiedades.

La biografía de Julio Muñoz Ramonet empieza en Barcelona el 18 de febrero de 1912 y acaba en Suiza, en la localidad de Chur, el 9 de mayo de 1991. Su óbito se conoció por la publicación de una enorme esquela en La Vanguardia.

Sus padres eran Serafín Muñoz y Florinda Ramonet. Florinda era de Martinet de la Cerdanya y sobrina del propietario de los almacenes El Barato, Salvador Sindreu. Se vino a Barcelona para trabajar allí. Serafín era un emigrante del pueblo granadino de Jerez del Marquesado que era empleado de este comercio. El matrimonio tuvo dos hijos además de Julio. Álvaro, el mayor, que participó con el protagonista de esta historia en los negocios desde 1935 a 1952, aunque luego sus caminos se separaron. Acabó siendo el propietario del Ritz. La leyenda cuenta que lo compraron porque un día llamaron y no había habitación, así que decidieron adquirirlo. El hotel también fue objeto de un largo pleito de la familia de Álvaro, y que conllevó finalmente que ahora, en el mismo solar, haya dos establecimientos hoteleros.

La menor, Mercedes, fue concejal del PP en el Ayuntamiento de Barcelona en 1985. De joven, Julio también entró en El Barato y le dieron una pequeña fábrica que producía para estos almacenes. Los tiempos del estraperlo. Durante la guerra civil, Julio y Álvaro se quedaron en Barcelona y algunas fuentes señalan que trabajaron con el servicio de información de los alzados. En cambio, Florinda se fue a San Sebastián y se relacionó con los militares franquistas, como Luís Orgaz, que luego fue capitán general de Catalunya y permitió que unas partidas de algodón que estaban en el puerto fueran comercializadas por los Muñoz Ramonet. Así empezó el imperio.

Este vínculo quedó reflejado, por ejemplo, cuando las tropas franquistas entraron en Barcelona, pues los Muñoz ofrecieron una cena en el restaurante La Puñalada a los mandos del ejército, que fue alumbrada con antorchas porque no había suministro de luz eléctrica. Era el 27 enero de 1939.

Muñoz consolidó su situación social casándose con Carmen, la hija del presidente del Banco Central, Ignacio Villalonga. El enlace tuvo lugar en 1946 en San Sebastián. En La Vanguardia se dio cuenta de la boda, que fue oficiado por el obispo de Valencia, Marcelino Olascochea. Julio se hizo pintar un cuadro de la ceremonia, que se recuperó.

Tuvieron cuatro hijas: Carmen, Helena, Isabel y Alejandra. Isabel es una fotógrafa de reconocido prestigio. Las otras tres han llevado una vida discreta. Las hijas gestionaron principalmente dos compañías: Culturarte, para la colección en litigio, e Inmobiliaria Gaudir, para el patrimonio. Carmen Villalonga murió el 23 de diciembre de 1989; e Ignacio Villalonga en Benicasim el 12 de noviembre de 1973.

LAS CAMPANAS DE JEREZ DEL MARQUESADO

Julio viajó una vez al pueblo de su padre y pagó las campanas de la iglesia mudéjar de Jerez del Marquesado, que se llaman Carmen (por Villalonga) Serafina y Juliana (por la madre). Se les conoció en el pueblo como “Los padrinos muñoces”. No menos de cinco mil personas de la comarca fueron contratados por Serafín y su hijo Julio para sus empresas. En ese viaje, Julio daba 20 duros (hay quien dice 1.000 pesetas) a quien le daba la mano. Al enterrador le dio 2.000 por enseñarle el cementerio.

Julio Muñoz Ramonet compró a las nietas del marqués de Alella el palacete que fue su vivienda. En realidad son dos chalets. El principal se acabó de construir entre 1921 y 1922 y Muñoz Ramonet se hizo con él en 1945, pagando dos millones y medio de pesetas. Al año dio un baile en el que estaban el general Moscardó y el gobernador civil, Baeza Alegría, amenizado por la orquesta de Bonet de San Pedro. Este era uno de los emblemas de su imperio.

El otro, sus oficinas, que estaban en el Palau Robert, ahora dependencias de la Generalitat. En ese tiempo, Julio contrató un chófer que sirvió a Alfonso XIII a quien le decía “A palacio” cuando le ordenaba que le llevara a la torre que habitaba. Un día le preguntó cómo se lo indicaba el monarca, y el conductor dijo: “A casa”.

Amasó una fortuna inmensa, principalmente adquiriendo fábricas después de la guerra a peso, pero también con el estraperlo; es decir, el comercio de productos sujetos a cupo, principalmente el algodón, beneficiándose de sus contactos y de las ventajas que le daban. En el textil fundó Unitesa, creada el 31 de diciembre de 1958 con un capital de 850 millones de pesetas, enorme para la época. Englobaba diez fábricas en Catalunya, una en Baleares y otra en Aragón. La principal fue Can Batlló. En el momento de máximo esplendor, sus fábricas producían alrededor de 12 millones de kilos de hilo y 80 millones de metros de textil. Unitesa estaba domiciliada en el paseo de Gràcia. En 1968 fue embargada por el Banco Central y quebró en 1976.

Además, también fue el propietario de los almacenes El Siglo y El Águila (que se quemaron en 1966); la Compañía Internacional de Seguros, Comar, SA, Sociedad Anónima Muñoz de Navegación y Comercio Exterior, Compañía Internacional del Corcho y Crédito y Docks. En total llegó a tener 45.000 empleados.

Julio Muñoz miró también al extranjero. Manejó dinero del dictador dominicano Leónidas Trujillo y del emir de Kuwait; hizo negocios en Panamá, Luxemburgo y Filipinas y tuvo empresas en Cuba, México y Estados Unidos. Su secretario personal calcula que dominaba unas cuarenta sociedades. Asimismo, entró en el accionariado de dos bancos suizos que acabaron intervenidos en 1965.

Su estrella comenzó a declinar en los años sesenta del pasado siglo, cuando el Plan de Estabilización del Gobierno español chocó con su forma de hacer negocios. Además, el textil entró en crisis. Y a ello hubo que añadir sus problemas legales con el Banco Central y los Trujillo.

En España los principales tropezones con la ley se derivaron de la Compañía Internacional de Seguros, que fue investigada al final de los años ochenta del pasado siglo por un joven juez de la Audiencia Nacional que luego sería muy famoso: Baltasar Garzón. La sociedad se disolvió en 1986 con un agujero de unos 4.000 millones de pesetas (unos 25 millones de euros).

A pesar de que nunca se ordenó su detención huyó a Suiza temiendo ser arrestado, y se instaló en el hotel Quellenhof, en Bad-Ragaz; un establecimiento exclusivo en cuyo estacionamiento guardó una flota de coches de lujo. Allí pasó sus últimos años, sin más que recuerdos de su imperio. Falleció en la UCI de un hospital helvético y fue enterrado en el panteón familiar del cementerio de Montjüic el 12 de mayo de 1991.

Un testamento ocultado En Suiza hizo un testamento donde dejaba el palacete del Marqués de Alella y todo su contenido a una fundación dirigida por el Ayuntamiento de Barcelona, pero las hijas lo ocultaron hasta que en 1994 el antiguo secretario de Muñoz se lo contó al Consistorio, iniciándose un largo pleito. La justicia suiza avaló el testamento en octubre de 2001 y el Tribunal Supremo confirmó que el legado era válido en marzo de 2012. El juez de Barcelona dio las llaves del palacete a la Fundación el 25 de julio de 2013.

La colección tiene origen en la del mecenas e industrial Ròmul Bosch i Catarineu, impulsor de la Unión Industrial Algodonera (UIA), un conglomerado de trece fábricas. La experta Montse Fernández Esparrach considera que podía constar de 2.535 piezas. Afectada por una crisis, la UIA pidió un crédito de cuatro millones de pesetas a la Generalitat durante la República, en 1934. La garantía fue la colección. Al acabar la guerra muchas piezas habían desaparecido y Julio Muñoz Ramonet se hizo con la UIA, así como el crédito, lo que le permitió quedarse con la colección a precio de ganga. Quedó depositada en el palacete.

Cuando éste pasó a posesión del Consistorio había muy pocas obras de valor. En total se encontraron 1015 piezas, de las cuales 977 eran pinturas y esculturas; amén de ajuar, menaje y mobiliario. Ninguna era de las principales e incluso se dejó en una chimenea un garabato firmado Velázquez, lo que sonó a chufa. Luego se comprobó que había cinco telas de una serie bíblica de La Historia de José de Antoni Viladomat, pintor del siglo XVIII.

De la colección objeto de litigio hay varios inventarios, pero en el que ha aportado la familia de Bosch i Catarineu constan obras de primeros nombres de la pintura mundial, como Goya, Tièpolo, Ribera, Sorolla, Angalda Camarasa, Urgell, El Greco o Mengs. En total, más de 400 piezas. Para calcular su valor hay una referencia: en octubre de 1991, una de las hijas de Muñoz Ramonet contrató una póliza con un consorcio de cinco aseguradoras para una finca en Madrid. El edificio, en casi dos millones de euros; y lo que había dentro, en 21. En el contrato se especifica que se trata de 325 obras de arte.

Los mayordomos de los Muñoz declararon que se llevaron las obras en dos camiones de noche al conocerse en Barcelona el contenido del testamento. Cuadros que han ido apareciendo Algunos cuadros importantes han ido apareciendo. La Anunciación, del Greco, y La aparición de la Virgen del Pilar, de Goya, salieron a la luz en 2011 en un pleito de divorcio. La Guardia Civil los halló en Alicante en poder de Manuel Castelo, hijo de Isabel. Litigaron, pero la Audiencia Nacional falló en febrero de 2019 que eran del Ayuntamiento.

En noviembre de 2016, una comisión judicial fue a la casa de Manuel Castelo en Madrid para recoger el Goya y el Greco y no les abrieron la puerta. En julio de 2018 se hallaron otros doce en una finca de Sant Andreu de Llavaneras. Uno es anónimo, de entre 1510 y 1520 llamado La Consagración de San Agustín. Otro anónimo de la escuela valenciana del siglo XV. El tercero destacable del pintor flamenco Ommegank, que vivió a caballo de los siglos XVI y XVII. Retrat de Dona, de Antoni Caba, catalán del XIX. El 30 de diciembre de 2018 se recuperó otra obra en esa misma finca, La circumcissió, una tabla del siglo XVI. También se conoció que una sala de subastas de Londres tuvo ocho Fortuny que pudieron ser de la colección.

La familia Muñoz Ramonet ha pleiteado hasta la extenuación con el Ayuntamiento. Por ejemplo, crearon una fundación paralela que no ha sido reconocida judicialmente. Además, los peritos de los Muñoz pusieron en duda 515 de las 670 obras no entregadas al Ayuntamiento: dijeron que eran falsas. Las relaciones entre el Consistorio y la familia no fueron tan complejas para la recalificación de Can Batlló. Ahora, el largo litigio puede entrar en su última fase, con el hallazgo de la colección. No ha sido fácil: se han necesitado veintinueve años.

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