Resuelto el misterio sobre el destino final de las cenizas de Dorothy Parker

Martin Luther King se quedó de piedra en 1967 cuando le informaron de que Dorothy Parker había decidido dejarle toda su herencia. No tenía ni idea de quién era la escritora, pero desde luego no era común semejante muestra de adhesión a la causa de los derechos de los negros por parte de una mujer blanca y el activista se lo tomó como una señal de aliento. “Esto demuestra lo que decía, que Dios proveerá”, dijo King aquel día a sus compañeros de mesa en Atlanta.

De lo que nadie se hizo cargo fue de sus cenizas. Parker, que murió de un ataque al corazón a los 73 años, alcoholizada, había dejado dicho que quería ser incinerada e incluso cuál debía ser su epitafio pero no dio ninguna instrucción sobre qué hacer con sus restos mortales, convertidos en protagonistas involuntarios de un indigno aunque ciertamente literario viaje de más de medio siglo de duración.

Después de pasar seis años en el crematorio, quince más olvidadas en un archivador de un abogado de Nueva York como consecuencia de la dejadez de su albacea, más de tres décadas en Baltimore y varios días en paradero desconocido para desazón de sus admiradores, el periplo de sus cenizas ha terminado.

La escritora que cada mañana se lavaba los dientes y se afilaba la lengua dejó su herencia a Martin Luter King

Parker, la escritora que cada mañana se lavaba los dientes y se afilaba la lengua, al fin descansa en paz. Indignada porque su amiga la hubiera nombrado gestora de sus derechos de autora pero no heredera de estos ni de los 20.000 dólares que quedaron tras pagar facturas pendientes, la dramaturga Lilian Hellman celebró un funeral público que le habría disgustado enormemente y asumió con más celo del recomendable su tarea.

Durante los siguientes años, rechazó casi todas las peticiones que recibió para el uso de la obra de Parker. Total, los beneficios iban a ir a King y, desde su muerte, a la Asociación para el Progreso de las Personas de Color (Naacp), a los que tenía en bajo concepto. En 1972, tras una fea batalla legal, perdió los derechos de custodia de la obra de Parker, que pasaron a la histórica asociación.

La funeraria donde la incineraron se hartó de que no le pagaran las facturas por guardarlas y las envió a un despacho de abogados

Entretanto, en 1973, la funeraria donde incineraron a Parker, se hartó de que no le pagaran las facturas por guardarlas y se las envió a la dirección que constaba en sus papeles, un despacho de abogados. Quince años después pasó por allí el actor Malachy McCourt y comentó por casualidad que había conocido a Parker en una fiesta en Hollywood en 1961 y trató de ligar con ella. “¿Quieres verla?”, le dijeron, y le sacaron la urna.

Y así fue cómo, en 1988, una treintena amigos y admiradores se citaron para analizar la situación en el hotel Algonquin de Manhattan, el mítico lugar de reuniones de un elenco irrepetible de escritores, críticos y artistas, el grupo de la Mesa Redonda, autores de notables e irreverentes ingenios regados por litros de alcohol.

El debate sobre qué hacer con las cenizas de Parker provocó todo tipo de propuestas pero ninguna satisfactoria. Entre los participantes de la reunión estaba Benjamin Hooks, director de la Naacp, y al final se decidió que lo mejor era que pasaran también a sus manos. La histórica asociación de defensa de los derechos de los negros acababa de mudarse de Nueva York a Baltimore (Maryland) y se comprometió a dedicarle un espacio en la parte trasera de su nueva sede. Un camino a través de un jardín conduce a un círculo de ladrillos bajo el que se enterró a Parker. “Humorista, escritora, crítica y defensora de los derechos humanos”, dice la placa, junto con su breve epitafio.

A finales de agosto, un admirador fue a despedirse de ella y se encontró con que el pequeño monumento funerario había desaparecido

El pequeño memorial, sin embargo, pronto cayó en el olvido. Y cuando este verano la Naacp volvió a mudarse –esta vez, a Washington– de nuevo nadie sabía qué hacer con las cenizas de Parker. En la asociación se limitaron a decir que estaban en contacto con sus familiares, de apellido Rothschild, para tomar una decisión. Los mensajes enviados por los periodistas, entre ellos esta corresponsal, inquiriendo sobre su destino no obtuvieron respuesta.

A finales de agosto, un admirador fue a despedirse de ella y se encontró con que el pequeño monumento funerario había desaparecido. El misterio se resolvió el viernes, en las páginas por supuesto de The New Yorker , la revista donde Parker escribió críticas literarias, relatos y poesía durante 30 años. Kevin Fitzpatrick, fundador del club de fans The Dorothy Parker Society y autor de una guía sobre el Nueva York de Parker, había estado en contacto con la familia y negociaban con la Naacp la recuperación de sus cenizas.

Kevin Fitzpatrick, fundador de su club de fans, viajó en tren con un asiento reservado a su lado para el cajón con la urna, y se tomó unos gin tonics clandestinos a su salud

Su sitio estaba en Nueva York, en el c ementerio de Woodlawn, en el Bronx, junto a sus padres, argumentaron. La operación para su traslado se puso en marcha el 18 de agosto. Ese día, las máquinas excavadoras localizaron bajo los ladrillos la urna con los restos mortales de Parker. Fitzpatrick viajó de vuelta Nueva York con ellas en el tren, con un asiento reservado a su lado para el cajón con la urna, y se tomó unos gin tonics clandestinos a su salud con el equipo del New Yorker.

El breve epitafio de Parker ha sido más que el resumen de su vida: “Disculpen por el polvo”

Cuatro días después, en una pequeña ceremonia bajo la lluvia y con medidas de distancia social, las cenizas de Parker fueron enterradas en el camposanto del Bronx, el ‘place to be’ para quienes morían en los años de gloria del Algonquin. El breve epitafio de Parker ha sido más que el resumen de su vida: “Disculpen por el polvo”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *