Rostros de ciertos santos pintados del natural

Hay retratistas que sólo saben pintar del natural, por lo que necesitan que la persona a retratar pose ante su mirada tantas veces como hagan falta. En ocasiones es harmoniosa la relación que surge entre pintor y modelo, mientras que en otras suscita más bien animadversión o peor, una especie de choque frontal de egos. Es tan enrevesada la historia del retrato que le hizo Alberto Giacometti al crítico de arte norteamericano James Lord, que hasta ha dado para un largometraje, El arte de la amistad (2017).

Al pintor Juan Carlos Muñoz Jiménez le encargaron que pintara una serie de cuadros de carácter sacro destinados a ser colgados en el retablo mayor de la iglesia de San Miguel de Guadix, en la provincia de Granada. Se trataría, en un principio, de un encargo de lo más normal, si no fuera por las reacciones encontradas que suscitaron las pinturas al ser exhibidas por vez primera a principios de septiembre antes los feligreses de la parroquia. Porque resulta que en lugar de utilizar el artista las manidas imágenes canónicas de san Pedro, san Pablo, san Torcuato (patrón de Gaudix) y santa Fandila (hija de la localidad), pintó del natural unas caras perfectamente reconocibles por todos los parroquianos; a saber: dos eran de vecinos, una del párroco, don Antonio Fajardo, y la otra del propio pintor.

La polémica estaba servida. Aun así, el obispo de Gaudix dio su bendición al trabajo del artista y el párroco retratado, en vista de las protestas, explicó que los cuadros “no están concebidos para rezar, sino para acompañar”, sólo para añadir a continuación que no tenía nada de original o particular el proceder artístico seguido por el pintor, ya que pertenece a una tradición que se remonta a Caravaggio, Murillo y tantos otros viejos maestros. Con todo, que se sepa, una vez superado el susto inicial ya ha vuelto a reinar la calma entre los feligreses de San Miguel de Gaudix.

Bábel identificó en varias pinturas a Romulad y Eliza

Esta historia parece una versión posmoderna bastante light de “Pan Apolek”, un cuento de Isaac Bábel (Odesa 1894 -Moscú 1940. Murió ante un pelotón de fusilamiento, víctima de la Gran Purga de Stalin) incluido en Caballería roja, una colección de relatos basados en las vivencias del autor en el ejército soviético durante su incursión bélica en Polonia en 1920.

A su llegada a la destartalada población de Novograd-Volnsk sembrada de ruinas, el narrador (Bábel) encuentra en los aposentos del sacerdote que se ha fugado un icono con la siguiente inscripción: “La muerte del Bautista”. Enseguida se da cuenta de que la cara de Juan es la de alguien que ha visto en alguna parte. Y claro, la cabeza en el cuadro que yace sobre una bandeja de barro es sin lugar a dudas la de Romulad, el viejo sacristán del sacerdote fugado, pero de joven.

Acto seguido, identifica en otra pintura la cara de la Virgen María como la de Eliza, el ama de llaves del viejo cura, también de jovencita. Para ver si ha acertado acude raudo a la casa de ésta, donde conoce en persona a Apolek, el ya anciano pintor de iconos y retratos por encargo que siempre va acompañado de un acordeonista ciego que atiende por Gottfried. Estos dos habían llegado al pueblo treinta años atrás, con la intención de ganarse la vida ejerciendo su arte; Gottfried con sus melodías, Apolek con sus pinceles. El párroco, tras comprobar que se había formado en la Academia de Bellas Artes de Múnich, le encarga la decoración de la nueva iglesia, tarea a la que se lanza con gran energía y mayor entusiasmo Apolek.

Al cabo de tan sólo un mes, ya ha adornado las paredes de la iglesia con enormes murales que parecen sacados del Barroco y que representaban escenas bíblicas, verbigracia los Reyes Magos aclamados por una multitud. Pero si uno se fijaba, podía distinguir, entre otras muchas caras familiares, la del párroco, quien, al enterarse, mandó llevasen al artista un cáliz de coñac.

Apolek pasa medio año atado a una silla que puede deslizar de un lado a otro o elevar y bajar para poder, de este modo, ir decorando sin descanso todas las paredes, el altar y la cúpula. Finalmente llega el Gran Día, el de la presentación oficial de la monumental obra, que se hace en domingo. Ante la sorpresa de todos, además de la cara del cura entre la multitud, identifican a san Pablo como el cojo Janek o María Magdelena como la joven judía Elka, y tantos otros del pueblo representados como apóstoles o verdugos. Los feligreses, indignados, exigen se pinte encima de semejantes escenas blasfemas. Mas Apolek no les hace el menor caso.

Al igual que los murales de Apolek, la prosa de Bábel esconde toda clase de subterfugios y trampas, que al final le iban a costar la vida

El enfrentamiento -“una guerra tan despiadada como la pasión de un jesuita”- entre el artista y la Iglesia católica no conoce tregua durante los próximos treinta años, y es así como encuentra el pueblo a su llegada el narrador de esta historia, al que el anciano Apolek, aún acompañado por el fiel Gottfierd, intenta, en la casa de Eliza, sacarle unas monedas a cambio de retratarle como san Francisco, que, le asegura, es un santo que gusta mucho a las mujeres.

Al igual que los murales de Apolek, la prosa de Bábel esconde toda clase de subterfugios y trampas, que al final le iban a costar la vida. Esperemos que no sea el caso de Juan Carlos Muñoz Jiménez. Aunque, con los tiempos que corren, quién sabe.

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