Sébastien Lifshitz: "La construcción de la identidad tiene que ver con la conquista de la libertad"

"No sé en qué ofendo a la gente», dice entre lágrimas la madre de Shasha. Shasha es una niña de ocho años y lo es…

«No sé en qué ofendo a la gente», dice entre lágrimas la madre de Shasha. Shasha es una niña de ocho años y lo es a pesar de que en el registro figura escrito, se diría que a fuego, la expresión «sexo masculino». Shasha es, además, la protagonista de Petite fille, el resplandeciente documental de Sébastien Lifshitz que en lo que va desde su estreno en la Berlinale hasta ahora se ha convertido en una auténtica revelación. Su emisión en el canal Arte se saldó con un récord de 3,5 millones de

espectadores. Ahora, aterriza en el
festival Zinegoak de Bilbao
a finales de mes (se podrá ver en Filmin) como paso previo a su estreno en salas en marzo. Además, el certamen rinde homenaje al director con la retrospectiva de una obra que merced a películas como
Wild side
o
Bambi
vive empeñada en rastrear los límites de la identidad, la pulsión de lo diferente y la revolución de los cuerpos. Todo en uno. Si a todo lo anterior se suma la evidencia de la Ley Trans (la nuestra, la española) en, entre, hacia, hasta, mediante… trámite, estamos sin duda ante la película del momento. «Siempre me ha interesado la construcción de la identidad porque, básicamente, tiene que ver con la conquista de la libertad. Vivimos en una sociedad cada vez más constreñida por las normas donde los arquetipos de género y los esquemas de representación lo dominan todo. Una película puede ser un espacio de resistencia para hacer visible que no hay una única manera de ser», dice Lifshitz a modo de presentación y, ya puestos, como declaración de principios.
Petite fille
sigue a la niña (eso es porque eso quiere ser) cuando juega, cuando asiste a las clases de ballet, cuando ríe, cuando llora, cuando habla y, lo más importante, cuando calla. Toda la película está construida desde un silencio que se antoja ensordecedor y que nos apela a todos. A su alrededor, una familia que se esfuerza en entender lo que ocurre a la vez se entienden a sí mismos,
un colegio que se niega
a aceptar la especificidad de uno de sus alumnos, una terapeuta de grandes ojos que habla bajito y una madre que se niega a ceder porque en ello le va la vida, la suya y la de los suyos. Sorprende la cercanía de la cámara, la claridad de la mirada y, de nuevo, la tragedia silenciosa que grita a cada paso. «Al principio, la familia nos recibió con mucha desconfianza. Pero pronto entendieron que la película podía formar parte del propio proceso que vivían. Por primera vez en mucho tiempo se encontraron con un equipo de personas que no les juzgaba. El propio rodaje fue un alivio para ellos», recuerda el director después de detallar cómo fue la búsqueda a través de los foros de padres y el propio rodaje. «Antes de iniciar nada hicimos una prueba.
Nadie podía sentirse incómodo.
A la menor sensación de fatiga parábamos. Y así, rápidamente se produjo una sensación de ósmosis», dice. Y, a un lado pareceres y padeceres, lo cierto es que la película conmueve con la misma fuerza que intriga. La duda acompaña a la compasión sin más rito ni moral que la certeza. Desde muy temprano, Shasha tuvo claro lo que quería ser de mayor: una niña. Así se dice. El asombro de la familia se dio pronto de bruces, primero, con el dogmatismo del colegio y, más tarde y hasta ahora, con la propia obstinación diáfana de Shasha. «Lo más llamativo de ella es su valentía. Hace falta mucha porque, como ella comprobara pronto, vivimos en un mundo que es extremadamente hostil a la transidentidad», comenta Lifshitz a la vez que recita su credo personal sobre el asunto que tanta polvareda levanta a su paso, «Es un asunto complejo, pero
no entiendo la hostilidad de cierto feminismo
[a la Ley Trans]. Tiempo atrás, ese sector que creo minoritario se negó a asociarse a la lucha de los homosexuales masculinos contra la discriminación y creo que ahora se repite la misma incomprensión», dice, se toma un segundo y sigue: «Desde el momento que alguien me dice que es una mujer y que quiere ser tratado como una mujer, respeto su voluntad y su deseo libremente expresado. Tengo las mismas razones para dudar que para creer, pero si le niego le hago daño». Sobre el asunto de la edad, el director se muestra tan cauto y claro como la propia película. No en balde la autodeterminación (desde los 16 dice la futura ley) es el primero de los caballos de batalla. «Lo más importante», afirma, «es escuchar. Da lo mismo la edad, que sean 3 o 18. La identidad se puede expresar a cualquier edad.
Lo que más duele es la sospecha.
Y escuchar no es sólo atender a lo que se dice. Shasha no habla mucho, pero cuando juega, baila o ríe lo dice todo…». Shasha tiene ahora 16 años, un nuevo colegio y se siente orgullosa, dice Lifshitz, de haber sido protagonista de su propia vida y película. Dentro y fuera de la pantalla.

Las ‘transimágenes’ de género

Sébastien Lifshitz lleva años dándole vueltas al género. En su cine y fuera de él. No hace tanto una parte de las fotografías de su colección particular tomó cuerpo en forma de exposción. Su título: ‘
Mauvais genre’
(el travestismo en un siglo de fotografía amateur). Allí se daba cuenta de la diversidad de prácticas transgénero.
«Son imágenes que demuestran que la cuestión de la identidad no obedece a una moda. Siempre ha estado ahí»
, dice. La enigmática fuerza de las fotografías nutren su atractivo. Lejos de los miedos que inspiran entre los beatos detractores, las fotos recuperadas por Lifshitz invitan a descubrir los placeres de las supuestas transgresiones y presagian una libertad que aún hoy es frágil.

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