Segundas oportunidades

Francesco Carril, en un momento de la obra – Luz Soria

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‘El bar que se tragó a todos los españoles’Teatro Valle-Inclán, Madrid

Si alguien tuviera alguna duda de lo que debe ser un teatro nacional, puede acercarse estos días al Teatro Valle-Inclán para ver ‘El bar que se tragó a todos los españoles’, una obra escrita y dirigida por Alfredo Sanzol, director precisamente del Centro Dramático Nacional. Es, vaya por delante, una función espléndida, una fascinante pieza teatral con todos los ingredientes que se le deben exigir a una buena obra: es entretenida, divertida, nostálgica, tierna, amable, hiriente, reflexiva, interrogante, hermosa; está, además, magníficamente interpretada, inteligentemente dirigida, y posee un estupendo envoltorio.

Alfredo Sanzol es uno de los nombres imprescindibles de la dramaturgia contemporánea española, a la que se subió, como autor, hace ahora dos décadas. Posee inteligencia, sentido del humor, clarividencia y una prosa que mezcla con habilidad poesía, profundidad y cotidianeidad… y un componente que le otorga singularidad: la facilidad con la que convierte su memoria, su herencia, en historias capaces tanto de abrazar al público como de pellizcarle.

En ‘El bar que se tragó a todos los españoles’ -un título atractivo y sugerente- cuenta la historia de Jorge Arizmendi, que es en realidad el padre de Alfredo Sanzol: la historia de un sacerdote que en la España de los años sesenta decide colgar la sotana y comenzar, con treinta y tres años, una nueva vida. Con elementos reales -el viaje a Estados Unidos para buscar un horizonte distinto- y otros imaginados, Sanzol construye una pieza que se viste de comedia y de drama indistintamente, que a ratos es una road-movie y en ocasiones un astracán; que divierte, araña y conmueve a partes iguales. Y que es además una función libérrima en su forma, en la que el autor -para quebradero de cabeza del director, que es él mismo- ha sembrado con cerca de medio centenar de personajes y ha mezclado códigos y géneros.

‘El bar que se tragó a todos los españoles’ es un homenaje a todos los que durante años guardaron silencio. No es -solo- una obra comprometida políticamente; es, ante todo, una obra fervorosamente compasiva: una carta de amor -y admirado reconocimiento- a quienes, como su padre, decidieron dejar atrás una vida infeliz y darse una segunda oportunidad.

Sanzol, como autor, cuenta con la complicidad de Sanzol, como director, que sabe llevar la larga función -tres horas- con pulso, que consigue que los espectadores empaticen con los personajes -sobre todo con el protagonista, a quien ha despojado de su esperable timidez para convertirlo en un hombre atolondrado pero extrañamente arrojado-. La música original de Fernando Velázquez, la magníficamente resuelta escenografía de Alejandro Andújar y las luces de Pedro Yagüe le dan una pátina de calidad, que comparte también el generoso y talentoso trabajo interpretativo, que alcanza una nota media de sobresaliente, con matrícula de honor para Francesco Carril, Natalia Huarte y David Lorente, que protagoniza la desternillante y probablemente más lograda escena: la del Vaticano.

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