Sobre el apagón cultural

El cierre de la cultura en Italia, Francia o Alemania dejaba poco margen al Gobierno español y a las comunidades. En un momento en que España está bajo sospecha y necesitada como nadie de la ayuda extraordinaria europea, mantener la cultura abierta quedaba –debieron de pensar–poco estético. Por eso se pasó a la acción.

A lo largo de la historia, cafeterías y teatros han servido de indicador de la mayor o menor normalidad de una ciudad en tiempos de crisis. Cuántas veces no hemos leído o escuchado: “En plena guerra, los cafés y los teatros continuaban abiertos”. Se dijo de Dresde: el 13 de febrero de 1945, la gente seguía disfrutando de la vida cultural de su ciudad cuando aparecieron en el horizonte los aviones que iban a aniquilarla.

Por así decirlo, la luz encendida de la cultura proyecta una sensación de normalidad que en plena segunda ola del virus simplemente no conviene.

En el resto de Europa, probablemente, se hubiera interpretado mal que en un país como España, con las UCI al límite, se siguiera levantando el telón. Se intuye, además, que detrás de esta y otras medidas está la intención de ir reduciendo el uso del transporte colectivo, un potencial foco de infecciones.

Así que las autoridades tenían algún argumento para razonar, desde su punto de vista, el nuevo apagón cultural, aunque no fuera fácil. Fernando Simón, que suele convencer desde la empatía y la cautela, cometió sin embargo un desliz que no ha pasado desapercibido en el mundo de la cultura, ya que remite al fondo de la cuestión.

Nadie sugiere que se cierren las peluquerías por el peligro de la ‘post peluquería’

Fue cuando dijo que lo peligroso no es ir al cine o al teatro (subrayó que son actividades seguras) sino el precine y el preteatro y el postcine y el postteatro . Con ello, seguro que sin pretenderlo, venía a diluir la experiencia cultural dentro del concepto más ambiguo del ocio, como si se fuera al cine solo como preámbulo de una cena y unas copas.

Que es una manera subrepticia de no considerar la cultura como un sector económico y social con entidad propia. Nadie sugiere, por ejemplo, que se cierren las peluquerías porque lo peligroso es la postpeluquería, y eso a pesar de que en gran medida nos arreglamos el pelo para lucirlo fuera de nuestra burbuja convivencial.

Así lucía la platea del TNC poco antes de la última función representada el jueves. / LLIBERT TEIXIDÓ
Así lucía la platea del TNC poco antes de la última función representada el jueves. / LLIBERT TEIXIDÓ

Lo que es evidente es que, estos meses, quien ha ido al teatro o al cine lo ha hecho solo porque le interesaban las propuestas artísticas programadas. Desde luego no ha sido para hacer vida social. No hay socialización que valga cuando se impone la entrada ordenada, no pueden hacerse corrillos y es innegociable la mascarilla. En Catalunya, además, cualquier ilusión de post teatro era vana desde que cerraron bares y restaurantes.

Lo único positivo de este nuevo confinamiento cultural es que las administraciones han entendido que no se puede dictar una medida como ésta sin incorporar una compensación económica, así como la mayor preparación que tiene el sector para ofrecer contenidos en línea, en ocasiones con plataformas de pago.

Por lo demás, el apagón deja en la tinieblas a un sector que se había esmerado para ser y parecer seguro.

Quedan los museos y, a modo de postmuseo, darse una vuelta por las librerías. Antes de que nos las cierren por no considerarse la lectura un bien esencial.

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