Solo un ser humano

Carlos Serrano y Daniel Grao, en «La máquina de Turing» – Belén Díaz

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«La máquina de Turing»Teatros del Canal, Madrid

La RAE define «héroe», en una de sus acepciones, como «persona que realiza una acción muy abnegada en beneficio de una causa noble». Al matemático británico Alan Turing se le puede considerar un héroe ya que es el padre teórico del ordenador y fue quien descifró el código Enigma de los nazis y, con ello, contribuyó a la victoria aliada en la II Guerra Mundial. Pero Turing, también según la RAE, puede considerarse un antihéroe: «personaje cuyas características y comportamientos no corresponden a los del héroe tradicional».

Benoit Solès, en «La máquina de Turing», no nos muestra ni al héroe ni al antihéroe; solo al hombre. Y lo hace a través de la brillantez de sus logros, de sus asombrosos razonamientos, pero también de sus debilidades, de sus defectos, de sus fragilidades y de su homosexualidad, una condición que en la Gran Bretaña de los años cincuenta se consideraba delito. El dramaturgo francés teje una historia de luces y sombras que fascina desde que se encienden los focos-salvo excepciones, levantar el telón se ha convertido en una antigüedad-, y es precisamente porque con ese enrevesado mar de fondo del mundo de las matemáticas cuenta, en esencia, la historia de un ser humano. Nada más y nada menos.

Así lo ha comprendido el argentino Claudio Tolcachir, un director que tiñe de naturalidad -que no naturalismo- todo aquello que toca -en «Copenhague» ya consiguió suavizar la aridez de la conversación, con la física cuántica como leit motiv-. Su puesta en escena es limpia, rítmica, transparente, sobria, libre de ocurrencias y de elementos que distraigan del relato de la historia, de su emoción… Cuenta para ello con dos magníficos aliados en los actores: Carlos Serrano, espléndido lugarteniente de Daniel Grao, que realiza una soberbia creación de Alan Turing. Su interpretación está llena de concentración y de detalles, desde el cuidado de su indumentaria hasta la sutileza de su tartamudez. Su trabajo es tan preciso como brillante.

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