Stella Goldschlag, el 'Veneno rubio': la confidente judía de la Gestapo

Era joven, culta, hermosa y divertida, pero no dudaba en delatar a los suyos o llamarles "ratas judías". La novela que cuenta su historia ha…

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Llevaba siempre puesto un pequeño sombrero de cazador y, de vez en cuando, se sacaba un bombón y se lo comía. Un gesto que no resultaba glotón sino encantador. Como una cría de pájaro que de repente encuentra algo de comer. Le gustaba cantar y bailar charlestón en los cabarets. Era 1942 en Berlín, Stella Goldschlag se hacía llamar Kristin y colaboraba con los nazis. También era judía. Hablaba dialecto berlinés, yiddish y alemán culto. Tenía 21 años.

«Interpretaba muchos papeles. La modelo de pintura, la cantante de voz tenue, la penitente, la mentirosa, la víctima, la delincuente, Stella, la confidente de la policía». A veces pasaba hambre y otras veces comía pasteles de crema. Se drogaba y bebía champaña cuando se lo pagaban. Era capaz de gritar «rata judía» junto a un grupo de soldados la noche previa de que fueran al frente. Los nazis la llamaban el veneno rubio. Semejante historia vital, repleta de contradicciones, dilemas y matices, es la que describe la novela Stella (Salamandra), que ahora se publica en España y otros países europeos tras desatar la polémica en Alemania el año pasado.

«La historia de una mujer judía de Berlín que había sido forzada a colaborar con los nazis», describe el propio autor en una entrevista concedida sólo porque el medio es español. Takis Würger no quiere hablar más, está exhausto de hacerlo, aunque reconoce que, si «de algún modo la novela ha servido para que en Alemania se reflexione sobre el Holocausto, sobre qué es lo correcto o qué se debe hacer ahora, entonces no importan las críticas».

«Los crímenes fueron extremos. Si todos lo encontramos deplorable igual hay una manera de enfrentarse a ello. Porque las nuevas generaciones, inexplicablemente, no somos capaces de entender qué pasó, tenemos que intentarlo una y otra vez, una y otra vez», señala este escritor millennial.

Durante una década trabajó para el semanario Der Spiegel y todavía lo hace los meses de verano, como si no quisiera alejarse de la observación de la realidad ahora que es el novelista del momento en su país. Escuchó hablar por primera vez de Stella en un cabaret berlinés, precisamente, cuando comentó que el lugar le parecía «triste, cruel y maravilloso» al mismo tiempo. Un amigo le respondió: «Sí, como la historia de Stella Goldschlag».

«Era inteligente, bien educada, leía poesía, era lista y divertida. Los hombres la amaban y ella amaba a los hombres. Cuando me acerqué al perfil, cuando leí los materiales originales de los juicios a Stella, me quedé impresionado con algunas declaraciones de los supervivientes. Las víctimas de Stella la describen como una mujer hermosa y carismática. Me hizo pensar en la posibilidad de escribir la historia desde la perspectiva de un hombre que se enamora de ella».

Y así lo hizo. Durante dos años convivió con los documentos originales de los tribunales militares soviéticos que, en 1946, la condenaron a 10 años de reclusión como cómplice de asesinato. Tras el conflicto, intentó registrarse en Berlín como víctima del fascismo, pero los judíos berlineses la reconocieron y la delataron. El 31 de junio de 1946 fue condenada, pero nunca se pudo determinar a cuántos judíos había delatado. «La mayoría de sus víctimas habían muerto cuando el fiscal presentó los cargos. Pero se parte de varios centenares de personas», se lee en el epílogo de esta novela en primera persona en la que un jovenzuelo suizo de familia bien, aunque atormentada, decide ir a la contra del mundo y plantarse en Berlín en 1942 para conocer «la fuerza de los alemanes».

Dos judíos denunciados en el cuartel nazi de Cuxhave.
Dos judíos denunciados en el cuartel nazi de Cuxhave.GETTY

Quiere ser pintor pero es daltónico. Su madre es fervorosa nacionalsocialista y su padre un idealista que se acaba de ir de Alemania precisamente por la guerra. Acude a una clase de dibujo y la mujer que posa desnuda es Stella, es decir, Kristin, esto es, la espía. Y se enamora hasta el tuétano, la mantiene, la agasaja. En el cabaret son tres, porque traban amistad con Tristan, miembro de la SS. Una triada extraña que mientras todo sucede se dedica a bailar.

Por detalles como éstos se ha acusado a la novela de frívola, de presentar un Holocausto kitsch, una suerte de Jules et Jim a la germana que convence a algunos y a otros nada. Würger, que tiene 35 años, se defiende así: «Los escritores de mi generación tratamos de comprometernos con el Holocausto, con la culpabilidad alemana, pero obviamente lo hacemos de una forma distinta a como lo haría un escritor del siglo XX. Por qué somos cómo somos, por qué ahora somos así. Pienso en los supervivientes del Holocausto que ahora tienen 100 o 110 años. Tenemos que escucharlos, mi generación tiene que encontrar la manera de recordar el Holocausto para las generaciones siguientes: ver las películas, leer los libros, discutir entre nosotros, aunque duela».

Nunca se nombra a Stella en los extractos de los juicios que culminan cada uno de los capítulos, estructurados en torno a 1942, de forma que cada uno de ellos es un mes y comienzan con un recordatorio histórico que tiene algo de periodístico. Por ejemplo: «Junio. Más de mil bombarderos de la Royal Air France bombardean Bremen durante 75 minutos. Se cierran las últimas escuelas judías del Reich alemán. Nace Paul McCartney. De los escaparates berlineses cuelgan carteles que dicen: ‘¡CUIDADO! ¡ESPÍAS! ¡PRECAUCIÓN AL HABLAR!’».

En los tomos de los juicios, Stella no tenía nombre; era «la encausada». Los testigos le atribuyeron actos como parar a alguien en la calle y decirle: «Ven conmigo, rápido, tienes que ir al centro de detención o de lo contrario llamaré a la Gestapo». Durante un tiempo delató a otros judíos porque protegía a sus padres. Pero éstos murieron en Auschwitz y ella siguió colaborando con los nazis. Para Würger, la vivencia emocional de que todo el país hablara del libro fue dura, aunque lo entiende -«Esto es Alemania, cada vez que sale un libro o una película sobre el Holocausto, se discute hasta la saciedad»-. Pero fue difícil también escribirlo.

«Lloré muchas veces escribiendo Stella, me preguntaba si como alemán se me permitía escribir esto. Muchos de los que vivimos aquí, casi todos los que vivimos aquí tenemos abuelos que fueron parte de los crímenes que se cometieron, que es de lo que estamos hablando. Es decir, fueron perpetradores. Cada día pensamos en nuestra identidad, en quiénes somos, nos preguntamos cómo vamos a vivir con este pasado, cómo vamos a recordar de modo correcto».

En diciembre del año que se describe, el Ministerio para la Ilustración Pública y Propaganda del Reich expropió los teatros privados de Berlín. La prensa alemana animaba a ahorrar en jabón y hacer la colada sólo cada cinco semanas. Stella y su novio suizo ya no bailan ni beben, sino que pasan las noches en un búnker y duermen sentados. «En el sótano ya no sonaba ningún violín». Ella todavía sueña con cantar, cree que el amigo nazi, Tristan, le conseguirá «una identificación de aria para la Cámara de Música del Reich».

En junio de 1943 sus padres mueren. En septiembre de ese mismo año tiene a su hija, Yvonne. «Nunca pudo explicar quién era el padre. Jamás aclaró por qué siguió cazando judíos después de que sus padres murieran asesinados en la cámara de gas. Se casó cinco veces, ninguno de los matrimonios duró», relata Würgen. Tras cumplir su pena de prisión, fue acusada de nuevo en 1957, esta vez ante el Tribunal de Moabit, y condenada a otros 10 años de cárcel. Dado que ya había cumplido condena por sus delitos, pudo seguir en libertad. En 1994, saltó por la ventana de su piso en Friburgo. «Aterrizó en el asfalto y murió».

Se había convertido al cristianismo. A su entierro acudieron dos personas, «la pastora y un hombre mayor que dejó unos girasoles sobre el ataúd». Su hija no se movió de Israel, donde vivía. Piensa Wurger que la historia de Stella «puede ayudarnos a recordar y a permanecer unidos en el pasado». «Te cuento una anécdota», dice de repente, «en Reino Unido solía boxear en el equipo de la Universidad de Cambridge, donde estudié. Y una vez me dijeron: ‘Hace 80 años hubiéramos sido enemigos en una guerra, hubiéramos luchado entre nosotros de verdad’».

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