The Bee Gees, tres hermanos, una banda

1.

En 1977 se exhiben dos propuestas extremas en el escaparate de la música popular. Hippies haciendo solos de siete minutos, divos endiosados y cantautores pelmazos estaban a punto de tener serios problemas de credibilidad artística y posicionamiento en el negocio. No eran vientos de cambio. Era el Armagedón.

Una de esas propuestas fueron los Sex Pistols vomitando que Dios bendiga a su reina y su régimen fascista. Escucharlos no te permitía pensar, escuchar o sentir nada más que esa experiencia. Los Pistols te ocupaban por completo, se te llevaban por delante. Y entre sus planes no estaba ni hacer prisioneros. Malos tiempos para la música de ascensor.

La otra propuesta era, a priori, más manejable. Pero también era ingobernable, bizarra y extrema. El pop melódico de siempre servido a toda velocidad por el falsete en armonía de un grupo llamado The Bee Gees, para decirte que, en realidad, lo que tú deberías hacer es estar bailando. Y quién dice bailar, dice sexo, lubricidad, sudor y éxtasis hedonista de fin de semana. El punk no fornica, la disco music no hace otra cosa y el establishment es puritano. Por eso se mostró más dispuesto a que le escupieran en la cara antes de que le bajaran los pantalones. Y luego, llegaron Reagan, Thatcher, American Psycho, el SIDA y se acabó la fiesta para unos y para otros.

La grandeza del punk fue finiquitar el rock’n’roll como rebelión anunciada y nunca ejecutada por tramos desde los 50. Después de ellos todo fue pose. La New Wave, el grunge, el indie de los emo. La propuesta musical punk no tuvo problemas en ser asimilada por la industria. Mucho menos la estética. En dos meses El Corte Inglés ya vendía chupas de cuero agujereadas y Alaska era Isabel Pantoja con el pelo azul.

La disco music pretendía ser divertida e intranscendente. Su sonido llegaba desde el suburbio proletario, el club gay y el anonimato

La disco music pretendía ser divertida e intranscendente. Su sonido llegaba desde el suburbio proletario, el club gay y el anonimato de cantantes, compositores y productores. Y, lo que ocurrió es que, por una vez en la vida, los Bee Gees llegaron a tiempo a la fiesta. Les ayudó el no ser una banda de raíces sino tres currantes del negocio musical cuya voracidad estilística no tenía límites y tampoco lo tenía carecer del sentido del ridículo. Acertaron con el dial en emisoras de baile negras de New York y probaron ser otros sin dejar de ser ellos mismos. Se encumbraron a un movimiento del que nunca formaron parte. Donna Summer es disco music, Bee Gees es rhythm and blues blanco. ¿Importa eso cuando la banda sonora emblemática del género vende 40 millones de discos y ellos firman los hits…? No.

2.

Fueron tan buenos, tuvieron tanto éxito y eran, en el fondo, tan raros que solo, con el paso del tiempo, se tiene la perspectiva del fenómeno cultural que significó una película, S aturday night fever, su banda sonora y la banda. Tres hermanos de Manchester, emigrados a Australia, que fueron grandes a finales de los 60 con un gancho pop irresistible, se disfrazaban de grupo negroide y facturaban hits de voces en falsete extremo sobre cortinas de helio. Su grado de popularidad y su paso por el microondas a volumen máximo solo tuvo como precedentes a Elvis y Beatles, y tras ellos, solo se atina a ver a Michael Jackson.

Los Beatles se separaron. Los Bee Gees lo intentaron pero fue imposible. No solo eran hermanos. Sino que solo se tenían a ellos

Elvis y Jacko acabaron muertos en el nido del cuco. Los Beatles se separaron. Los Bee Gees lo intentaron pero fue imposible. No solo eran hermanos. Sino que solo se tenían a ellos. En su mundo solo habitaban canciones, giras y The Bee Gees. La mayoría de sus canciones hablan de mundos cerrados, pathos adolescente, amantes aislados, con independencia del adobo utilizado: Stevie Wonder, The Chi-Lites o Lennon y McCartney.

Su cancionero está a la altura de los mejores compositores e intérpretes de la música pop. Y uno encuentra joyas perdidas hasta en sus peores discos, que los tienen y siempre en el peor momento: Living eyes (1981) o This is where I came in (2001). Doscientos veinte millones de discos vendidos: un mundo ya perdido y que, ahora, de la mano del director Frank Marshall resucita en forma de documental HBO. Se estrenará a principios de diciembre en salas de EE.UU. y aquí el 14 de diciembre en la plataforma televisiva. También hay en marcha un biopic sobre el grupo que la pandemia ha dejado, por el momento, en el aire.

El documental toma el título de uno de sus clásicos: How can you mend a broken heart, su primer nº 1 USA en 1971. Más allá del deslumbramiento de las luces y los trajes dorados, el documental trata de poner el foco sobre el misterio creativo de una banda familiar, más ingenua que torpe que nunca se protegió contra el talibanismo roquero, ése que admite que un memo lance un televisor por la ventana de un hotel pero no que le guste bailar.

La vida hizo trágico su final pero, al mismo tiempo, les dotó de honestidad. Los Bee Gees eran tres hermanos. Cuando faltó uno de ellos (Maurice, 2003), los otros no supieron no solo seguir sino ni tan siquiera organizar su concierto homenaje. En 2012 moría su gemelo, Robin, y Barry quedó encerrado en su prisión privada.

3.

El documental repasa la trayectoria, su éxito en dos décadas distintas (los 60 y los 70), el precio que hubieron de pagar por el mismo y, ciertas reflexiones al respecto de ¿qué demonios fue todo aquello…? Y ¿de dónde salió aquella magia compositiva e interpretativa que parecía inagotable…? Aparecen Noel Gallaguer, Chris Martin, Nick Jonas, Eric Clapton o Justin Timberlake e imágenes de archivo más allá de youtube.

(Michael Ochs Archives / Getty)

Los Bee Gees regresaron a su país en 1967. Tenían 17 años los gemelos, y 19 Barry, el mayor. Para aparentar hechuras de banda mutaron en quinteto. Dejaron Australia como ídolos locales lastrados por la imagen de niños prodigios que cantaban tanto en night clubs como en programas de entretenimiento televisivo. No fueron la banda que se monta en el instituto con tus amigos. Ellos, desde críos, tocaron para ganarse la vida. Sin apenas estudios ni amigos de su edad, su fortaleza fueron ellos, sus voces, su talento, su determinación suicida. La visita de Beatles a Australia les hace explotar la cabeza y una de sus maquetas llega a manos de Robert Stigwood, mánager cercano a NEMS que fue el responsable de su carrera hasta 1981.

Su primer disco, First (1967) es un nervioso portento imaginativo conectado con su época que cuenta con To love somebody o I can’t see nobody, temas tan soul que la primera iba a cantarla Otis Redding si no se hubiera estrellado su avioneta en el lago Monona, y que pertenecieron al repertorio de Janis Joplin o Nina Simone.

Fue el principio de casi tres años de cientos de grabaciones, éxitos, ventas y actuaciones. Decantados hacia el arco melodramático y melódico menos transitado por los Fab Four, engarzan temas gloriosos como Words, I started a joke, Massachusetts, I’ve got a message to you o First of May hasta que la rivalidad entre Barry y Robin hace estallar todo por los aires. Para añadir más sal a la herida, éste es número 1 con Saved by the bell, un tema descartado por Barry para el último disco juntos, el oceánico Odessa.

Encuentran nicho en un entorno de pop folk de domingo tarde con lluvia y yo sin ti

Se reúnen al año y medio. En una misma noche componen sus siguientes éxitos: Lonely Days y el mencionado How can you mend a broken heart. Tienen mano para las melodías y emplastan las voces como pocos. Encuentran nicho en un entorno de pop folk de domingo tarde con lluvia y yo sin ti. Pero lo repiten tanto que su propia discográfica les rechaza un LP entero. Perdidos en 1973 y en los USA. Pero la fortuna hace que se crucen con el productor Arif Mardin y todo cambia.

Concierto en la Sala de la Asamblea General en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York,  1979
Concierto en la Sala de la Asamblea General en el edificio de las Naciones Unidas de Nueva York, 1979 (Michael Putland / Getty)

Un buen disco, Mr. Natural (1974), les lleva al álbum perfecto: Main course (1975). Ese disco ya contiene Jive talkin, número 1 así como Nights on Broadway, Fanny (be tender with my love o Baby as you turn away. Problemas contractuales harán que para el siguiente trabajo no puedan contar con Mardin, pero van cayendo éxitos –You should be dancing, Boogie child–, mucho más orientados a lo bailable. Al no ser grupo de raíces, los Gibb no tienen problema alguno en s aquear armarios ajenos, vestirse como otros y sonar contemporáneos, excitantes, imparables.

Se encierran en el Chateau d’Herouville para mezclar un álbum en directo. Componen en estado de gracia canciones para su próximo disco. Stigwood aparece por ahí para convencerles de que participen en un proyecto cinematográfico basado en un libro del periodista Nick Cohn. El mánager escucha el nuevo material y lo incauta para Saturday night fever. El botín: How deep is your love, Staying alive, Night fever y More than a woman. Película, música y, también, el carisma de un desconocido Travolta hace que el mundo enloquezca.

El mundo acaba harto de su omnipresente falsete. Sortean el estigma regalando éxitos y producciones a luminarias como Barbra Streisand o Dolly Parton

Sobreexposición máxima y ellos sin traje ignífugo. Hasta lanzan a Andy, su hermano menor, para colmar la voracidad de un mercado de alcance mundial. Todo éxitos. Canciones interpretadas por ellos. Composiciones para otros. Viejas canciones, álbumes antiguos. Monopolizan las listas. En 1979 Spirits (having flown) y el Greatests de rigor los llevan a lo más alto y, allá arriba, sin plan B, se ahogan en su burbuja. El mundo acaba harto de su omnipresente falsete. Sortean el estigma regalando éxitos y producciones a luminarias como Barbra Streisand, Dionne Warwick, Dolly Parton y Kenny Rogers o Diana Ross. Regresan a finales de los ochenta. Gran Bretaña los conmuta. No así en los USA, donde siguen atrapados en una bola dorada colgada del techo. Siguieron haciendo grandes canciones (For whom the bell tolls), buenos álbumes (Still waters, 1997) y mucho material de relleno. Las inesperadas muertes de Maurice y Robin quizás evitaron la decadencia pero seguro que nos privó de un par de hits.

4.

Pocos meses antes de morir, Robin se despertó de madrugada con una melodía en la cabeza. Bajó hasta la cocina y la grabó en su teléfono móvil. La canción se llamó Sidney y, en ella, cantaba que la nostalgia le llevaba de vuelta al pasado. No a 1967. Tampoco a 1979. Sino mucho antes, a Sidney, con sus hermanos, los tres adolescentes, cuando todo, absolutamente todo estaba a punto de empezar.

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