'The world to come': el 'western' sin pistolas o el cine libre de su eterna y rancia obsesión por los falos

Mona Fastvold sorprende con ‘The world to come’, una lectura del revés de la tradición más vieja y enmohecida del cine. A su lado, Luca…

En un artículo reciente, la revista ‘The Hollywood Reporter’ enmendaba en su totalidad la historia del cine. Sin miramientos. Lo hacía en nombre de todos aquellos que nunca han figurado ni a un lado ni a otro de la pantalla. De todas aquellas, para ser precisos. En este siglo y cuarto largo se han contado historias no tanto de hombres como de un mundo pensado por hombres. Y eso incluye hasta a la temperatura del aire acondicionado. Se han narrado historias de conquista, violencia, héroes desengañados y romances tristes. Son historias de gente a la que otro (casi siempre otra) le cura las heridas, le lava la ropa, le hace la comida, se preocupa por sus triunfos, le calma su narcisismo asfixiante y le da de comer a la prole. Son historias en nombre de la belleza entendida como un ejercicio de adiestramiento y dominio. Y reflejo. Son historias escupidas entre los huecos de los colmillos. Son historias criticadas por alguien (casi siempre él) al que otro (de nuevo otra) le alaba su poderoso y certero gusto. La vanidad alcanza a todos. Es decir, un asco que rezuma testosterona por los cuatro costados.

Y en medio, como ejemplo paradigmático del dislate, el ‘western’, el espacio sagrado de la aventura y del descubrimiento donde las armas largas y cortas, el exterminio del débil (sea indio o búfalo), la mistificación del pillaje (también llamado conquista del Oeste) y la fiebre por la riqueza instantánea acaban por ser el antecedente más a mano del videoclip más burdo de reguetón. Con perdón. Digamos que el cine nació identificado con un falo sea éste el del revólver, el del winchester 73 o el de las torres de Monument Valley. Y así. Pues bien, ‘The world to come’, de Mona Fastvold es (como antes lo fue ‘Meek’s Cutoff’, de Kelly Reichardt) el mejor ejemplo y hasta refutación de todo lo anterior.

La Mostra se dejó sorprender así por una película que narra la historia de amor de dos mujeres (Katherine Waterson y Vanessa Kirby) en mitad de un lugar perdido en ninguna parte del Oeste. Estamos en 1856 y lo que se acierta a ver es un universo tan perfectamente común e identificable como, de repente, nuevo. Lo que importa discurre por el día a día de dos mujeres martirizadas por el frío, lo inhóspito y la incomprensión. Y en medio, la posibilidad de una batalla que en su intimidad se quiere a sí misma como una guerra total contra el mundo.

La sabiduría de la película consiste en ofrecerse pausadamente fuera de campo. La pasión discurre entre largas cartas leídas en voz alto y gestos apenas mínimos que no llegan siquiera a susurros. La directora, que además es guionista de cintas como ‘Vox Lux’ o ‘La infancia de un líder’, adapta una historia de Jim Shepard y, ayudado en el guión por el autor del ‘antiwestern’ ‘El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford’ (Ron Hansen), acierta a construir un universo perfectamente identificable, pero del revés. Quizá el riesgo asumido sea excesivo. Por momentos, la historia queda detenida en cada uno de sus hallazgos, que son muchos, sin acertar del todo a integrarlos de manera orgánica y fluida. Sea como sea, cuenta como primer paso para todo lo que vendrá. Y eso, por lo que tiene de refutación de casi todo, es mucho y muy de agradecer.

Luca Guadagnino en la presentación de 'Salvatore. Shoemaker of dreams'.
Luca Guadagnino en la presentación de 'Salvatore. Shoemaker of dreams'.EFE

ZAPATERO GUADAGNINO

A su lado, la gran presentación del día corrió a cargo de un trabajo sin duda menor de Luca Guadagnino. ‘Salvatore. Shoemaker of dreams’ (zapatero de sueños) es un documental sobre Salvatore Ferragamo que, además y desde una modestia mal disimulada, quiere ser también autorretrato. Lo que quiere contar el director de ‘Call me by your name’ es la historia de un hombre asaltado por la obsesión de la perfección. Desde un pueblo diminuto, Bonito, hasta el Hollywood de estrellas como Audrey Hepburn o Marilyn Monroe. A todas ellas vistió los pies.

En realidad, el director renuncia casi a la autoria. Todo en la película es homenaje: a su hacer, a su pasión y a su familia. Y los recursos empleados son todos protocolarios. Bustos que hablan se mezclan con imágenes de archivo y con Martin Scorsese que a estas alturas es capaz de opinar de casi todo. La idea es alcanzar el sentido y obra de un creador que peleó contra modas, corrientes, producciones en masa y contra el propio y tirano concepto de belleza que, en opinión del autor, es un concepto fascista. Ahí queda. Obviamente, Guadagnino lleva su admiración a la identificación.

La actriz iraní Shamila Shirzad de 'Sun children'.
La actriz iraní Shamila Shirzad de 'Sun children'.AFP

Por lo demás, la sección oficial no quiso despedirse sin la presentación de un autor con hechuras de clásico. ‘Sun children’, del iraní Majid Majidi, se mueve entre el neorrealismo ligeramente rosa de otros tiempos y la fábula ‘dickesiana’ más atemporalmente moderna. La cinta cuenta cómo unos niños de la calle se inscriben en un colegio con la única finalidad de dar con un tesoro supuestamente escondido entre sus cimientos.

Los hijos del sol que anuncia el título son los críos de la calle de Teherán y de cualquier lugar del mundo. La película avanza entre el drama ligero y la comedia triste. Y entre esos dos extremos edifica un mundo que no busca tanto la novedad como la honestidad. El matiz importa. Majidi, para situarnos, es un veterano director de la generación de Jafar Panahi. Y se nota en la contundencia, la claridad y el rechazo radical de cualquier amaneramiento. La apuntamos como primera candidata evidente a León de Oro.

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