Trapiello: «Hay una crispación que no es buena, a los demócratas nos gustaría que hubiera más consenso»

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La historia de amor de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) con Madrid empezó hace cuarenta y cinco años, cuando pisó, por primera vez, esa ciudad «estrepitosa», «bizarra» y «fascinante» cuyos rincones, hasta ese momento, sólo conocía del juego del palé. Desde 1978, el autor vive en el mismo barrio, en la misma calle y en la misma casa, y, si puede, de ahí nunca se irá. Por eso su último libro, aunque escrito por encargo de su editor, Emili Rosales, es una especie de deuda saldada. Aunque «Madrid» (Destino) es mucho más que una obra sobre una urbe capaz de despertar odios y pasiones encontradas. Es una crónica certera, un testimonio vital, histórico y biográfico, también, en el que Trapiello se entrega, sin concesiones, a la labor de narrar la vida y milagros de su ciudad. Para ello, parte de aquel chaval que, siendo bien chico, se sabía al dedillo los precios de las distintas calles de la lejana capital, y termina con el hombre maduro, de letras, al que, por su saber y conocimiento, convocan para cambiar los nombres de esas mismas vías. Un arco que el lector recorre sin caer, en ningún momento, en el temido aburrimiento, pues el escritor logra convertirse en su invocada Scheherezade, y siempre hay una noche más, tras las mil y una anunciadas.

«Escribir de una ciudad a la que se quiere es muy difícil. He querido contar Madrid como le contamos a un amigo cuando le enseñamos una ciudad: al mismo tiempo que le enseñamos la parte histórica, le vamos contando nuestra vida en la ciudad. La ciudad es Madrid en nosotros y nosotros en Madrid. Yo no encontraba otra forma de contarla«, explicó Trapiello durante la presentación del libro, en el Ayuntamiento de la capital. Estaba «contento», recién llegado del «confín extremeño» en el que ha pasado los últimos siete meses y casi sin saber muy bien cómo colocarse la mascarilla que evita que torzamos el gesto, sí, pero camufla nuestras sonrisas.

«Este libro, si no es por amor no se puede escribir», aclaró Trapiello, que desveló que ha tardado cinco años en escribirlo. «Madrid es una ciudad que se presta a todo el mundo, es realmente acogedora. El hecho de que, desde Felipe II, sea una ciudad hecha de aluviones le da un carácter especial«, reflexionó. Ese carácter propio se traduce en una palabra que, a juicio del escritor, es la que mejor define a Madrid: mezcla. »Es una ciudad híbrida. Todo el mundo arrima el hombro. Madrid es la ciudad por antonomasia de la lucha por la vida, dos tercios de los ciudadanos que vivimos aquí hemos venido a ganarnos la vida«.

«Madrid es la ciudad por antonomasia de la lucha por la vida, dos tercios de los ciudadanos que vivimos aquí hemos venido a ganarnos la vida»

Trapiello, que vive a «dos pasos» de la diosa más madrileña de todas, la Cibeles, ha visto cómo «en los últimos diez años la ciudad se ha transformado» sin perder esa simpatía a la que tantas veces se refirió Galdós. «Madrid tiene la suerte de la fea. Aunque está mal hecha, es una ciudad simpática», aseguró el escritor, en una suerte de continuación de la carta de amor que, en realidad, es el libro. Una obra que «es un libro luminoso», porque a Trapiello «esta ciudad le parece luminosa». Así lo ha demostrado, una y otra vez, a lo largo de su historia, superando acontecimientos terribles, pasados y más recientes, como la tragedia del aceite de colza o los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004. Y lo mismo sucederá, ahora, con la «pesadilla» del coronavirus. «Afortunadamente, la memoria tiene un límite. Madrid se sobrepone a estas cosas, porque sabe que un exceso de memoria daña la vida».

«Madrifobia» y corrupción

De ahí que la «madritirria» o «madrifobia», en palabras de Trapiello, que está provocando la pandemia -o su gestión- de puertas afuera de la capital sea «un poco ridícula». «No es un invento de ahora, no es nada nuevo. Desde que Felipe II elige Madrid, el deseo de otros territorios ha sido constante. Madrid es el centro económico, cultural, deportivo… Tiene muchísimos alicientes y todo eso concita una crítica. A diferencia de otros lugares de España donde yo veo que la victimización es parte de un negocio, en Madrid la gente se queja bastante poco. El madrileño es bastante estoico. Madrid es la libertad en grado sumo».

«A diferencia de otros lugares de España donde yo veo que la victimización es parte de un negocio, en Madrid la gente se queja bastante poco»

Todo ello pese a la rémora que, para el progreso y la convivencia, supone la corrupción política, aunque no cree Trapiello que en Madrid sea mayor que en otras partes. «Madrid trata a sus corruptores como en todas partes. Estamos en un Estado de Derecho. No hay ninguna diferencia con otros sitios de España. En Madrid no hay bula. La identidad de Madrid es que no la tiene, por eso no hay xenofobia o brotes de racismo. Por eso es más difícil gobernar Madrid, porque hay mucha más gente». Eso sí, Trapiello es consciente de que nuestra clase política «no es homogénea, está completamente dividida», y «Madrid es reflejo de todo el país». Una situación que preocupa al escritor, quien advierte: «Hay una crispación que no es buena. A los que creemos en esta Constitución, a los demócratas, nos gustaría que hubiera más consenso».

Largo Caballero e Indalecio Prieto

Y, aunque a Trapiello cada vez le gusta menos «cargar las tintas», sí quiso dejar claro, para terminar, su disgusto con la moción del Ayuntamiento de Madrid para retirar a Largo Caballero e Indalecio Prieto del callejero de la capital. «No me ha gustado que se presentara la proposición en el mismo bloque. Esto no es el rastro. Largo era uno e Indalecio otro. El pasado sí hay que removerlo, pero el límite es complicado. En cualquier caso, no es mejor dejarlo como estaba: Madrid sería insoportable si siguiera el monumento de Franco en el caballo», dijo el escritor, que mantendría la calle de Prieto, pero no la de Caballero. «Entiendo que se proteste por la manera en que se retiran, pero la gente que ha defendido a Largo estos días… no he leído un solo argumento en el que se diga alguna virtud política o democrática que le haga merecedor de una estatua. No representa los principios democráticos de muchos. Aunque fuera una víctima que no pudo volver a España tras la Guerra Civil, alguna responsabilidad política tendrá en el periodo más sangriento de nuestra Historia«, explicó Trapiello.

«Madrid sería insoportable si siguiera el monumento de Franco en el caballo»

El caso de Prieto es diferente, porque, «pese a promover» el golpe de Estado en el 34, fue «algo de lo que se arrepintió toda su vida y buscó una reconciliación». «Me molesta enormemente esta propuesta unida, habría que presentar cada una por separado. La finura consiste en hilar fino, si no, estamos haciendo cosas bastantes burdas», lamentó. Para Trapiello, el origen de estos problemas está en la Ley de Memoria Histórica de Zapatero, que es «bastante mala». «Se puede infringir bastantes veces y, por ejemplo, aplicándola estrictamente alguien como Unamuno no podría tener calles o institutos a su nombre porque se adhirió al golpe de Estado desde el primer minuto, aunque luego cambiara. Legislar sobre la memoria es muy complicado. La memoria es una facultad, no se legisla. Entrar en didactismos no nos lleva a ningún sitio», remató.

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