Turistas yanquis en el palacio de verano de Alejando II, emperador de Rusia

No había hecho más que despuntar la primavera del año 1867 cuando zarpó de Brooklyn rumbo a Tierra Santa un vapor de lujo dotado con cañones y gran cantidad de banderas de las barras y estrellas. Tras cruzar el Atlántico, siguió, con frecuentes escalas en tierra, una singladura por el Mediterráneo y, de propina, el mar Negro, antes de alcanzar su meta. Fue uno de los primeros viajes organizados, tal como se entiende hoy en día, sólo que sin móviles, selfies o apps, extremo que no impedía hiciesen las visitas de rigor a museos, catedrales y monumentos, por no hablar de la adquisición compulsiva de horripilantes recuerdos.

El pasaje, que se componía de 59 adinerados estadounidenses, se complementaba con un joven periodista de Connecticut llamado -o que se hacía llamar- Mark Twain, que viajaba durante los meses del crucero con todos los gastos pagados por revistas de gran tirada, una de Nueva York y la otra de San Francisco.

El viaje se realizaba tan sólo dos años luego de la terminación de la Guerra de Secesión y uno del asesinato de Abraham Lincoln. Aun así, todos los pasajeros, sin excepción, eran patriotas convencidos de la grandeza de su país y de su brillante porvenir. Como para darles la razón, aunque no lo menciona Twain en sus crónicas de abordo, el día 30 de marzo el Gobierno de Estados Unidos le pagó al zar de Rusia, Alejandro II, 7,2 millones de dólares de la época, a cambio de Alaska.

El punto de vista del yanqui orgulloso de pertenecer a una joven y próspera nación no le permite a Twain ver a su paso por Europa más que decadencia, roña y corruptos sistemas políticos anticuados

Asimismo, 1876 fue el año de la publicación de Las aventuras de Tom Sawyer, el libro que le daría fama mundial y fortuna a Mark Twain, extremo que se vería considerablemente aumentado a partir de la publicación, en 1884, de Las Aventuras de Huckleberry Finn. Hoy, empero, al cabo de casi 150 años, la obra de Twain, vista bajo la lupa de lo políticamente correcto e iluminada por los focos del histérico revisionismo histórico a ultranza, ha devenido en la de un escritor blanco, supremacista, misógino, racista y vayan a saber cuántas monstruosidades más. De hecho, ya hay ediciones de sus novelas convenientemente puestas al día, o sea, mutiladas, censuradas.

El punto de vista del yanqui orgulloso de pertenecer a una joven y próspera nación no le permite a Twain ver a su paso por Europa más que decadencia, roña y corruptos sistemas políticos anticuados. Por consiguiente, su actitud dista muy mucho de la de los sofisticados ingleses del XVIII que se deslumbraban ante la belleza que hallaban por doquier durante el Gran Tour por el Mediterráneo. Twain expresa en sus reportajes, sin disimulo o rodeos, el intenso desagrado que le merece el Viejo Continente, e incluso se permite caer repetidas veces en la tentación de aderezar sus descripciones con toda clase de inexactitudes, exageraciones, mentiras gordas y venales, amén, ay, de bulos por un tubo, que seguramente hicieron las delicias de sus editores y los lectores.

Uno de los platos fuertes del crucero tiene lugar en Yalta, Crimea, al ser recibido todo el pasaje nada menos que por el Zar de Rusia, su familia y allegados. Twain no tiene más que palabras elogiosas para Su Majestad Imperial, Alejandro II, Emperador de Rusia. Y puesto que sus anfitriones dominan el inglés, los yanquis se lanzan a conversar con ellos casi como de igual a igual.

La obra de Twain, vista bajo la lupa de lo políticamente correcto e iluminada por los focos del histérico revisionismo histórico ha devenido en la de un escritor blanco, supremacista, misógino, racista

Mientras los turistas ven en el zar a un ser realmente campechano, nada ostentoso, encantador, lo más seguro es que lo único que veía éste en ellos era dinero fresco. No hay que olvidar la simpatía que demostraron los Estados Unidos por Rusia durante la guerra de Crimea (1853 -1856), por no hablar de la ya mentada compraventa de Alaska. De todos modos, cabe preguntase por qué el Zar agasajara en su palacio de verano a un grupo de turistas americanos. Tal vez había gato encerrado, y si lo hubo, nada nos cuenta Twain al respecto. Al fin y al cabo, ¿qué diantres hacían ellos en la orilla norte del mar Negro?

Ni que decir tiene que a los turistas yanquis les caía la baba al hallarse en tan distinguida compañía. El soft power de los Estados Unidos de América ya no sólo abría puertas, sino que serviría en adelante para ocultar el lado oscuro del creciente política expansionista dirigida desde Washington que, pese a tantas guerras y un sinfín de deleznables actividades cometidas más allá de sus fronteras, ha continuado, mal que bien, hasta la presidencia de Trump, otro macho alfa blanco hecho a imagen y semejanza de Mark Twain, hasta en su papel estelar de divulgador de malintencionados bulos.

Bien pensado, quizás se asemeja algo más de lo deseable la actitud servil mostrada por Mark Twain ante Alejandro II a la del turista yanqui Trump ante el todopoderoso zar Putin. Sea como sea, de alguna manera estaban condenados a entenderse estos dos paladines de lo fake.

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