Un cartel

Y al final, la historia es un cartel. No era una historia del montón, ni el cartel lo es tampoco. La historia es la de…

Y al final, la historia es un cartel. No era una historia del montón, ni el cartel lo es tampoco. La historia es la de más de medio siglo de violencia que sacudió los cimientos y las entrañas de un país. El cartel, en consonancia con la envergadura de lo que se pretende proclamar que se cuenta, se adueña por entero de la esquina principal de la arteria emblemática de la capital del país en cuestión. Y para que no quede duda, al cartel se le añade una leyenda: «Todos somos parte de esta historia».

El alarde es de los que no pasan inadvertidos, por lo que quien lo coloca no puede llamarse a engaño: va a suscitar, en la máxima medida, cuantas reacciones sea susceptible de producir. Hay, eso sí, un problema de principio: todo parte de una novela, que se asoma a la gran historia por una mirilla particular, la de la perspectiva, la sensibilidad y el talento de su autor, que elige mostrar una tesela del mosaico, un trozo del gran argumento. En el libro se habla, con valor y detalles antes eludidos -de ahí su éxito- de unos fragmentos del dolor, dejando fuera otros. Y a su vez ese libro ha sido objeto de una concreción aún mayor: lo han traducido a un guión audiovisual, que de cuantas imágenes convoca la lectura selecciona sólo una parte, aquellas que quien escribe y produce el artefacto televisivo prefiere rodar, de una forma -un encuadre, una luz, una interpretación, un vestuario, unos planos- que a su vez lleva a una acotación suplementaria de la mirada y, por lo tanto, de la narración. De lo que se cuenta y lo que no se cuenta, y de la intención que en ello subyace.

El cartel, para sostener la descomunal afirmación con la que van a presentarlo al escrutinio del público, cuenta sólo con ese material, fruto de destilaciones -y mutilaciones- sucesivas. Es un empeño condenado a crear polémica, y probablemente al fracaso. No va a conseguir que todos nos sintamos incluidos en él, como apuesta el letrero que lo adorna. Y no lo va a conseguir porque es imposible que lo haga, porque en su plasmación final contiene tantas elecciones -discutibles, ostensibles y arrimadas a una parte del dolor, apartándose de otra- que la disidencia está garantizada. No es así como se busca conmover a todos.

Un cartel vale tanto por lo que desvela como por lo que deja sólo entrever. Lo que este desvela está muy claro: en su mitad izquierda se ve un hombre desnudo, una forma llamativa y a la vez estilizada, iluminada como las anatomías inapelables de un Caravaggio. Es una víctima resplandeciente, que resalta con su luz no sólo su dolor sino también la crueldad de quien se lo ha infligido, unos seres perfectamente visibles y reconocibles en un segundo plano que pesa como el primero. En la mitad derecha del cartel, en cambio, se ve una figura borrosa caída en el suelo, un bulto humano amorfo sobre el que llora una mujer, velados ambos por la atmósfera gris de una jornada lluviosa. De los que ejercen esa violencia no hay ni rastro. Igual podría haber sido derribado el hombre por un rayo caído durante la tormenta.

Es lo que hay: el cartelista ha compuesto su trabajo con las imágenes que le daba la serie televisiva que se trata de anunciar, que a su vez ha extraído sus violencias y quienes las sufren del repertorio que la novela ofrece. Al final, lo que vemos es el fruto de una cadena de decisiones, que no son inocentes, a las que no se puede negar legitimidad artística -cada artista mira lo que quiere- pero que pueden cuestionarse, naturalmente, y sobre todo no compartirse, o rechazarse en el sesgo que proponen.

No, no estamos todos en esta historia, en este cartel en el que alguien ha pretendido resumirla. Ni en lo que ve ni en cómo lo ve. Por no cansar al lector que haya llegado hasta aquí, entre las muchas imágenes omitidas se encuentran las de los niños que murieron, las de los rostros de quienes aceptaron matarlos. Sin ellos, esta es una historia más, con su afán y su propósito.

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