Un corridón de Victoriano del Río: Ponce vuela por la Puerta de los Cónsules

El maestro de Chiva corta tres orejas a un importante sexteto de irreprochable trapío del ganadero de Guadalix; la potente bravura del tercero, premiada con…

«¡Mira cómo es!», empezó a decirle al toro Enrique Ponce de mitad de faena en adelante. Lo que se veía era cómo era el toro: pronto y encastado, exigiendo mucho y mando por abajo. Ponce basó la faena en el pitón derecho, de mayor fijeza. Y pretendía el relajo estético. Que le salía ligero por la tensión de la embestida del cinqueño pasado, serio por dentro y por fuera. EP sudaba la gota gorda en la cara. El sudor de esfuerzo camuflado de la dignidad mordida. En los logradísimos cambios de mano, que fueron tres, el toro obedeció desdiciendo su incertidumbre a izquierdas. El final de faena fue por roblesinas y otras golosinas genuflexas. La espada se hundió desprendida y mortífera. Cayó la oreja para incombustible maestro y aplaudieron mucho el alto voltaje del muerto.

Cinqueño como toda la corrida (menos el último) saltó Misigato al ruedo ovalado. Otra cosa. Más corto de extremidades y, sobre todo, con una clase primorosa. La nobleza llevada a la excelencia. Al principio de faena perdió accidentalmente las manos. Pedía la suavidad que regalaba. No siempre se la dio Curro Díaz. Que cuantos menos toques dio se sintió más y se entendió mejor. Fueron las menos veces. Planteó los muletazos de muchas formas. La más notable por el camino del toro, claro. A Misigato las mulillas lo arrastraron entero. Sensación de oportunidad perdida, pinchazo hondo y descabello aparte.

La corrida de Victoriano del Río, de irreprochable presencia, creció en importancia con el imponente tercero, herrado con el hierro de Toros de Cortés. Descreído traía un trapío asombroso y un poderío formidable y una bravura potentísima. Emilio de Justo, repuesto de un susto en un quite al toro de Díaz, lo cuajó con el capote a la verónica. Descreído atacó en el caballo con todo, empujando hasta con la penca del rabo. En banderillas galopaba con fuego en las pisadas. De Justo lo pudo por bajo en el prólogo de faena. No había otra. Y ya erguido lo siguió sometiendo en su derecha con gobierno muy torero. Las tres series siguientes surgieron ardientes y macizas, inteligente el torero para perder un paso ante tanta repetición. Los pases de pecho abrochaban y elevaban las rondas con formidable empaque. En la izquierda se atenuó la pasión pero el toro se salía más de los vuelos. La intensidad disminuyó desde entonces por pura lógica: el toro venía dándose por abajo en cada acometida. Un pinchazo precedió a un estoconazo hasta los gavilanes. El premio de la vuelta al ruedo en el arrastre para Descreído no sorprendió a nadie. El trofeo para Emilio de Justo tampoco: tuvo el peso de la verdad.

La estrechez de sienes del cuarto anunciaba una calidad especial. Y fue. Pese al poder contado. Pero el fondo del toro se impuso a ese punto débil. Enrique Ponce lo toreó a placer desde un elegante inicio a pura muñeca. La banda sonora de Morricone para La Misión envolvió la faena. Tanto empalago sonoro causa su efecto en el público. Que se emociona cuando suena el «Gabriel’s oboe». Tan despacio como la embestida. Como los naturales de una serie a cámara lenta, casi de uno en uno. Ponce se abandonó, se recreó a pulso. Disfrutó de la exquisitez a modo. Casi posando. Entre chivanas y floridos finales. Fulminó al encuentro a Bocinero. Que rodó sin puntilla. Como las orejas que lanzaban al veterano imparable de Chiva por la Puerta de los Cónsules.

Manseó el burraco quinto en los tercios previos. Pero sacó una movilidad de larga duración, carente de estilo. Entre pegajoso, rebrincado y perdiendo el celo. Todo sin parar. Ese movimiento que tapa defectos. Curro Díaz se acordaría de su toro anterior. No le faltó actitud, ni volvió la cara. La espada le negó la mayor. Menos una cariñosa vuelta al ruedo.

Mucho se vació en el caballo el último toro. Y no poco castigado. Acusaría luego el quebranto. Muy sangrado. Su humillación prometía, pero… De Justo lo esperó cuando hubo de hacerlo de mitad de faena en adelante. Antes dejó muletazos de cara ejecución, especialmente por la mano izquierda. Quizá excedió otra vez el tiempo y apuró el extremeño el afán de triunfo. Al postre por manoletinas esta vez. El acero apagó cualquier atisbo de esperanza ya.

A Ponce lo sacaron en volandas por la Puerta de los Cónsules mientras saludaba al mayoral de Victoriano del Río. Que bien podía haberlo acompañado. De haberse dado otro marcador, seguro.

Victoriano del Río / Enrique Ponce, Curro Díaz y Emilio de Justo

Coliseo de Nimes. Viernes, 18 de septiembre de 2020. Segunda de la Feria de la Vendimia. 4.000 personas (lleno según la normativa permitida). Toros de Victoriano del Río y uno de Toros de Cortés (3),todos cinqueños menos el último; de irreprochable presentación; el bravísimo 3º premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre dentro de un conjunto más que notable; desde las clase de 2º y 4º a la casta del 1, la movilidad sin estilo del 5º y la humillación del 6º, que muy sangrado se vino abajo.

Enrique Ponce, de rosa palo y oro. Estocada casi entera y desprendida. Aviso (oreja). En el cuarto, estocada al encuentro (dos orejas). Salió a hombros por la Puerta de los Cónsules.

Curro Díaz, de azul marino y oro. Pinchazo hondo y descabello (saludos). En el quinto, dos pinchazos y estocada (vuelta al ruedo).

Emilio de Justo, de tabaco y oro. Pinchazo y estocada (oreja). En el sexto, dos pinchazos y estocada (saludos)


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