«Un pirata contra el capital»: El hombre más infame del mundo

Steven Johnson. (Washington, 1968). Firma en «The New York Times» y «The Wall Street Journal»

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«Un pirata contra el capital»: El hombre más infame del mundo

En la historia de Henry Every está todo lo que un buen lector de aventuras y viajes necesita

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«No he causado ningún mal a ingleses u holandeses». Henry Every incluyó estas palabras exculpatorias en una carta fechada en 1694 y destinada a las autoridades de la Compañía inglesa de las Indias orientales. Poco después desapareció sin dejar rastro. Every era un mentiroso consumado. A sus connacionales les causó males que lo hubieran llevado a la horca, si lo hubieran atrapado. Así ocurrió el 25 de noviembre de 1696 con cinco de sus compañeros de fechorías, colgados en el muelle de las ejecuciones del Támesis. Uno de ellos, el joven Adam Forsyth, había señalado en su sermón de despedida frente a la multitud expectante: «El delito no compensa». En la mentalidad de la época, el arrepentimiento era un pasaporte al cielo, igual que el abandono de la herejía.

Como escribe el autor de este libro maravilloso que constituye un nuevo género en sí mismo, «Every y sus hombres eran violadores del peor orden». De hombres y mujeres. También torturadores, asesinos, ladrones y descuartizadores de cuerpos y almas. Every había nacido en Devon, un condado de gente de mar, al oeste de Inglaterra. Alto, de ojos grises, según escribió uno de sus compañeros de fatigas (o sea, de crímenes), gozaba de una condición física impresionante y solía llevar «una peluca de color claro». En una época de transición desde la piratería seiscentista, «por libre», con múltiples centros y formas de jerarquía difusas, hacia un corso controlado y al servicio de las relaciones internacionales de los Estados, Every dio el gran golpe. El último posible.

Un acuerdo ventajoso

Además tuvo la inteligencia suficiente para retirarse y desaparecer. Steven Johnson ofrece en los 31 pequeños capítulos del volumen, divididos en cuatro partes, su historia novelada, mucho mejor que tantas malas ficciones que nos aquejan, sin documentación, pasiones ni trama. Aquí está todo lo que un buen lector de aventuras y viajes necesita, con un instinto y una perspectiva que denota la cultura visual en la que nos encontramos. El complicado título original del libro, «Enemigo de la humanidad. Un relato verdadero de piratería, poder e historia, la primera caza global al hombre», tiene la ventaja de explicar mucho mejor de qué se trata. Every no tiene nada contra el capital. Todo lo contrario. Lo que quiere es apoderarse de él. Puede ser un héroe tanto para anticapitalistas y otros fósiles decimonónicos, como para libertarios neoliberales y emprendedores.

La primera parte, «La expedición», refiere la organización de una «expedición española» por parte de inversores londinenses que creen tener buenos contactos en la corte de Carlos II, nombre con el que bautizan al veloz navío principal. Su objetivo es el comercio privilegiado con la América española, lo que será más tarde el «navío de permiso». La brillante diplomacia española (esto el autor no lo entiende y acude a explicaciones banales sobre la burocracia) los mantiene esperando un supuesto permiso en La Coruña durante seis meses, de modo que el taimado Every organiza un motín, narrado en la segunda parte del libro. El navío se convierte en el «Fancy». «No teme a quien lo pueda perseguir» y, en contra de lo habitual que es el Atlántico, se dirige hacia el Índico. En «El robo» se explica por qué fue un hombre con suerte.

También el fino equilibrio en el que se balanceaban los europeos en Asia, inermes hasta el siglo XIX ante la fuerza incontenible de la India, China y Japón. Every se topó con un barco cargado de tesoros (incluidas princesas indias) que se dirigían en peregrinación a La Meca. En su libro de 1720 «Avery, el pirata afortunado», Daniel Defoe menciona la reiterada buena suerte del pirata: el comandante indio era un cobarde, a los artilleros enemigos les estalló un cañón y los suyos acertaron en el palo mayor. Tras repartirse como hermanos el botín, los piratas se separaron y Every se dirigió a las Bahamas, donde halló un gobernador comprensivo y sobornable. De allí retornó a Irlanda y desapareció. Los gobernantes mogoles de la India apretaron las tuercas a los probos funcionarios de la Compañía inglesa de la Indias, pero al final lograron un acuerdo ventajoso para todos. Y es que, al revés de lo que cuentan las películas de Hollywood, ningun pirata cambió nunca el curso de la Historia.

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