Una vacuna para la ciudad enferma

Las principales ciudades de Europa entran de nuevo en la UCI. La aprobación de medidas desesperadas para contener la pandemia va a sacrificar miles de puestos de trabajo en los centros urbanos, algunos de forma indefinida. Quién más quién menos ya ha aprendido que la expresión temporal dos semanas es un eufemismo que emplean las administraciones en el umbral de la aplicación de restricciones que van a prolongarse durante bastante más tiempo.

En lo que se refiere a la reputación, el ranking global vuelve a igualarse por la parte baja. La vida cotidiana se ha esfumado al tiempo que lo hacían los restaurantes y las cafeterías. Queda la luz tenue pero aún encendida de la cultura, que se adapta de forma insospechada a este entorno hostil, como demuestra ese Festival de Literatura Latinoamericana de la librería Lata Peinada del Raval que ha sacado los debates a la calle para sobrevivir. Pero Londres, París, Berlín o Barcelona son, sin lugar a dudas, una sombra de lo que eran.

Algunas ciudades, como las del norte de Italia, han salido mejor paradas en cuestión de imagen, aunque no cantan victoria porque el virus se revuelve contra quién lo da por vencido. Otras se han situado en el peor de los focos posibles, como Madrid, entregada a un soberanismo excluyente que deteriora su marca global y la aleja de las políticas que funcionan razonablemente bien en otros lugares.

No podían haber tenido un destino más distinto las sedes históricas de Correos en Madrid y Barcelona

En cualquier caso, surge una duda: ¿Cabe preocuparse por la reputación internacional de una ciudad en un momento en que sus calles se llenan de personas sin recursos que se buscan la vida vendiendo lo que sea en vía pública para subsistir?

Por desgracia para los gobernantes locales, no queda otra opción que intentar la cuadratura del círculo: impulsar políticas cortoplacistas para atender la emergencia social, sin dejar de planificar, al mismo tiempo, una ciudad del futuro donde la gente se gane la vida con dignidad. Y si puede ser a través de proyectos que además de crear empleo y regenerar el tejido urbano consiguen mejorar la reputación de la metrópoli, mejor.

De vez en cuando surgen oportunidades así, ideas que requieren de un lento proceso de maduración y que cuando se sustancian se encuentran con un escenario más propicio del que podía preverse en un principio. Y hay que aprovecharlo.

El teniente de alcalde Jaume Collboni, la alcaldesa Ada Colau, el ministro Jose Luis Ábalos, el presidente de Correos, Juan Manuel Serrano y el delegado del Consorcio de la Zona Franca, Pere Navarro, durante la formalización del acuerdo en Correos. / DAVID ZORRAKINO-EP
El teniente de alcalde Jaume Collboni, la alcaldesa Ada Colau, el ministro Jose Luis Ábalos, el presidente de Correos, Juan Manuel Serrano y el delegado del Consorcio de la Zona Franca, Pere Navarro, durante la formalización del acuerdo en Correos. / DAVID ZORRAKINO-EP

Uno de estos proyectos es el que ha arrancado esta semana en el edificio de Correos en Ciutat Vella. La cesión del inmueble a la ciudad irá seguida de la implantación en parte de sus dependencias de empresas tecnológicas y start-ups, lo que supondrá ampliar el efecto positivo de Barcelona Tech City en el Pier01.

Un aspecto relevante del acuerdo es que lo suscriba una alcaldesa, Ada Colau, cuyo partido llegó al gobierno municipal con un discurso crítico con la colaboración público-privada. El director general de Barcelona Global, Mateu Hernández, añade a esta apreciación el simbolismo que tiene el hecho de que un alcalde madrileño del PP, Alberto Ruiz-Gallardón, convirtiera el edificio histórico de Correos en el ayuntamiento de la capital y que, en cambio, el equivalente barcelonés de aquel edificio vaya a acoger ahora empresas privadas tras un acuerdo suscrito por un ayuntamiento de izquierdas.

Las bases para el desarrollo del proyecto están asentadas. Nadie duda que el mejor remedio para combatir el envejecimiento prematuro de Ciutat Vella –al centro le han caído de repente 40 años encima– es el regreso de la actividad económica. Que cada día trabajen en sus edificios personas que a la vez consuman en los restaurantes y comercios locales, conviviendo con un turismo que no debería volver a ser la única fuente de ingresos.

Además, el discurso de la innovación que se extiende como una capa de aceite por el tejido urbano es de lo mejor que puede vender Barcelona para lograr una buena imagen exterior que le ayude a atraer inversiones y talento.

El riesgo es que no se haya asumido que ya no es admisible la lentitud exasperante con que se acometían este tipo de proyectos antes de la pandemia. La arquitectura, la ingeniería y el diseño han encontrado soluciones que permiten adecuar edificios vetustos con una celeridad y un precio que antes eran impensables.

Con el debido respeto de todas las garantías laborales y jurídicas, las estructuras de la administración también deberían adaptarse a los nuevos tiempos convulsos con la flexibilidad con que lo hacen los autónomos y asalariados que tratan de salir vivos de la escape room en que se han convertido sus vidas desde el mes de marzo.

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