'Una ventana al mar': cuando la pena se la lleva el agua

Es biología pura asistir a la marcha de quienes nos preceden, de quienes nos han querido. Los hijos debemos decir adiós a las padres, el…

Es biología pura asistir a la marcha de quienes nos preceden, de quienes nos han querido. Los hijos debemos decir adiós a los padres, el problema es el cómo. Todos los espectadores que vayan a ver Una ventana al mar conocerán a alguien que ha fallecido de cáncer. No es una frase vacía, es una estadística.

El tema consiste en si el adiós debe consistir en aferrarse a la vida, como siempre quieren los hijos, o en que la vida es lo que debe aferrarse al adiós. La nueva película de Miguel Ángel Jiménez, que se estrena hoy en cines, trata sobre esto. Su madre, nuestras madres, es en este caso Emma Suárez. Ella interpreta a María, una funcionaria diagnosticada con un tumor cabrón que le hace replantearse su vida. En el intervalo de un ciclo de quimioterapia realiza un viaje a Grecia y conoce a un pescador de esponjas interpretado por Akilas Karazisis. Será en una pequeña isla donde encontrará una vida que nunca había imaginado al tiempo que su hijo la insta a regresar a Bilbao.

Resulta impactante que hasta que no nos llega la muerte no tomamos decisiones importantes en la vida. Jiménez perdió a su madre de un cáncer tras meses de angustia hospitalaria. «Al principio me daba vergüenza hacer una película de un tema tan personal, pero ahora estoy contento», reconoce el director de largometrajes como Chaika y Ori.

La isla de Nisyros, donde se desarrolla gran parte de la historia, es un lugar hermoso, que brilla con la fotografía de Gorka Gómez Andreu, alejado del furor turístico de otras islas griegas más famosas como Mykonos y Santonrini. Un mar bendecido por la paz. «En 2013, tres meses después de haber perdido a mi madre, me encontraba subido a un escúter en Nisyros. El sol estaba a punto de ocultarse en el mar y yo estaba bajando la ladera de una montaña. Pensé en la suerte que tenía de estar allí, en los lugares que había recorrido gracias a mi trabajo», cuenta Jiménez. «Recordé que mi madre especuló con la posibilidad de que dejara el tratamiento y la llevara lejos, muy lejos. Todo quedó en nada. Sé que Nisyros le habría encantado».

Recordé que mi madre especuló con la posibilidad de dejar el tratamiento e irse lejos, muy lejos

Miguel Ángel Jiménez, director

Una ventana al mar es el viaje que querríamos haber hecho con nuestros padres cuando todo terminaba y que no nos atrevimos a hacer, pero que con el tiempo imaginamos. Pero la película tiene más cosas. Emma Suárez nos advierte: «Es una historia optimista, esperanzadora, luminosa». La actriz apoyó desde sus inicios esta coproducción hispanogriega, incluso antes de que tuviera financiación.

Son muchas las películas que han tratado la búsqueda de un último soplo vital. Tema siempre complicado porque es muy dado a trampas emocionales, con una muy delicada frontera entre la lágrima furtiva del espectador al aspersor de jardín en la sala de butacas. Para ello el cine ha recorrido a todos los registros y grados. Desde el clásico melodrama (Volver a empezar, La fuerza del cariño), el existencialismo (Mi vida sin mí), la comedia (Ahora o nunca) o, por ejemplo, la fábula pedagógica (Un monstruo viene a verme).

Jiménez opta por la emoción, pero contenida, sin efectos, de forma elegante. «En el montaje he eliminado la música en algunas secuencias porque no era necesaria para acentuar sentimientos», explica.

Una ventana al mar fue presentada en el Festival de San Sebastián del año pasado. Su proyección concluyó con una gran ovación en el teatro María Eugenia. Por desgracia, su participación en varios festivales de EEUU y el estreno, programado para abril, fueron bloqueados por el maldito virus.

Jiménez, autor de varias coproducciones europeas, reconoce que no es un buen momento para estrenar, pero tiene confianza: «Esta no es una película para los críticos, es una película para que la vea todo tipo de público, para mi tía Eloísa».


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