Vacuna tóxica en el rincón de la Amazonia de los yanomami

Los yanomami tuvieron la fortuna – o más bien la desgracia, como veremos- de ser una de las últimas tribus de Amazonia en entrar en contacto con emisarios llegados inesperadamente del mundo exterior al suyo perdido en el corazón de la selva en la que aún no se concebía la existencia de fronteras entre Venezuela y Brasil, naciones ambas de las que, por su puesto, nada sabían. Ocurrió en la década de 1960, de mano de una expedición organizada por la Atomic Energy Commission (AEC). Esta comisión se creó en 1946 bajo la égida del Gobierno de Estados Unidos y cuyo cometido consistía en el estudio de los efectos de Hiroshima y Nagasaki amén de investigar el desarrollo de nuevos usos -y abusos- de la energía atómica. Dejaría de existir en 1974 al ser descubierta una serie de irregularidades.

Enviados y financiados por la AEC, penetraron en la selva de los yanomami, en 1964, el profesor James Neel, prestigioso genetista cincuentón que había estudiado las radiaciones en Japón inmediatamente después de la guerra, y Napoleón Chagnon, un antropólogo cultural recién licenciado de 26 años. Fuera el que fuera el motivo oficial de su misión, lo que hicieron con los yanomami no tiene nombre, aunque esto no se sabría hasta mucho más tarde, cuando se llegó a comparar sus actividades como una suerte de El corazón de las tinieblas de Conrad protagonizado por el doctor Mengele.

Tal vez uno de los peores errores que puede cometer un científico, y ya no digamos un antropólogo o epidemiólogo, consiste en llevar a cabo una investigación partiendo de una inamovible idea preconcebida, que es precisamente lo que hicieron estos dos hombres al irrumpir sin ser invitados en la impenetrable selva de los yanomami bien lejos del escrutinio de cualquier control, fuera científico, gubernamental o policial.

A fin de prestar verosimilitud a sus preconcebidas teorías descritas en su estudio de campo, era preciso establecer desde un principio, por mucho que faltasen a la verdad, la ferocidad inherente a la cultura de estos “primitivos moradores” de la selva aislados del resto de la humanidad. Y a fe que se emplearon a fondo en el intento, hasta el extremo de afirmar en los libros que más adelante publicarían, que se trataba del pueblo más violento del mundo. Para mayor inri, nada más enterarse una señora de Florida de la existencia de los perversos yanomami, registró en el World Wide Web el nombre Yanomami.com, por el que pedía inicialmente 25.000 dólares al mejor postor, en un flagrante caso de “ciberokupación”.

Los trabajos -y teorías- de Neel y Chagnon gozaron de amplio reconocimiento tanto académico como popular, hasta que en el 2000 publicara el periodista de investigación Patrick Tierney Oscuridad en El Dorado, que cayó como una bomba en las facultades de Antropología. Las acusaciones de Tierney ponían los pelos de punta, entre las que destacaban, entre otras muchas, criminalidad, corrupción y hasta genocidio. Sostiene en su libro que no sólo inyectaron a los yanomami con una virulenta vacuna llamada Edmonson B, que causó la muerte de un indeterminado número de nativos pero que seguramente se contaban por centenares o tal vez millares, sino que se negaron a suministrar a los contagiados ningún tipo de ayuda médica, ya que tan sólo estaban allí para observar y anotar la epidemia ¡que ellos mismos habían desencadenado!

Por mucho que exagerara o manipulara Tierney en su denuncia de Neel y Chagnon, lo que pasó en esa remota selva nos remite a nuestra propia realidad en la que ahora somos nosotros los yanomami a la merced no sólo de teorías científicas a cual más rebuscada e interesada, sino de incompetentes, corruptos, interesados e ignorantes políticos. Entretanto, la Covid-19 y la destrucción de la Amazonia avanzan que es una barbaridad. Quién fuera un yanomami anterior a la irrupción de la civilización en su “primitiva existencia”.

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