Viaje a las entrañas del órgano olvidado de Barcelona

Si Tim Burton lo hubiera visitado por dentro, habría ambientado en él una de sus películas góticas, quién sabe sin con Helena Bonham Carter en el papel de ama de sus 11.171 tubos. Se trata de un castillo encantado de tres pisos unidos por empinadas escaleras, del sueño de todo organista, de una máquina de los prodigios adelantada a su tiempo que algún día volverá a deslumbrar. “El órgano más importante del mundo”, lo definía una portada de La Vanguardia en 1956.

El descomunal órgano de la Sala Oval es hoy un gran desconocido para los barceloneses, tras más de 40 años de decrepitud y silencio. El MNAC, que lo acoge, ha impulsado discretas conversaciones con personas e instituciones de la ciudad para encontrar la manera de procurarle un futuro, ni que sea en el horizonte lejano de 2029, cuando se conmemoren los cien años de su estreno en plena Exposición Internacional. Su director, Pepe Serra, suele referirse a ese aniversario como un reto para relanzar el museo y la montaña de Montjuïc.

En el debate preliminar han participado el codirector del festival Sónar, Ricard Robles; el organista y profesor de ESMUC Juan de la Rubia; el maestro organero Óscar Laguna o el director de Hangar, Lluís Nacenta, entre otros agentes culturales de la ciudad. De ahí salió un anteproyecto que el coronavirus ha dejado desfasado, pero, sobre todo, el consenso sobre la necesidad de abordar algún día la reparación de una pieza de valor incalculable.

El museo, obviamente, tiene hoy otras prioridades. Pero nunca ha dejado de ver en el órgano una oportunidad de liderar un gran proyecto cultural y educativo.

Para llegar al 2029 habría que darse cierta prisa. Se calcula que la reparación del órgano, cuyo coste superaría los cinco millones de euros, duraría seis o siete años. Y no puede decirse que ahora se den las condiciones para emprender semejante aventura. Mientras tanto, el MNAC mantiene el instrumento limpio y asegurado, aunque el deterioro de las piezas es evidente.

Son demasiados años de abandono, desde 1974, cuando la gran organista Montserrat Torrent –una mujer que rompió moldes al especializarse en un instrumento que era cosa de hombres– dijo “basta” al caer a su lado un trozo del techo mientras tocaba. Era la gota que colmaba el vaso después de años de remiendos y chapuzas. Con ella se fueron los alumnos del Conservatori de Barcelona y el órgano, como el edificio, se apagó.

Fue una auténtica lástima, tratándose de un ejemplar único (está entre los tres mayores de Europa y entre los 10 del mundo), similar al del Royal Albert Hall de Londres o al del Blue Hall de Estocolmo, donde se entregan los premios Nobel.

En una gran reforma acometida en los años 50, la consola del órgano se amplió con un sexto teclado. Sus tubos escalan hasta perderse en el espacio situado entre el falso techo y la bóveda exterior del Palau Nacional y, desde ahí, siguen hasta el centro de la Sala Oval, por donde saldría también sonido.

En los 80, las obras efectuadas en el Palau Nacional para restaurarlo y convertirlo en sede del MNAC fueron la puntilla. La pieza no se protegió como se debía y se acabó de echar a perder. Pasear hoy por sus entrañas genera sensaciones encontradas: al tiempo que se admira la grandiosidad y complejidad del órgano se lamenta que la ciudad haya permitido una decadencia tan brutal de semejante tesoro.

Se accede por una puerta lateral situada al fondo de un comedor para empleados del museo. Después se atraviesa un estrechísimo pasillo –hay que caminar casi de lado– y se suben unas delgadas escaleras hasta una pasarela desde la que se aprecian las diferentes plantas del edificio que es en realidad el instrumento. Hay portezuelas que al abrirse descubren tubos y más tubos. Grandes, medianos, pequeños, colosales, microscópicos: un bosque encantado que un día fue música.

Muchos tubos están maltrechos y requerirán de una restauración minuciosa. Por todas partes son visibles los estragos causados por el deterioro de un Palau que se ha desplomado literalmente sobre el órgano, con sus humedades añadidas.

El instrumento vivió, por supuesto, épocas mejores. El organista Alfred Sittard lo estrenó en julio de 1929. Lo había construido la firma alemana Walcker, de Ludwigsburg, con todas las innovaciones de entonces. Como recuerda el organista Juan de la Rubia, “este Airbus 380 de los órganos responde al concepto de las grandes exposiciones, que querían mostrar lo más avanzado de su época”.

“En este caso –añade– se entendió que la manera de presumir de los avances de la tecnología aplicada a las artes era construir un gran órgano, un prodigio técnico.”

(Detalle de algunos de los tubos, con inscripciones hechas con tiza / XAVIER CERVERA)

Ricard Robles, del Sónar, comenta que “casi toda la vida de este órgano ha transcurrido en dictadura, por lo que ahora le tocaría vivir la democracia”.

Tal vez uno de los momentos más siniestros de su historia fue cuando el Ministerio de Propaganda de Hitler envió al pianista Martin Gunther Foerstemann a interpretar un concierto de regalo a Barcelona en el órgano (alemán) del Salón de Fiestas, que es como se conocía la Sala Oval. Sucedió en la “festividad de la Merced de 1942”.

Pero más allá de algunos episodios para el olvido, todos los interesados en este proyecto de salvamento subrayan el carácter civil y comunitario del órgano, así como la importancia de que pertenezca a un museo público. “Hay muy pocos órganos en el mundo que no estén en el ámbito de la Iglesia o de las grandes salas de conciertos, y este está en una plaza pública, ya que la Sala Oval tiene la consideración de plaza pública cubierta”, resalta Robles.

Un repaso a la hemeroteca de este diario confirma el carácter popular –y hasta a veces se diría que populachero– de este instrumento singular. Sirvió para ambientar las fiestas de estreno en sociedad de las jóvenes barcelonesas y también para interpretar, en galas con claro interés comercial, bandas sonoras de películas recién estrenadas, como Turbante blanco, filme de 1943 de Ignacio F. Iquino.

(Este estrecho pasillo forma parte del complejo interior del órgano. / XAVIER CERVERA)

Por él han pasado los mejores organistas, como el francés Paul Frank, profesor de Montserrat Torrent, que le sucedió como intérprete de referencia en el Palau Nacional. Los conciertos solían celebrarse los domingos por la mañana y, en ocasiones solemnes, se retransmitían por la megafonía del paseo de Maria Cristina.

¿Por qué recuperarlo ahora? ¿Qué sentido tiene hacerlo en una ciudad donde, advierte De la Rubia, languidecen otros órganos menores pendientes de urgentes trabajos de restauración?

Para este intérprete de fama internacional, organista de la Sagrada Família, su recuperación debería enmarcarse en un ambicioso plan de proyección global de Barcelona vinculado al desarrollo de la montaña de las artes: “De la misma manera que se recuperaron el Pabellón Mies van der Rohe o las cuatro columnas de Puig i Cadafalch, ahora habría que recuperar el órgano”.

Montaje de los tubos durante la reparación integral efectuada en 1956 / CARLOS PÉREZ DE ROZAS
Montaje de los tubos durante la reparación integral efectuada en 1956 / CARLOS PÉREZ DE ROZAS

El anteproyecto realizado el pasado año se basaba, para amortizar la inversión, en el uso cultural y educativo del órgano, en línea con la que fue la principal utilidad del instrumento durante su época de vida activa. Pero apuntaba más ventajas: además de ser una atracción turística –la visita al laberinto de tubos y escaleras no tiene precio–, toda la operación de reforma serviría para impulsar la investigación artística y tecnológica. El propio Hangar y el Sonar+D son ejemplos de que en Barcelona hay un ecosistema de conocimiento propicio para asumir este proyecto.

Robles subraya la versatilidad del mismo: “En sintonía con el que ha sido su pasado popular, este órgano no estaría secuestrado por las élites, sino que serviría tanto para interpretar música clásica como avanzada; sería un laboratorio artístico y cultural”.

(VIsta general de la gran Sala Oval, con el órgano al fondo / XAVIER CERVERA)

Por ahora, el silencio del órgano solo lo rompe el viento, que en días agitados se cuela por los tubos y los hace sonar como si hubiera un maestro al mando en una leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer. O acciones artísticas que insuflan un hálito de vida al desvencijado instrumento, como la protagonizada hace unos días por el artista Fito Conesa en el marco del proyecto TENORA, una colaboración entre Homesession y el MNAC.

Solo en actos esporádicos, o durante las noches de los museos –cuando se celebraban– suena la música en la antiga Sala de Fiestas del Palau Nacional. La última vez que lo hizo a todo trapo fue en una actuación de los Rolling Stones para los invitados de un banco, en 2007. Los conservadores del museo se aseguraron de que lo decibelios no dañaran las obras de arte. La ventaja es que ahora ya sabemos que si el Pantocrátor resistió entonces el retumbar del bajo en Miss You, sobrevivirá también al órgano de los 11.171 tubos el día en que este regrese de entre los muertos.

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