Víctor García León convierte 'Los europeos' de Azcona en una proverbial y profundamente triste comedia rota

El director adapta la novela que el guionista publicó en 1960 hasta convertirla en una agria radiografía de la insatisfacción y de España entera

Manejarse con la vida es complicado. Mantenía Rafael Azcona que la vida consiste en el ejercicio imposible de dar con la cantidad exacta de aire insuflado desde los pulmones que cabe en un globo. La sensación de fracaso vale tanto para el que permanece sin averiguar el límite (siempre quedará la duda de un soplido más) como para el que asiste al simple estallido de su ansía más elemental. Somos animales insatisfechos. También decía que el cine, así en general, debería prohibirse porque no sólo te vuelve idiota sino que te devuelve a la realidad hecho una piltrafa. ‘Los europeos’, firmada por Víctor García León sobre la novela que el guionista publicó en 1960, se mueve exactamente entre estas dos reflexiones: entre el humor que ahoga de la primera y la clarividencia autocrítica de la segunda. Y en medio, una comedia proverbialmente triste; un inmejorable cierre para un Festival de Málaga raro, pandémicamente extraño.

«Quizá la imagen del Azcona más celebrado esté ligada a Berlanga, que era un valenciano optimista. Pero luego hay otro, el de Marco Ferreri, más cerca del humor violento y de la tragedia cómica, que es precisamente el Azcona que más me interesa», comenta el director para evitar perplejidades y, ya puestos, anticipar desilusiones que, como no podía ser de otro modo, las hay. Porque, en efecto, ‘Los europeos’ es no tanto una película insatisfecha como una película para y sobre la insatisfacción (el matiz importa); luminosa en su descarada tristeza; desengañada en su convicción a la hora de reflejar y contar un mundo esencialmente ridículo y, como se apuntaba arriba, sin aire. Es cine anticatártico que refuta la grandilocuencia por fuerza brillante e hipnótica del cine.

Para situarnos, la película cuenta la historia de dos jóvenes que en lo más duro del duro invierno franquista viajan a la Ibiza de los 50 detrás del sol, el aire despejado y, sobre todo, las turistas europeas. Los europeos, aún hoy, siempre son los otros. En realidad, lo que buscan es eso que, a falta de mejor definición, el tiempo ha dado en llamar libertad. Y allí descubrirán exactamente lo que buscan. El problema de desear algo es que se corre el riesgo de conseguirlo. Y, claro, acto seguido, aparece el miedo, el auténtico pavor a todo lo nuevo, a pasarse en el inflado del globo de marras. «Vivimos en un país raro», dice el director. Y sigue: «Somos los que más criticamos lo nuestro, pero, a la vez, los que más a gusto nos encontramos en nuestra propia tierra y menos dispuestos estamos a cambiar». Raro.

La historia protagonizada por Raúl Arévalo y Juan Diego Botto discurre por la pantalla casi ajena a sí misma. Lo que importa no son tantos los avatares y accidentes de un relato de descubrimiento y derrota como la sensación de pérdida, la perplejidad ante lo esencialmente perplejo. Entre impresionista por sus modales y sólo dura como la propia realidad que transcribe, ‘Los europeos’ quiere ser retrato de una época con la misma claridad que descripción de una forma por esencia eterna de entender y estar en el mundo. Y es ahí, en su crudeza irónica, en su risa agria, donde se hace grande, desesperanzadamente grande. Si el cine es casi por definición una forma de confundir la realidad con el sueño, aquí sólo importa la confusión. Brillante.

Cuenta el director que desde que se hizo con el proyecto se sintió extraño. Al fin y al cabo, él es hijo de José Luis García Sánchez, no en balde otro de los más fieles colaboradores de Azcona. «Era como mear en el orinal de mi padre», comenta gráfico. También relata que tiempo atrás llegó a colaborar con Azcona en un guión que se quedó sin ver la luz. «Cada sesión de trabajo con él era como verse atropellado por un búfalo. O un tranvía. A todo le daba la vuelta. Era, básicamente, un animal autocrítico», recuerda. Y para el final deja la recomendación que le dio Azcona y que sigue ahí, en el frontispicio de su forma de entender el cine: «El cine está en la vida». Imaginamos que se refería a ésa por la que paseamos convertidos en piltrafas por culpa precisamente del cine.

Sea como sea, lo que queda es una película divertida en su tristeza, triste en su hiriente jovialidad; una cinta que hace de la autocrítica desengañada y desangrada todo un estilo. «Vivimos en un lugar donde falta la educación, donde cada uno piensa siempre lo que le interesa o lo que le hace sentir cómodo, donde sólo nos reconocemos en los nuestros. Eso hace que tengamos una clase alta poco generosa. De alguna forma, el poco aprecio por la cultura es lo que nos define mejor y hace que seamos como somos. La cultura ayuda a poner las cosas en su sitio, a la autocrítica», dice y suelta el aire. Cosas de los globos. Y de Azcona.

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