Viggo Mortensen: "Vivimos una primavera negra de políticos que juegan a ser a la vez pirómanos y bomberos"

El actor recibe el Premio Donostia invitando a reflexionar sobre la pandemia y convencido de que su debut como director, ‘Falling’, es también un reflejo…

Viggo Mortensen (Nueva York, 1958) compensa su facilidad para los idiomas con un empeño «tozudo» (el adjetivo es suyo) en hablar despacio. Mucho. Se diría que así multiplica por dos cada una de las siete lenguas que domina. Para él es este año el Premio Donostia, que, a su modo, también vale por dos. Lo anómalo de la situación en pandemia le dejó como único candidato y, por añadidura, el más esperado de todos. Todas las circunstancias apuntaban y hasta obligaban a ello. Vive en España, lo que facilita el viaje, y debuta como director a los casi 62 años de edad. Pero hay más. A poco que se mire tan despacio como el ritmo que marca su dicción tranquila, ‘Falling’, así se llama su película, trata con una precisión desusada de, precisamente, lo que nos pasa. En realidad, si algo ha demostrado la pandemia es que todas las películas, todos los libros y todas las canciones hablan de ella. Siempre lo han hecho aunque no lo supiéramos. Pero en este caso, más. El doble.

«Mi película», dice el actor que además es poeta, fotógrafo, editor, pintor, músico, hincha del San Lorenzo de Almagro y hasta antropólogo, y ahora es también director, guionista y productor, «habla del miedo a envejecer que es también el miedo a quedarse solo y el miedo a enfermar. Si algo ha hecho la pandemia es hacernos más conscientes de la situación vulnerable en la que se encuentran los ancianos. De eso y de que la vida es un regalo. Hay que aceptar a los demás y aprender a perdonar a los otros y a uno mismo». Amén.

En efecto, ‘Falling’ trata de eso. La historia de una familia presidida por un padre (un descomunal Lance Henriksen) violento, machista, misógino y voraz guía una reflexión sobre asuntos que van desde el sentido de la paternidad al peso de la herencia pasando por el perdón, la aceptación o simplemente el amor. «Quiero creer», sigue el director que en la cinta se reserva para él el papel de hijo, «que lo que se ve en mi película es también un microcosmos de la sociedad actual. Como en ‘Falling’, en el mundo actual la crispación y la polarización lo presiden todo. Y no hablo sólo de España. Es una situación mundial». Pausa dramática. Y sigue: «Vivimos una primavera negra en la que han florecido todo tipo de políticos que juegan a ser pirómanos y bomberos a la vez. Primero crean ellos los problemas con sus propuestas simples y descabelladas, y luego se ofrecen a solucionar lo que ellos han creado con fórmulas absurdas. Es el momento de decidir si queremos tener unos líderes políticos que se dejan llevar por la tentación de lo fácil y del lenguaje ofensivo, o de líderes que quieran hacer un trabajo colectivo». Y ahí, de momento, lo deja.

Antes de llegar a la dirección, Viggo Mortensen puede presumir de haber pasado por todo. Por todas las formas de cine y hasta por todos los países de Dinamarca a Estados Unidos pasando por Argentina, España y Canadá (donde ha rodado ‘Falling’). En Mortensen confluyen desde la evidencia de uno de los mayores ‘blockbusters’ que ha dado el cine (‘El señor de los anillos’) a su más combativa refutación. Fue hacerse mundialmente famoso en su papel de Aragorn y, acto seguido, convirtió su carrera y filmografía en una de las investigaciones artísticas y personales más peculiares, además de brillantes, de la nueva pantalla. «De Peter Jackson [el director de la saga de la Tierra Media] aprendí a solucionar problemas. Él sólo creó una industria en Nueva Zelanda y nunca le vi rendirse a ninguna de las infinitas dificultades con las que se tropezó», dice y de ahí el agradecimiento que figura al final de ‘Falling’.

Cuenta que pese a que en su biofilmografía siempre aparece en primer lugar ‘Único testigo’ (Peter Weir, 1985), en realidad empezó antes. «Yo le contaba a mi madre que salía en ‘La rosa púrpura del Cairo’, de Woody Allen, y en ‘Chicas en pie de guerra’, de Jonathan Demme, pero ella estaba convencida de que estaba en Nueva York sin hacer nada. Iba al cine a ver las películas y allí no aparecía por ninguna parte. Pero trabajé en ellas aunque no salga en los créditos», comenta pausado. Extremadamente pausado.

Sea como sea y pese al éxito y a Tolkien, lejos de plegarse al capricho de un Hollywood que corrió a encumbrarle como uno de los suyos, Mortensen ha convertido su carrera desde 2003, año del ‘último anillo’, en una investigación propia. Muy propia. Con David Cronenberg, al que conveirte en prtctólogo en su cinta, rodó la trilogía ‘Una historia de violencia’, ‘Promesas del Este’ y ‘Un método peligroso’, tres películas construidas desde el más confuso, hiriente y brutal subconsciente. De hecho, en la última de ellas le tocó dar vida a Freud. ‘La carretera’, a las órdenes de John Hillcoat, le convirtió en la imagen desolada del inmediato futuro igual de desolado imaginado por Cormac McCarthy. En ‘Jauja’, del argentino Lisandro Alonso, se prestó a retratar los límites de todo lo civilizado desde las fronteras del propio cine. Y, de nuevo, es ahí, al límite exacto de sí mismo y de todo lo limitado donde mejor se encuentra. Su vuelta al cine de prestigio, ese que se premia en los festivales, está plagado de hallazgos dulces como ‘Captain Fantastic’ o ‘Green Book’, sus dos últimas nominaciones al Oscar. La primera fue por Aragorn. Y todo ello sin olvidar su susurrante ‘Alatriste’, de Agustín Díaz Yanes, del que, por cierto, recibirá el Premio Donostia.

De su aventura como director cuenta que viene de lejos. ‘Falling’ ha sido rodada al segundo intento y después de otros tantos proyectos diferentes hayan caído por el camino. «Siempre es raro que el becario salte al ruedo», comenta en una rara y lenta mezcla de refranes de aquí y de allá. «Pero no me arrepiento de nada. Soy tozudo y no me desvío de mi camino. Además, debutar tan tarde me ha permitido evitar muchos errores que seguro habría cometido de haber empezado antes», dice en un ejemplo claro de que lo suyo es el arte de la lentitud.

Se niega a reconocer que la historia de su película sea la suya. Pero justo después de la negación asoma lo más parecido al reconocimiento. «Es el retrato de una generación. Aunque había amor, existía una forma de entender la masculinidad que tenía que ver con algo inflexible, que también era amargura y resentimiento. Pero esto último no es más que una consecuencia de la inseguridad ante los nuevos tiempos que se viven como una amenaza», afirma en lo más cercano a una definición del heteropatriarcado quizá. «La madre es el eje moral de ‘Falling'», concluye a modo de ‘spoiler’ que también es moraleja sea dentro que fuera del cine.

Dice Viggo que va a continuar dirigiendo. Lo dice despacio. 62 años se ha tomado para su primera película. Todo un elogio de la lentitud. «Creo que hay esperanza. No nos vamos a rendir. Tenemos que ser optimistas», afirma rotundo al final y no queda claro a qué se refiere. Pero bienvenido sea el mensaje, el Premio Donostia y ‘Fallíng’, un inmejorable, brillante y tumultuoso debut. Y lento.


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