Vilariño: imágenes trascendentes

«Crucifixión de los siete cielos» (2001), de Manuel Vilariño

ARTE

Vilariño: imágenes trascendentes

«Seda de caballo» es la selección de obras del artista coruñés expuesta en el MARCO en Vigo

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Seda de caballo es el título de una muestra y de una ambiciosa monografía de Manuel Vilariño (La Coruña, 1952), que recala hasta enero en Vigo, adquiriendo aquí su versión más sintética y afinada, posiblemente la más lograda. Y es que, si a un artista debemos valorarlo por la cumbre más alta que haya escalado, en esta selección encontramos el núcleo indiscutible, imprescindible incluso, de cimas alcanzadas por este fotógrafo que ya en 2007 fuera reconocido con el Premio Nacional de Fotografía.

En las salas del MARCO la idea de concentración parece ser la que se ha impuesto como vector a la hora de escoger y montar las obras, beneficiándose el espectador de la concisión y rotundidad del conjunto, que siempre podrá ampliar gracias a la publicación asociada, también ella de referencia en el campo bibliográfico de Vilariño.

«Membrillos» (2005)

Naturalezas muertas, bestiarios y paisajes conforman el universo del artista, quien se maneja con ellos entre lo escatológico y el pasmo contemplativo, impregnándolos de una visión mágica y casi religiosa (¿o quizá sería más propio decir extática?) de la existencia, de todo lo vivo. En efecto, la pegajosa presencia de las cosas últimas, de los estados finales de la naturaleza, domina las estudiadísimas composiciones en las que aparecen calaveras y esqueletos, animales muertos o disecados, frutos caídos, herramientas de corte o golpe… Mil maneras de aludir a la muerte que se extiende a cómo Vilariño contempla una playa, unos acantilados o un mar de hielo. Lo demás es silencio, sueño quizá. De hecho, él mismo ha reconocido cómo «aparte del animal, lo más importante en mi obra es el silencio».

«La naturaleza muerta y los paisajes conforman el universo del artista con una visión mágica de la existencia de lo vivo»

El recorrido se pauta con la voz del propio Vilariño, mediante fragmentos poéticos de su producción literaria impresos en las paredes, que de algún modo nos indica hacia dónde tenemos que mirar más allá de las imágenes. La palabra poética, inspirada, no permite las preguntas frontales, obligándonos a seguir la pista de las alusiones, los más leves destellos del significado. En este sentido, es crucial que los aspectos más angustiosos de la vida aparezcan tratados con semejante refinamiento. Toda agonía, todo tránsito y toda pérdida las cubre él con una delgada capa de teatralidad que, al modo del barroco en sus vanitas, hace soportable, por intensamente repensada, la consciencia de fragilidad.

Como en esos animales(reptiles, aves, insectos, roedores) que, yacentes sobre la tierra, se separan de lo vivo por los pigmentos rituales previos al enterramiento: polvo al polvo, y que la carne putrefacta enriquezca el desierto mineral, convirtiéndolo en humus. O como en esas playas de arena negra, volcánica, cuyo dramatismo sólo es comparable a su belleza. O como en esos sucintos bodegones, también ellos terribles, donde algún elemento iconográfico se ilumina bajo una bujía que la fotografía detiene indefectiblemente en su consunción, por los siglos de los siglos… Ruiz de Samaniego lo ha dicho en algún momento de manera luminosa: «la experiencia de Vilariño […] consiste, antes que nada, en la de sentir y dejar crecer de repente en uno mismo un desierto». Amén.

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